Por: Jorge Andrés Forero González
Este artículo se escribe desde Barbacoas, Nariño en Colombia. Este municipio tiene 426 años. Acá “llueve todos los días pero no tenemos acueducto” dice un emérito profesor historiador del municipio. Continúa, “le dimos el oro que construyó el Madison Squeare Garden en Nueva York y joyas a la Reina Isabel de España y nos preguntamos dónde está el “desarrollo” porque no ha llegado”
Barbacoas como el Pacífico y Frontera Nariñense es uno de los territorios priorizados para construir paz según el Acuerdo de 2016. Para entender el contexto que se aventure atrevidamente a responderle al pueblo negro de Barbacoas, hay un concenso académico en que los modelos de “desarrollo” económico en disputa son parte central del análisis sobre la guerra y la paz en Colombia. En este escenario el conflicto no resuelto en el control del territorio, el uso legítimo de la fuerza y de las armas sigue siendo base de discusión sobre estructura política del Estado que en ocasiones ha sido catalogado como fallido.
Colombia está atravesando por una larga tradición de construcción de paz en la consolidación institucional como Estado “moderno”. Y ¿por qué poner entre comillas y en entredicho las categorías de “desarrollo” y “modernidad”? Porque parece que no salimos de la guerra en un continuo desde la el genocidio colonial al actual conflicto armando interno.
En este escenario es importante rescatar con orgullo como la población Colombiana es un referente global de iniciativas inspiradoras para la salida negociada a los conflictos. De la historia indígena se destacan los acuerdos con Tisquesusa uno de los últimos Zipas Muiscas que en virtud de salvaguardar la vida de sus pueblos puso límite a la barbarie del colonizador español. De la herencia cimarrona se recuerda con orgullo el pacto de Benkos Biojó para garantizar la vida de los arrochelados negros libertarios. Si bien estos dos líderes fueron traicionados y asesinados, su espíritu emancipador renació en el campesinado emprendedor y artesano llegado a Zipaquirá con la Revolución de los Comuneros en 1781 y luego a los ejércitos independentistas que permitieron entrar en la hoy modernidad.
Acá una pausa importante. En este proceso que no es lineal, la aparición de la propiedad privada con la colonia y la acumulación desproporcionada de las tierras no se rompe con la independencia. Así la naciente República va a estar marcada por asimetrías profundas y desigualdades estructurales entre la población perpetuando el servilismo sustentado en la oligarquía como proceso heredado de la monarquía española. Luego de la constitución de 1821 pasaron 30 años de esclavitud del pueblo negro, los pueblos indígenas continuaron siendo despojados de sus territorios y el campesinado profundamente limitado al acceso a la tierra sometido a ser jornalero y agregado al modelo de latifundista como constelación social, heredado de la gran propiedad de los herederos de la “Nueva Granada”. Estos 3 últimos grupos poblacionales eran la mayoría de los y las colombianos.
Así que luego de la independencia, sin distribución de la tierra y los medios de producción, el naciente Estado queriendo imitar la modernidad europea entró en conflictos permanentes entre Federalistas y Centralistas. Perdimos Panamá entre guerras y en 185,1 luego de múltiples luchas libertarias regionales, el pueblo negro Afrocolombiano logró abolir la esclavitud. En la búsqueda de parar la guerra se llegó a la Constitución Conservadora de 1886 que permitió un primigenio desarrollo institucional. Sin embargo, los conflictos ideológicos siguieron definiéndose bajo la violencia política y las primera décadas del siglo XX va a estar marcado por la guerra entre los Partidos Liberal y Conservador que siguieron a su manera prometiendo modernidad para el país.
Acá otra pausa. En nombre de la “modernidad” en la consolidación del sistema mundo capitalista, que no se puede entender como separados, como se hizo en nombre de dios en la colonización, se perpetuaron modelos de tenencia y acumulación de la riqueza que han limitado en más de 200 años de vida republicana pasar la página de la violencia del Estado Leviatán.
Con Gaitán “el pueblo” en un concepto amplio que recogió el sentir de las nacientes ciudades y especialmente del mundo rural que lloraba la guerra bipartidista, logró soñar, exigir y movilizarse, con la “Oración por La Paz”, meses antes de su asesinato en 1948 y recién terminada la Segunda Guerra Mundial, con la manifestación de su discurso, Colombia aprendió a soñar en grande en la paz como principio fúndante de un nuevo pacto social.
Con su asesinato, también se profundizó el hoy conflicto armado interno que desde sus primeras décadas buscó acuerdos de paz que finalmente, luego de las dolorosas historias de millones de víctimas y sobrevivientes del conflicto, llevaron a la Constitución de 1991 reconocida como un proceso exitoso de pacto social por la paz. Sin embargo, en materia económica por el momento mundial de su consenso estuvo atravesada ya no por el interés de construir Estados como lo hicieron los Europeos y los norteamericanos en 1800 sino por limitarlos al máximo con la doctrina neoliberal, otro limitante para cumplir con las promesas de “modernidad y la doctrina social de derecho que se lee en su articulado.
De esa constitución, dejaron las armas miles de hoy desatados colombianos/as que entraron al sector público y privado como muestra de la capacidad de reconciliación del país. 25 años después se reforzó el anhelo de paz con el Acuerdo del 2016, como lo nombró Gaitán y la Constitución Política de 1991 y se revitalizó la reforma agraria y sus máximas de la tierra para el que la trabaja, hacer de la participación política un ejercicio de paz, centrarse en la
víctimas incluyendo a las poblaciones más afectadas el campesinado, los pueblos indígenas y los afrocolombianos, buscar una solución estructural al problema de las drogas con perspectiva transnacional y tener un sistema jurídico especial para la paz centrado en la verdad y la búsqueda de los desaparecidos.
Estás siguen siendo promesas básicas del Estado, la modernidad y del desarrollo incumplidas. Colombia descresta al mundo que no entiende, pero admira y quiere aprender de cómo se han creado unas instituciones sólidas, a la vez que se perpetúa la desigualdad estructural en la distribución de la riqueza. Somos una democracia excepcional en el concepto internacional a la vez que el tercer país más desigual en el índice Gini, luego de Sudáfrica y Nambia también atravesados por historia de guerra.
Desde el Pacífico Colombiano, queda claro que solo será posible la paz bajo miradas más allá del capitalismo aún en sus versiones socialistas, que como sistema mundo parece condenarnos a la guerra mientras la historia que hemos construido los pueblos sembrada con la semilla de la paz y la reconciliación. Cómo esperanza ver lo que ya somos y hemos sido desde siempre y las alternativas vivas a la modernidad y el desarrollo con base comunitaria y diversa que nos invitan a volver a vivir en el campo, a poner como centro de felicidad tener una vida austera que proteja el planeta del consumismo y valore la soberanía, autonomía y justicia restauradora, que se sustente en las raíces de la cultura indígena, negra, campesina, alegre y colorida y que nos permita por fin salir de los dolores de la guerra.
