Por: Pablo Montoya
El salto al vacío atrae a los suicidas. Y la política suele ser un campo propicio para que los pueblos, seducidos por el abismo, salten. Sucedió con Hitler y Mussolini, en el siglo pasado. En este, ha pasado con Trump, con Bolsonaro, con Bukele, con Milei. Ahora Colombia está a punto de hacerlo con De la Espriella. Saltar al vacío significa hundirnos, como colectividad, en el espanto. En el espanto de la violencia como herramienta para enfrentar toda oposición. En el espanto de ser gobernados por un empresario y abogado que ha defendido a sectores del establecimiento narcoparamilitar. En el espanto de ver que los derechos de los más humildes y vapuleados serán minados sistemáticamente. En el espanto de ver que una empresa privada voraz cercenará, sin vacilaciones, al Estado, único garante legal frente a la disminución de la injusticia social y los logros del bien común. En el espanto de ver que la naturaleza, las mujeres, las comunidades diversas y la juventud, urgida de educarse a través de lo público, serán vejadas y golpeadas por un machista patriarcal. Y, finalmente, en el espanto de ver que la soberanía nacional será entregada, sin vergüenza alguna, a la extrema derecha que gobierna actualmente los Estados Unidos de América.
Votar por De la Espriella significa todo esto y, todavía más, significa, en caso de que gane las elecciones presidenciales, estar en manos de un hombre sin ninguna preparación política para gobernar y que, por lo que ha dicho en campaña, amenaza con pasar por encima, con arrogancia y cinismo, del Estado de derecho y de los asuntos de la ética pública en el gobierno de un país tan complejo y necesitado de inteligencia y calma como lo es Colombia.
Es expresión de la insensatez, por lo demás, creer que el extremo encarnado por De la Espriella sea lo mismo que el programa que lidera Iván Cepeda. Cepeda no es el extremismo autoritario de la izquierda que algunos creen ver. Confundir al uno con el otro, e igualarlos, es un caso de lamentable miopía. Cepeda, basta escucharlo, basta leer su programa de gobierno, representa, al contrario, el fortalecimiento del Estado y el diálogo con la empresa privada, tal como se realiza en los mejores ejemplos de países democráticos. Cepeda representa la lucha contra la corrupción y la defensa de la naturaleza. Lo suyo es el apoyo a las víctimas de la violencia y el respeto por toda oposición. Su defensa de la paz es contundente y se aleja de las obscenas colaboraciones con el lobby militar gringo y sionista. Cepeda es una persona políticamente intachable con tres décadas de experiencia en la defensa de las instituciones políticas colombianas. Y, sobre todo, propende por el establecimiento de reformas (la agraria, la de la salud, la de la educación, la laboral, la pensional) que buscan el beneficio de los más pobres y humillados del país. Porque él, y el grupo que lo respalda, saben que efectuando estas reformas se podrá detener la violencia atávica que ha padecido la nación desde el momento mismo en que nació.
Cuando llegó Uribe al poder, muchos creyeron en él como si fuera un mesías. Ignoraban lo que se escondía en su pasado. El tiempo se encargó de ir develando ese ayer, y hoy sabemos que quien gobernó al país durante tantos años era un personaje oscuro, con corazón despiadado y mano dura. Ahora, con De la Espriella, lo sabemos todo y cada día nos enteramos de su pasado cenagoso. De su vínculo con las mafias y el narcotráfico. De las maneras torcidas en que ha hecho su fortuna. De su desfachatez cuando sube a los estrados vociferando y jamás pensando. De su brutalidad con los animales, de su agresión a los periodistas, de su irrespeto a las mujeres. De su desdén hacia cualquier justicia social y su falta de moral en el manejo de los bienes que deberían ser de todos. De tal manera que, a pesar de ser su engendro, el dirigente de antes resulta ser un blando con respecto al de ahora.
Es improcedente, una muestra flagrante de extravío político, votar por este personaje que acaba de aparecer, como un figurón del espectáculo, en el tinglado de las elecciones colombianas. Y lo es también votar en blanco creyendo que así se respeta la decencia de un centro que se considera, con soberbia ciega, el genuino exponente de los valores democráticos. Hay que impedir que este nuevo fascismo, encarnado en un estrambótico tigre que, sin embargo, podría darle un zarpazo mortal a lo poco bueno que se ha construido en el país, tome el poder. Es menester, por lo tanto, votar por Iván Cepeda porque con él no daremos ese salto al vacío y nos salvaremos de caer en el peor de los espantos posibles.
