Por: Andrés Bateman
En su libro Eichmann en Jerusalén la filósofa judía Hannah Arendt, nacida en Alemania y refugiada en Estados Unidos tras la persecución de los nazis, describe el juicio contra Adolf Eichmann por su rol en la coordinación y logística del exterminio de la población judía mediante el plan llamado “La Solución Final”. En resumidas cuentas, esta política tenía como propósito matar a tantas personas judías como fuera posible y, según se señala en el libro, el trabajo de este personaje consistía en realizar esta labor de manera costoeficiente.
De manera resumida, la defensa del burócrata era que él no había hecho nada malo, sino que su actuar se limitó a cumplir las órdenes que le indicaron sus superiores. La perspectiva de Eichmann, y el cumplimiento acrítico de las órdenes que en parte condujeron al exterminio parcial o total del pueblo judío en las áreas de influencia nazi, llevaron a la filósofa a pensar en la idea de la banalidad del mal. Este concepto trata de ilustrar el hecho de que estas atrocidades no son necesariamente cometidas por demonios sádicos y desalmados, sino que en ocasiones son cometidas por personas del común, padres y madres amorosos, buenos vecinos, buenas trabajadoras, personas que reciclan, cuidan a sus animales, y en últimas, son ciudadanos y ciudadanas ejemplares.
Esta reflexión también recuerda la entrevista que dio Christoph Waltz, el actor que interpreta al malo de la película Bastardos sin gloria cuando le preguntan cómo hace para representar a un nazi cazador de judíos de una manera tan natural y sin aparentes contradicciones. Para poder cumplir con el papel, el actor tenía que entender que su personaje no se consideraba a sí mismo una mala persona, sino que estaba actuando según consideraba correcto. Tanto el nazi de la película como Eichmann cumplían con su deber.
Esta descripción puede ayudar a entender por qué cierta parte de la población, aún siendo ciudadanos y ciudadanas ejemplares, tiende a preferir políticas basadas en la violencia, en la exclusión o en la eliminación de derechos de ciertos grupos sociales. Aunque hay un sector de la población que efectivamente está de acuerdo con unas o muchas de las nuevas formas del fascismo, y ve en el autoritarismo y la violencia el camino hacia el bienestar de la sociedad, quiero pensar que la mayoría de las personas que eligen políticas cercanas al fascismo no comparten necesariamente este tipo de prácticas y acciones, pero parecen restarle importancia o desconocerlas a la hora de tomar decisiones y de posicionarse en el espectro político.
No tengo muy claro cómo se toma esta decisión, pues aunque este grupo de personas no esté necesariamente de acuerdo con pensamientos y prácticas fascistas, aun así las prefieren. Tal vez esta población se puede dividir en dos. Primero, están las personas que votan bajo una lógica instrumental. Este tipo de elección parte de la abstracción “pero vale la pena”, que, aunque puede significar cualquier cosa, fundamenta la elección. A modo de ejemplo, la lógica es la siguiente: el asesinato y la desaparición de periodistas, activistas y campesinos en el marco de la seguridad democrática estuvieron mal, pero valieron la pena porque se doblegó a la guerrilla de las FARC. La destrucción de ecosistemas, el desplazamiento de la población, la ruptura de formas de vida atadas a los territorios y otras formas de violencia, aunque indeseables, valen la pena si queremos tener grandes hidroeléctricas, grandes proyectos mineros o grandes puertos que le aporten al crecimiento económico.
El segundo tipo de elector, de cierta manera asociado al primero, se relaciona con el miedo por ciertas formas de organizar la sociedad distinta a la suele regirnos en Colombia. Tal vez amparada en la lógica de más vale malo conocido que bueno por conocer, y atemorizados por el coco de volvernos Cuba, Venezuela o Nicaragua, esta ciudadanía tiende a elegir las nuevas manifestaciones del fascismo por miedo o por costumbre. Bajo esta lógica, quiero pensar que no es que los electores estén de acuerdo con las premisas y prácticas del fascismo, sino que por miedo, esconden debajo el tapete a la violencia, la persecución, el machismo y la misoginia característicos de las nuevas formas de fascismo.
Así como Margaret Thatcher dijo que su mayor logro había sido que el Partido Laborista, tradicionalmente asociado a la socialdemocracia, se volviera neoliberal e individualista, uno de los mayores logros del fascismo de hace cien años y del de hoy, es haber convencido a cierta ciudadanía de que la violencia, la persecución de minorías, el perfilamiento de personas y las prácticas coloniales son tolerables si nos aportan seguridad, crecimiento económico o cualquier otro comodín del estilo. Esta racionalidad es un tipo de banalización del mal diferente del que señaló Arendt en su momento, pues no se trata de un burócrata mandando a matar personas por cumplir órdenes, sino de personas que aunque no tienen que ejecutar órdenes de manera directa, son quienes justifican a los burócratas que sí lo hacen. Así, no es que no se reconozca el mal, ni que se lo invisibilice, sino que se lo excusa como instrumento tolerable en la disputa por la forma en que organizamos a la sociedad.
Ya sea por convicción como los fascistas, por conveniencia como los del voto instrumental, o por miedo como los temerosos de la izquierda, esta parte de la ciudadanía considera que si la estabilidad económica, el crecimiento y la familia tradicional tienen algún precio, vale la pena pagarlo. El problema es que rara vez es esta parte de la ciudadanía quien lo paga. Así, por miedo o por conveniencia se decide que otras personas, comunidades o territorios paguen por mi seguridad, mi bienestar o mi tranquilidad. Con esta reflexión no se busca culpar a las personas, sino comprender la forma en que vecinos y vecinas legitiman la violencia y escogen tendencias políticas como el nazismo, el partido de Eichmann, que terminó gobernando en 1933. Tal vez el rol de los grandes medios de comunicación, de las películas y de las redes sociales nos ayude a entender la manera en que se construye un sentido común que permite acciones violentas sobre unos por el bienestar de otros. Puede ser, pero la construcción del sentido común merece su propio espacio.
