Lejos de ser neutras, las plataformas digitales premian contenidos que convierten la frustración masculina en resentimiento contra las mujeres. Este reportaje rastrea cómo operan la manosfera y las comunidades incel, qué papel juegan algoritmos y empresas tecnológicas en su expansión, y por qué la violencia digital ya no puede leerse como un problema menor ni separado de la desigualdad económica y social.
Por: Juan Sebastián Lozano
Un adolescente en Colombia construye su identidad mientras busca pertenecer a un grupo y sentirse parte de algo. Como millones de jóvenes, pasa horas al día en el celular, desliza contenido en redes sociales y, de un momento a otro, se encuentra con videos de Andrew Tate: un hombre musculoso, a medio camino entre un personaje de Rápido y furioso y un gángster de película de Guy Ritchie. El mensaje es claro: férrea disciplina para ser poderoso, nada de quejarse ni culpar al sistema, tú eres el responsable de tu fracaso. A las chicas les gustan los ganadores, los machos alfa; hay que buscar el éxito individual sin importar aplastar a los demás. Y también esto: las mujeres pertenecen a los hombres, son incompetentes y apenas conscientes, y las que hacen oficios "masculinos" es porque no son bonitas.
Lo que le ocurre a ese joven no es un accidente. Es el funcionamiento normal de un ecosistema. La llamada manosfera o machosfera —término que mezcla la palabra inglesa man con "esfera"— es una red difusa de comunidades que dicen atender los problemas de los hombres, pero que en realidad empuja hacia actitudes cada vez más nocivas y radicales. ONU Mujeres señala cómo estos grupos se articulan en oposición al feminismo y presentan a los hombres como "víctimas" del clima social actual. Viven camuflados en contenidos aparentemente inocuos —deportes, fitness, consejos de ligue— en redes sociales, foros y podcasts.
Un estudio global de la Fundación Movember encontró que el 63% de los jóvenes hombres ve contenido de influencers de masculinidad, y que entre quienes más interactúan con esos discursos aparecen peores indicadores de salud mental y mayor exposición a conductas de riesgo.
Dentro de ese ecosistema habitan los incels —del inglés involuntary celibates, célibes involuntarios—, hombres jóvenes con la frustración convertida en ideología: el feminismo es una conspiración contra ellos y su celibato no es una circunstancia sino una injusticia con responsables. Lo que empezó en los noventa como un foro de acompañamiento terminó derivando, con el combustible del anonimato en red, en una subcultura donde el odio encontró lenguaje, comunidad y, finalmente, víctimas reales.
La investigadora Laura Bates documentó que los atentados cometidos en nombre de la ideología incel han dejado más de cien personas asesinadas o gravemente heridas en la última década, contando solo los casos con reivindicación manifiesta. Los más conocidos: en 2014, Elliot Rodger asesinó a seis personas en California y dejó un manifiesto convertido en texto de culto; en 2018, Alek Minassian arrolló con una camioneta a peatones en Toronto y mató a diez, declarando actuar en nombre de la "rebelión incel"; en 2021, Jake Davison mató a cinco personas en Plymouth tras publicar videos impregnados de la ideología incel.
El adolescente colombiano, en su búsqueda de validación, gimnasio, dinero y poder, puede terminar frustrado: el éxito individual no depende solo de la voluntad, sino también de las condiciones materiales y del sistema económico en el que creció. El discurso de Tate borra esas estructuras y convierte el fracaso social en culpa individual. Así, el malestar deja de dirigirse hacia estructuras económicas o formas de exclusión y se redirige hacia enemigos más funcionales para la política reaccionaria: las mujeres, los migrantes, "los zurdos". Conflictos sociales complejos reducidos a culpables inmediatos, el resentimiento convertido en identidad.
¿Cómo se llegó hasta este punto?
La respuesta no puede reducirse a que "es internet", pero internet es parte central del problema. Las plataformas están diseñadas para capturar tiempo y atención, y en esa economía lo agresivo, lo simplificado y lo polarizante circula mejor. Detrás de ese circuito están las grandes plataformas tecnológicas —Google, Meta, X—, que recolectan datos sobre búsquedas y hábitos de navegación y monetizan esa información vendiendo acceso a la atención del usuario. En ese mercado caben desde suplementos y videojuegos hasta fórmulas de autoayuda masculina empaquetadas como identidad. La atención del adolescente no solo es una experiencia subjetiva: también es una mercancía.
Ese desplazamiento tiene consecuencias políticas concretas. En los años ochenta y noventa, muchos grupos de extrema derecha operaban en los márgenes; hoy, gracias a la amplificación algorítmica, su lenguaje incide de manera directa en la disputa electoral. Ahí están Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei, políticos vendidos como machos salvadores, superempresarios, supersoldados, leones: figuras patriarcales llegadas a poner orden.
En Colombia, en estas elecciones, hay más de un candidato cortado por esa tijera, el tigre dispuesto a destripar a los culpables de los males de la mayoría, según él: "los zurdos". Y su discurso, por supuesto, circula con fuerza en redes.
Andrew Tate: el negocio de la misoginia
Andrew Tate, expeleador de kickboxing convertido en emblema de una masculinidad agresiva, aspiracional y mercantilizada, fue vetado de la mayoría de redes sociales. Elon Musk, al tomar el control del antiguo Twitter, hoy X, le devolvió la cuenta, así como a otros referentes del alt-right, en nombre de la libertad de expresión.
Tate y su hermano Tristan fueron arrestados en Rumania en diciembre de 2022, acusados de explotar sexualmente a mujeres: los cargos incluyen trata de personas, lavado de dinero y, en el caso de Andrew, violación. Según la fiscalía rumana, usaron el método del loverboy —seducir a jóvenes vulnerables para luego manipularlas— y las forzaron a producir contenido pornográfico. El caso sigue abierto: en diciembre de 2024, un tribunal de apelaciones devolvió el caso a la fiscalía por irregularidades procesales, mientras las autoridades británicas sumaron cargos adicionales por agresión sexual y trata de personas. En febrero de 2025, en medio de versiones sobre gestiones diplomáticas de la administración Trump, los Tate abandonaron Rumania rumbo a Estados Unidos, donde los cargos los siguen como una sombra.
La violencia asociada a estos discursos tampoco se queda en la pantalla. Según una investigación del International Center for Journalists (ICFJ) para ONU Mujeres y UNESCO, el 75% de las mujeres periodistas ha sufrido violencia en línea en el ejercicio de su trabajo. ONU Mujeres encontró además que más de dos tercios de las mujeres periodistas, activistas y defensoras han experimentado violencia digital, y que el 42% sufrió luego agresiones fuera de internet relacionadas con esos ataques. Según el Banco Mundial, menos del 40% de los países tiene leyes que protejan a las mujeres del ciberacoso. Esa violencia daña la salud mental, genera aislamiento, inhibe la libertad de expresión y puede derivar en agresiones fuera de la pantalla, incluidos los feminicidios.
El machismo en Silicon Valley
El problema no empieza en los foros oscuros de internet, sino en las oficinas luminosas donde se diseña el mundo digital. En una encuesta a más de 200 mujeres del sector tecnológico —el estudio "Elephant in the Valley", realizado en 2015 y publicado en 2016—, el 60% reportó haber enfrentado insinuaciones sexuales no deseadas, con frecuencia de parte de superiores; de ellas, una de cada tres dijo haber sentido miedo en situaciones laborales, y el 66% del total se sintió excluida por razones de género.
Las mujeres ocupan menos de uno de cada cuatro puestos técnicos en las grandes empresas, y su presencia en el liderazgo es escasa: según un informe de Deloitte de 2024, solo el 28% de los roles directivos en el sector tecnológico a nivel global los ocupan mujeres. En la práctica, siguen siendo sobre todo hombres quienes toman decisiones sobre cómo funciona el mundo digital. Y en el territorio más estratégico del capitalismo tecnológico contemporáneo —la inteligencia artificial—, la brecha es aún mayor: según el Foro Económico Mundial, las mujeres representan solo el 26% de los empleos en IA, y apenas el 12% en el área de datos.
La inteligencia artificial alimentada con sesgo machista
La inteligencia artificial no nació neutral. Aprendió de nosotros, y nosotros llevamos siglos de desigualdad encima. Entrenados con datos sesgados, los modelos amplifican las inequidades existentes. Diversos sistemas de generación de imágenes y búsqueda tienden a asociar atributos como autoridad, racionalidad o productividad con figuras masculinas, mientras vinculan sensibilidad, emocionalidad o cuidado con figuras femeninas. No es una respuesta aislada: es la reproducción automatizada de jerarquías sociales ya presentes en los datos con que fueron entrenados.
En 2017, Amazon abandonó una herramienta de inteligencia artificial para selección de personal porque discriminaba los currículos de mujeres. El sistema había aprendido de diez años de solicitudes mayoritariamente masculinas y concluyó que los hombres eran los candidatos naturales. Penalizaba, incluso, las hojas de vida que incluían referencias a organizaciones o actividades de mujeres.
Los asistentes de voz —Alexa, Siri, Cortana, Google Home— son femeninos por defecto en casi todos los mercados: la máquina obediente tiene voz de mujer. No es un accidente de diseño; es un reflejo del lugar asignado a ellas por la cultura dominante. La investigadora Safiya Umoja Noble demostró cómo los buscadores aparentemente neutrales arrojan resultados profundamente sexistas y racistas. La investigadora Timnit Gebru fue forzada a salir de Google en 2020 tras negarse a retirar una investigación crítica sobre los sesgos en los grandes modelos de lenguaje, en un episodio convertido en símbolo del silenciamiento de voces críticas dentro de la industria.
¿Qué hacer ante la machosfera?
El machismo en internet no es un fenómeno aislado ni espontáneo: es el resultado de plataformas diseñadas para monetizar la indignación, industrias construidas casi exclusivamente por hombres y algoritmos entrenados con los sesgos de una sociedad que no ha saldado su deuda con la igualdad. El adolescente colombiano no llegó a Andrew Tate por casualidad; lo llevaron decisiones de diseño, incentivos económicos y estructuras de poder que los dueños de Silicon Valley no tienen mayor interés en desmontar.
La respuesta no puede ser individual. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2024 su primera resolución sobre violencia contra mujeres y niñas en entornos digitales; ese mismo año se adoptó la Convención de las Naciones Unidas contra la Ciberdelincuencia, el primer tratado global de la ONU contra los delitos en línea.
La UNESCO emitió en 2021 su Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial, orientando el desarrollo tecnológico desde los derechos humanos y exigiendo eliminar los sesgos de género en los algoritmos. No todos, sin embargo, van en esa dirección: Argentina fue el único país del mundo en votar contra esa resolución, con 170 votos a favor y 13 abstenciones. No es un detalle menor viniendo del país de Javier Milei.
A nivel legislativo, algunos países han empezado a moverse: la Ley de Seguridad en Línea del Reino Unido, la Ley Olimpia de México, la ley australiana que prohíbe las redes sociales a menores de 16 años y el Reglamento de Servicios Digitales de la Unión Europea abren un camino. La ONU llama además a la acción colectiva: alfabetización digital con perspectiva de género, rendición de cuentas de las plataformas e involucrar a hombres y jóvenes en la transformación de estas normas culturales.
Hoy los señores tecnofeudales de Silicon Valley están del lado de Donald Trump; sus poderes se complementan y se retroalimentan. Enfrentar esa alianza entre poder tecnológico y poder político no parece sencillo. Les tocará a los individuos, las familias, las instituciones educativas y los Estados hacer grandes esfuerzos. Porque el algoritmo no va a corregirse solo.
