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RAYUELA

Un tuit crítico te cuesta la visa. Una app de la Policía (ICE) te rastrea sin descanso. Un multimillonario dona millones de dólares y quiere gobernar con algoritmos. Bajo la administración Trump, la fusión de tecnología avanzada con políticas de extrema derecha está creando un “tecnofascismo” que silencia disidentes, vigila inmigrantes y concentra poder en manos de magnates como Elon Musk. Desde los sueños autoritarios de los años 30 hasta la arrogancia de Silicon Valley. ¿Es este el futuro de la democracia estadounidense?

Por: Juan Sebastián Lozano

Las distopías que plantearon la literatura y el cine de ciencia ficción —Blade Runner, basada en la novela de Philip K. Dick; 1984 de Orwell; Terminator, por ejemplo— hoy están empezando a materializarse. El gobierno de Estados Unidos y algunos millonarios de Silicon Valley usan la tecnología para ampliar el control social,  atacar disidencias políticas y reemplazar a trabajadores humanos por una inteligencia artificial (IA) hipereficiente, dejándolos en incertidumbre y exclusión social.

Marco Rubio, el secretario de Estado de EE.UU., ha ordenado deportar a al menos 300 estudiantes con matrículas en universidades del país por expresar sus opiniones políticas en Facebook y otras redes sociales, según reportes del Departamento de Estado y la Unión Estadounidense  por las Libertades Civiles (ACLU) entre abril y mayo de 2025. Algunos han sido expulsados por protestar contra el genocidio en Palestina o por criticar al gobierno de Donald Trump.

Agentes del Servicio de Control de Inmigración y Control de Aduanas  (ICE, por sus siglas en inglés) abusan cada vez más de su poder: rastrean, capturan y deportan a inmigrantes —violando derechos humanos— apoyándose en aplicaciones de inteligencia artificial. En el gobierno de Trump, el presupuesto y la capacidad operativa de ICE aumentaron hasta  $28.7 mil millones en 2025, casi triplicado respecto a 2024, permitiendo una compra masiva de tecnología de vigilancia.

Elon Musk, magnate tecnofeudal con aire de Terminator, figura de esa  extrema derecha “cool” que libra la batalla cultural con eficiencia en EE.UU., dueño de X y Tesla entre otras empresas, fue encargado por el presidente de  reemplazar trabajadores gubernamentales por inteligencia artificial con el argumento de ahorrar dinero al Estado. Lo hizo al frente de DOGE (órgano presentado como “Comisión de Eficiencia Gubernamental”), pero su labor terminó pronto: su ego chocó con el del “hombre naranja”. En la Casa Blanca no cabían dos monarcas.

Se ha llamado tecnofascismo —por periodistas como Becca Lewis, Kyle Chayka y Michael Malone, y académicos como Janis Mimura— a esta puesta en acción de la tecnología por parte de la extrema derecha estadounidense para llevar a cabo sus objetivos ideológicos, pero el asunto no es nuevo.

Antecedentes Históricos: De la Tecnocracia de los Años 30 al Silicon Valley Moderno

Las raíces del concepto “tecnofascismo” se remontan a los años 30, con el movimiento "Technocracy Inc." en EE.UU. y Canadá. Fundado por Howard Scott, proponía un régimen dirigido por ingenieros y planteaba anexar  territorios como Canadá y Groenlandia —el asunto candente hoy no es nuevo— para formar un “Technate” norteamericano autosuficiente. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de  que la democracia debía ceder ante científicos “benevolentes” (una élite técnica con poder político) —más bien genios del mal como los villanos de Marvel—.

En Japón, durante la ocupación de Manchuria en 1931, burócratas “tecnofascistas” impulsaron una industrialización forzada, ignorando vidas humanas por “eficiencia”. Janis Mimura lo describe como autoritarismo impulsado por tecnócratas, un  Estado que se “tecnifica” para ejercer control total.

En los 90, Silicon Valley ya mostraba tendencias reaccionarias: misoginia, jerarquías basadas en el  coeficiente intelectual (CI) y advertencias de “tecnofascismo” por periodistas como Michael Malone. Parece que algunos de los millonarios  que se enriquecieron con su creatividad tecnológica —aprovechando tecnología que es creación colectiva— se tomaron en serio la venganza de los nerds.

En este punto llegamos a Curtis Yarvin, que merece artículo aparte. Es un bloguero e ideólogo que desprecia la Ilustración, la democracia liberal y la idea misma de  derechos humanos. Ha  influido  a magnates como Peter Thiel y Musk, y su ecosistema de ideas circula cerca del poder: se le atribuye influencia en  el vicepresidente en ejercicio, J.D. Vance. Yarvin  propone desmantelar la democracia e instaurar una dictadura corporativa, con la IA como arma de guerra.

El tecnofascismo no es fascismo tradicional con masas uniformadas, sino una oligarquía tecnológica, con pintas rockeras, que promueve la innovación y un aceleracionismo tecnológico para el que los derechos humanos fundamentales son un estorbo.

El Caso de Marco Rubio: Rastreo de IA para Silenciar Disidentes

Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, se ha dedicado, entre otras cosas, a endurecer la política contra inmigrantes.  El programa “Catch and Revoke” del Departamento de Estado —lanzado en marzo de 2025— usa IA para escanear cuentas de redes sociales de titulares de visas estudiantiles (F-1 y J-1), buscando “apoyo a Hamás” y otros grupos designados como terroristas. Rubio revocó al menos 300 visas en los primeros meses —cifra que él mismo confirmó—, alcanzando más de 1.200 para mediados de 2025 según la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) y el Departamento de Estado, todo bajo la excusa de la seguridad nacional.

Frases como “del río al mar, Palestina será libre” o críticas al gobierno de Israel han bastado para expulsar a estudiantes, sin posibilidad de defensa. ¿Y la libertad de expresión, que se supone era un derecho en EE.UU.? La ACLU ha criticado con firmeza la medida. Incluso Mahmoud Khalil, un residente permanente, fue detenido por “actividades antisemitas”.

Hoy en Estados Unidos, el mensaje que se instala es inquietante:  si eres inmigrante o estudiante extranjero, un tuit denunciando el genocidio en Palestina puede convertirse en causal de expulsión. 

ICE y la Vigilancia Tecnológica contra Inmigrantes

ICE ha expandido su arsenal bajo Trump, con un presupuesto de $28.7 mil millones en 2025, casi triplicado respecto a 2024, permitiendo una “compra masiva” de tecnología de vigilancia. Esto incluye más de $300 millones en herramientas como monitoreo de redes sociales, reconocimiento facial y lectores de placas de vehículos. El contrato con Palantir para “ImmigrationOS” ($30 millones) integra datos de pasaportes, el IRS (Servicio de Impuestos Internos) y Seguridad Social para generar “puntuaciones de confianza” que guían deportaciones. El programa ELITE usa datos de Medicaid para identificar barrios de inmigrantes.

Apps como SmartLINK monitorean con reconocimiento facial y GPS. Nuevas adquisiciones de los policías, que parecen sacados de la serie Black Mirror: escáneres de iris, software espía (spyware) para hackear teléfonos, y Mobile Fortify para identificación en tiempo real en el campo, que permite a agentes apuntar un teléfono a alguien y acceder a bases de datos con más de 200 millones de imágenes biométricas y de rostros. Por supuesto también IA para analizar publicaciones (posts) de Facebook y TikTok a alta velocidad —24/7— en busca  de “perfiles” o “señales” del enemigo. 

ICE lleva a cabo vigilancia extendida contra  disidentes, usando drones y datos de localización para rastrear protestas. Organizaciones como la Fundación Frontera Electrónica (EFF) y el Brennan Center advierten que esto crea una “máquina de vigilancia doméstica” sin precedentes, violando privacidad y extendiéndose a todos: inmigrantes y no inmigrantes.

Es el problema de la tolerancia al fascismo y ahora al tecnofascismo: primero vienen por el vecino morenito, y después van por ti, por el ciudadano que cree estar a salvo. ¿Y después? 

Hace días agentes de ICE detuvieron a Liam Conejo Ramos, un niño de 5 años de origen latino, como “cebo” para capturar a su padre inmigrante en Columbia Heights, separándolo temporalmente en medio de la redada. En Minneapolis mataron a Renee Nicole Good, ciudadana blanca de 37 años, y a Alex Pretti, otro estadounidense de la misma edad.

Elon Musk y la Alianza Tech-Gobierno

Elon Musk, en una jugada tecnomaestra, donó 288 millones de dólares a la campaña de Donald Trump, que ganó las elecciones con amplitud. Quería entonces una buena tajada de la torta del poder en el gobierno. Fue encargado de manejar DOGE y se le subieron las endorfinas. Podía aplicar su amada inteligencia artificial para sacar trabajadores “ineficientes” del gobierno, reemplazarlos por esta y ahorrarle al tío Donald más de un billón de dólares.

Pero el alucinado Musk fracasó en su tarea: los ingenieros de sus empresas —jóvenes y sin experiencia en manejo gubernamental— eran inexpertos para navegar la burocracia federal.

Durante su gestión se denunciaron accesos  a datos privados de los trabajadores, despidos masivos y la revocatoria de  regulaciones de la IA. Influenciado por el ideólogo bloguero, de extrema derecha,  Curtis Yarvin, avanzó un poco en la instauración de una dictadura corporativa.

Al frente de DOGE, al contrario de lo buscado, el gasto federal aumentó de $6.95 billones a $7.01 billones en 2025, sin ahorro real para el Gobierno (según reportes del Congreso y la Oficina de Presupuesto). Eso sí, la entidad recortó la fuerza laboral federal de 2.31 millones a 2.08 millones de empleados, despidiendo miles en agencias como Defensa y Salud.

Sus escándalos incluyeron denuncias por compartir datos sensibles de Seguridad Social  con fines políticos, con posibles violaciones de  la Hatch Act (ley que prohíbe actividades políticas en el trabajo federal), lo que llevó a demandas legales y su renuncia oficial en mayo de 2025, después de solo 130 días. DOGE ha sido criticado como un “golpe” inconstitucional, que prioriza ideología sobre eficiencia real, y continúa operando sin Musk.

El futuro tecnológico que es el pasado bárbaro

El “tecnofascismo” amenaza con desmantelar la democracia en sentido amplio, su precariedad actual y sus promesas. La IA, los robots inteligentes, le quitan las sillas y las herramientas a millones de trabajadores con el objetivo de la eficiencia en la producción: el aceleracionismo de la razón instrumental capitalista.

Ideólogos de extrema derecha con su aspecto cool, de película de Gus Van Sant, y sus ideas radicales seducen jóvenes confundidos y quieren implantar una especie de tecnomonarquía. Es la paradoja: un progreso tecnológico que es barbarie (recordando al filósofo Walter Benjamin).

Curtis Yarvin y aprendices influencian a los multimillonarios de Silicon Valley para que lleven a cabo sus resentimientos personales, y el problema es que estas mentes creativas están en el centro del imperio, tienen el dinero y están muy cerca del poder político. Le hablan al oído a los líderes del poderoso Partido Republicano.

Pero en el mundo real hay resistencia creciente: protestas masivas en Estados Unidos y otros lugares contra las redadas de ICE, movimientos como “No Tech for ICE” (“sin tecnología para ICE”, que presiona a empresas tecnológicas  para cortar contratos con ICE), demandas de la ACLU (más de 200 acciones legales contra la administración Trump en 2025-2026, incluyendo demandas por vigilancia ilegal y perfilamiento racial), y regulaciones globales a la inteligencia artificial que buscan frenar abusos, aunque aún insuficientes frente al poder de la oligarquía tech. 

La arrogancia de estos multimillonarios es evidente, pero aún se pueden llevar una sorpresa.

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