De la “guerra contra el terrorismo” al uso de inteligencia artificial en conflictos recientes, Palantir creció como una empresa que ofrece a Estados y ejércitos la capacidad de cruzar datos, clasificar personas y acelerar decisiones operativas. Su expansión revela cómo la vigilancia privada se volvió infraestructura del poder militar, migratorio y geopolítico de Estados Unidos.
Por: Juan Sebastián Lozano
Hay una empresa que sabe dónde estás, con quién hablas, cuánto gastas, si eres un objetivo militar legítimo, o si un migrante en Estados Unidos es "irregular" o no. No es el FBI (Buró Federal de Investigaciones) ni la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos): es una corporación que cotiza en bolsa, fundada por cinco personas pero conducida desde siempre por dos nerds que van de filósofos por el mundo, multimillonarios que tienen una idea clara sobre quién debe dominar el planeta. Hablamos de Palantir Technologies, valorada en marzo de 2026 en unos 360.000 millones de dólares. Como sucede en Silicon Valley, sus fundadores no son ancianos al estilo del Señor Burns de Los Simpsons —sujetos que permanecen en las sombras—; son hombres de aspecto conservado, de cuerpo esbelto y presencia cool, con seguidores casi de rockstars y devoción por las pantallas.
Palantir es hoy alma y nervio del aparato militar estadounidense: sus plataformas están incrustadas en los sistemas del Pentágono y de agencias gubernamentales como el ICE (la policía antiinmigración). Tan integradas, que el 9 de marzo de 2026 el Pentágono ordenó convertir Maven, el sistema de Palantir, en un programa de registro permanente para uso extendido en las fuerzas armadas. El sistema participa en la detección de "enemigos" de Estados Unidos, la selección de blancos y la toma de decisiones operativas, e incluso en el método para sacarlos de circulación.
El nombre de la empresa viene de las "piedras videntes" de El Señor de los Anillos: objetos mágicos que permiten ver lo que ocurre en lugares lejanos y que, en manos de Sauron –el villano–, mostraban imágenes reales pero cuidadosamente seleccionadas para crear impresiones falsas. Esto confirma la cultura de Peter Thiel y Alexander Karp, cerebros detrás de Palantir, hombres lectores de literatura y sobre todo de ciencia ficción. Estamos en manos de genios que a estas alturas son geniecillos del mal: van por el dinero, van por todo.
La corporación fue fundada en 2003, después de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. El diagnóstico de los amigos Thiel y Karp era el siguiente: la inteligencia estadounidense había fallado antes del ataque a las Torres Gemelas no por falta de datos, sino porque nadie era capaz de conectarlos. EE. UU. se había relajado, se había dormido en los laureles, había perdido voluntad de poder. Ellos quisieron resolver el problema y ganar un buen dinero por esto. En 2004 llegaron dos millones de dólares de In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), y la máquina empezó a andar con fuerza.
¿Qué hacen las plataformas de Palantir?
Lo que hace Palantir, en términos simples, es producir sentido a partir del caos. Imagina que un agente de inteligencia tiene frente a sí toneladas de información desperdigada: bases de datos administrativas, informes de inteligencia, registros biométricos, antecedentes judiciales, geolocalizaciones, publicaciones en redes sociales. Datos que vienen de fuentes distintas, en formatos distintos, que hasta hace poco vivían en silos separados sin hablarse entre sí. Las plataformas de Palantir —Gotham, orientada a agencias de seguridad e inteligencia, y Foundry, dirigida a empresas y administraciones civiles— hacen exactamente eso: conectan toda esa información dispersa y la integran en un solo panel de control, unificado y legible. Un mapa del mundo real que cualquier analista puede consultar de manera ágil.
En 2023 lanzó AIP, su plataforma de inteligencia artificial, que incorpora grandes modelos de lenguaje directamente en esos entornos operativos. Un operador puede hacerle preguntas al sistema —como si le escribiera a un chatbot— y recibir respuestas construidas a partir de volúmenes de información que ningún ser humano podría procesar solo.
Los buenos contratos del emprendimiento
Palantir no vende datos: vende la capacidad de darles sentido. Y una vez que un Estado o una corporación instala sus sistemas, queda atrapado en lo que la industria llama un vendor lock-in: cuando un gobierno empieza a tomar decisiones asistido por los algoritmos de Palantir, ya no puede simplemente desenchufar el sistema, porque Palantir es dueña de la tecnología que permite leer e interpretar esas decisiones. En 2017, cuando la policía de Nueva York quiso cancelar su contrato, la empresa se negó a entregar el análisis en un formato que pudiera usarse con otro software, alegando propiedad intelectual.
En Francia, el servicio de inteligencia interior DGSI firmó con Palantir en 2016, después de los atentados de París, como "solución temporal". En diciembre de 2025 renovó el contrato por tercera vez. La trampa funciona, y el mundo la paga: según una investigación del medio británico The Nerve publicada en febrero de 2026, el Reino Unido tiene al menos 34 contratos con Palantir —desde la disuasión nuclear hasta las tecnologías policiales— por más de 670 millones de libras esterlinas. Arabia Saudita, los Emiratos, Japón, Corea del Sur, Australia, Brasil. Palantir no elige a sus clientes en función de sus virtudes democráticas: sigue a los Estados con medios para pagar y a los regímenes que hacen pocas preguntas sobre la vigilancia masiva.
En Estados Unidos, el negocio es desbordante. Los contratos federales casi se duplicaron en 2025, llegando a 970 millones de dólares. En agosto de ese año firmó con el Ejército un contrato de hasta 10.000 millones de dólares para la próxima década. El ICE tiene con Palantir un vínculo que se remonta a 2013 con sistemas de gestión de casos —que permiten construir en minutos un retrato completo de cualquier persona indocumentada, rastrear sus movimientos y planificar su detención— y que en 2025 se amplió con ImmigrationOS, el sistema operativo diseñado para gestionar todo el ciclo de deportación de principio a fin.
El director del ICE, Todd Lyons, resumió sin pudor la ambición del sistema: quiere convertir su agencia en un "Amazon Prime de seres humanos". Identificar, localizar, recoger, entregar. Seres humanos tratados como datos y mercancía descartable; una lógica de administración algorítmica de la deportación: tecnofascismo.
Palantir salió a bolsa en 2020 con una valoración de 16.500 millones de dólares. Hoy ronda los 360.000 millones: un aumento de más del 2.000 por ciento en cinco años, que la coloca por encima de gigantes históricos de la defensa como Lockheed Martin o Raytheon. Sus ingresos no bastan para explicar ese salto —la empresa no dejó de registrar pérdidas hasta 2023—. Lo que el mercado compra no es un balance contable sino una promesa: la idea de que Palantir será el sistema nervioso del próximo orden mundial.
En Colombia, Andrés Felipe Arias, exministro de Álvaro Uribe Vélez y condenado por el escándalo de Agro Ingreso Seguro, escribió en X el 31 de agosto de 2025: "El próximo presidente de Colombia no necesita proponer milagros. Solo una decisión en los primeros 100 días que marcará el futuro: adoptar Palantir como sistema nervioso del Estado. El que lo haga, tiene mi voto". El anhelo de un representante de la derecha colombiana.
Palantir en Gaza
Gaza merece mención aparte. El 12 de enero de 2024, tres meses después del inicio del genocidio en Palestina, la empresa firmó una "alianza estratégica" con el Ministerio de Defensa israelí para "misiones relacionadas con la guerra" y celebró su primera reunión de directorio del año en Tel Aviv, "en solidaridad" con Israel. Lo que Palantir le proporciona al ejército israelí es la infraestructura sobre la que funcionan sistemas como Gospel y Lavender: herramientas de generación automatizada de objetivos militares, desarrolladas por la Unidad 8200 del ejército israelí, que producen listas de blancos a un ritmo que ningún analista humano podría igualar. Palantir dice que no designa directamente los objetivos, lo cual es técnicamente cierto y moralmente irrelevante: construye el entorno en el que esos objetivos se designan.
La relatora especial de la ONU Francesca Albanese encontró "motivos razonables" para creer que Palantir suministró tecnología de vigilancia predictiva que alimenta esos sistemas. Cuando en 2025, durante un foro en Washington D.C., una activista pro-palestina interrumpió a Alex Karp acusándolo de que la tecnología de Palantir mata palestinos, este respondió: “en su mayoría terroristas, eso es verdad”
El dúo dinámico de Palantir, pseudofilósofos del fin de los tiempos
Peter Thiel ya no pertenece a la dirección de Palantir, pero es el ideólogo de lo que hoy funciona. Nació en Fráncfort, Alemania, en 1967 y creció en California. Según su biógrafo Max Chafkin, era el típico niño nerd, un poco frágil, que sufrió bullying en el colegio. Estudió filosofía y luego derecho en Stanford, y a finales de los noventa cofundó PayPal.
Este hombre misterioso, un poco de ultratumba, pseudofilósofo críptico de camiseta y tenis, escribió en 2009 que ya no creía que "la libertad y la democracia sean compatibles" y criticó la extensión del derecho al voto a las mujeres. En sus conferencias de restringido acceso para los medios, mezcla conocimiento tecnológico con teorías sobre el Anticristo: para él, el Anticristo sería alguien que promete proteger a la humanidad del cambio climático o de la IA descontrolada, generando un gobierno mundial totalitario que frenaría el desarrollo tecnológico. En plata blanca: ideas conspirativas para cuidar su bolsillo.
Influenciado por el bloguero e ideólogo Curtis Yarvin, preferiría para Estados Unidos un gobierno autoritario de genios tecnológicos que consolidaran su hegemonía global. Donó 1,25 millones de dólares a la campaña de Trump en 2016 y 15 millones a la de J. D. Vance al Senado de Ohio en 2022 —la mayor donación individual a un candidato al Senado en la historia de EE. UU.—. Fue Thiel quien en 2021 llevó a Vance a Mar-a-Lago para reconciliarlo con Trump y lo convirtió en su protegido. Hoy, Vance es el vicepresidente de Estados Unidos.
Su amigo de la Facultad de Derecho de Stanford, Alexander Karp, director ejecutivo de Palantir, nació en Nueva York en 1967 y creció en Filadelfia. Es hijo de un pediatra judío y una artista afroamericana, ambos activistas que lo llevaron de niño a marchas y protestas. Se declaró socialista y dijo que votó por Hillary Clinton en 2016. Hoy, en la era Trump, critica con ferocidad el pensamiento "woke" —las luchas identitarias feministas, de las minorías étnicas y sexuales— al que considera un lastre para el poder estadounidense.
Karp, que en entrevistas parece un niño entusiasta e hiperactivo, de peinado cool con crespos al viento, hizo un doctorado en teoría social en la Universidad Goethe de Alemania y, como Thiel, teoriza sobre geopolítica. En su libro La República Tecnológica (2025), argumenta que las democracias occidentales están perdiendo la guerra tecnológica por falta de voluntad: toda una generación de ingenieros brillantes desperdició su genio en aplicaciones para compartir fotos o de reparto de comida, mientras sus predecesores construyeron la bomba atómica e internet. Palantir sería el antídoto: la empresa que asume sin complejos la articulación entre tecnología y poder soberano; la que quiere sin complejos que su país siga reinando y pone las neuronas necesarias para el objetivo.
Guerra abierta contra el enemigo del Imperio
Palantir ha sido fundamental para el ejército estadounidense en la guerra de Irán. En las primeras 24 horas del conflicto, el 28 de febrero de 2026, se atacaron más de 1.000 objetivos; desde entonces se han superado los 15.000 blancos. Un ritmo imposible sin asistencia algorítmica: el equipo de selección de objetivos tiene apenas 20 personas y ha superado el rendimiento de los 2.000 analistas que se necesitaron para la invasión de Irak en 2003. El humano sigue en el circuito, pero como garantía cada vez más simbólica.
El aparato militar-industrial de Estados Unidos, acelerado por Palantir y otras empresas tecnológicas, quiere prescindir de muchos seres humanos para consolidar su hegemonía en el mundo, hoy seriamente amenazada por el poder económico de China. Se deporta a inmigrantes latinos de manera violenta en territorio estadounidense; se capturan o asesinan presidentes enemigos del Imperio; se bombardean países afectando la vida de millones. Todo esto justificado con filosofía de no muy buena calidad —según críticos respetables— en libros de CEOs de Silicon Valley como los excéntricos Peter Thiel y Alexander Karp. La piedra que todo lo ve lleva veinte años mirando y dispara sin pensarlo dos veces.
