Una madre venezolana que atraviesa México teme que su hija de 13 años sea víctima de violencia sexual durante el viaje. En Honduras, Médicos Sin Fronteras registró 100 casos de violencia sexual entre febrero de 2025 y febrero de 2026, 42 de ellos contra menores de edad. Dos escenarios que muestran las dificultades que enfrentan mujeres y niñas para proteger su salud sexual y reproductiva.
Por Marisol Quiceno y Juliana Larios, integrantes del área de incidencia de Médicos Sin Fronteras (MSF). Especial para RAYA.
En América Latina, hablar hoy de salud sexual y reproductiva es hablar también de violencia, migración, miedo y supervivencia. En las rutas migratorias, en barrios atravesados por la exclusión y en comunidades donde acceder a atención médica sigue siendo difícil, mujeres, niñas y adolescentes enfrentan riesgos que no deberían formar parte de la vida cotidiana. Frente a esa y otras realidades, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha abierto una conversación sobre los ideales que curan, poniendo en el centro tres principios que siguen siendo urgentes y profundamente concretos: humanidad, independencia y neutralidad.
“Prefería que mi hija tuviera el implante porque, si llegara a ser víctima de una violación en esta ruta migratoria tan insegura, al menos no quedaría embarazada. Esta ruta, que recorremos por el sur de México, es muy peligrosa, todos hemos sufrido asaltos y violencia. Esta es una medida de protección en un lugar donde la seguridad no está garantizada”.
El testimonio de Roxana, una mujer venezolana de 45 años atendida por MSF en Coatzacoalcos en 2025, refleja con crudeza una realidad que vemos todos los días en la región: para muchas personas migrantes, la salud sexual y reproductiva no es una cuestión secundaria, sino una necesidad urgente de protección y supervivencia.
En un contexto marcado por políticas migratorias cada vez más restrictivas, retrocesos en derechos sexuales y reproductivos y crecientes obstáculos para la acción humanitaria, miles de personas ven limitado su acceso a la atención médica y a servicios básicos de protección. Desde MSF somos testigos directos de cómo estas barreras afectan sobre todo a quienes ya viven en condiciones de mayor vulnerabilidad: mujeres, adolescentes, niñas y personas en movimiento.
A medida que aumenta el enfoque de seguridad en la gestión migratoria, las necesidades humanitarias corren el riesgo de quedar relegadas. Detrás de cada medida restrictiva hay consecuencias concretas: mayor exposición a violencia, deterioro de la salud mental, interrupción de tratamientos y más dificultades para llegar a una consulta médica a tiempo. Para quienes migran por rutas peligrosas, el riesgo de sufrir agresiones, abusos o explotación forma parte del trayecto.
En ese contexto, la salud sexual y reproductiva se vuelve inseparable de la protección. No se trata solo de anticoncepción, controles prenatales o atención obstétrica. Se trata también de prevenir embarazos no deseados en contextos de violencia, atender a sobrevivientes de violencia sexual, acompañar a adolescentes, garantizar información fiable y ofrecer atención médica y psicológica sin discriminación. Allí es donde el principio de humanidad se vuelve concreto: en reconocer el sufrimiento del otro, responder a él con atención oportuna y defender la dignidad de cada persona incluso en medio del miedo, el desplazamiento o la violencia.
Una realidad que parece invisible
Roxana también lo expresa desde su experiencia como madre: “A veces nosotras las madres nos criamos a la antigua y es bien difícil comprender a los adolescentes. Tengo un hijo de 22 años y una niña de 13 años, y no es lo mismo estar sola en este proceso de la adolescencia. No me gustaría que mi hija saliera embarazada a temprana edad, que tomara malas decisiones o compañía; por eso es un apoyo el que da Médicos Sin Fronteras”.
Su testimonio muestra otra dimensión que MSF observa en terreno: muchas familias enfrentan estos desafíos con muy poco acompañamiento, escasa información y casi ningún margen de seguridad. En numerosos contextos, hablar de salud sexual y reproductiva sigue estando atravesado por tabúes, miedo y desinformación. Para madres, padres y cuidadores, contar con apoyo médico confiable puede marcar una diferencia decisiva. También muestra por qué la independencia es un ideal imprescindible: porque solo una acción guiada por las necesidades médicas de las personas, y no por intereses políticos, agendas ideológicas o presiones externas, puede responder de forma ética y efectiva a estas realidades.
En el proyecto de atención a salud sexual y reproductiva en comunidades locales de San Pedro Sula, Honduras, registramos, entre febrero de 2025 y febrero de 2026, un total de 100 casos de violencia sexual en los distintos espacios de atención de MSF, de los cuales 42 correspondían a menores de 18 años. En ese mismo período realizamos 598 consultas prenatales y 53 consultas posparto a menores de 19 años. Nuestra experiencia en terreno muestra que muchos de los embarazos adolescentes que atendemos están vinculados a contextos donde no existe consentimiento ni igualdad en la relación.
Estas cifras no son solo indicadores. Hablan de niñas y adolescentes expuestas a violencia, coerción y falta de opciones. Hablan de barreras persistentes para acceder a anticonceptivos, educación sexual integral y atención oportuna. Hablan también de sistemas de salud que muchas veces no logran responder con la rapidez, confidencialidad y enfoque integral que estas pacientes necesitan. Frente a esa realidad, la neutralidad tampoco es una idea lejana: es la condición que permite abrir un espacio de atención donde lo primero no sea la nacionalidad, la edad, la condición migratoria o las circunstancias del trayecto, sino la urgencia médica y el sufrimiento de la persona que tenemos delante.
Desafíos en la región
A esto se suma un retroceso más amplio en la región. Aunque la pandemia quedó atrás, sus efectos sobre la salud sexual y reproductiva persisten. La interrupción de servicios de planificación familiar, acceso a anticonceptivos y atención en salud sexual dejó secuelas que todavía no se han revertido. En América Latina, esas brechas siguen afectando de manera desproporcionada a quienes ya enfrentan exclusión social, pobreza, desplazamiento o violencia.
Desde Médicos Sin Fronteras insistimos en algo fundamental: ninguna persona debería quedar excluida de la atención médica por su estatus migratorio, su edad, su género o su lugar de residencia. Recuperar los ideales que curan implica volver a poner la dignidad humana en el centro y garantizar que la asistencia llegue a quienes más la necesitan, sin discriminación y sin obstáculos innecesarios. Implica también defender el espacio humanitario para actuar con independencia y sostener una neutralidad que permita estar cerca de las personas atrapadas en contextos de tensión, violencia o abandono.
Lo que vemos en América Latina no es abstracto. Tiene el rostro de madres como Roxana, que intentan proteger a sus hijas en rutas atravesadas por la violencia. Tiene el rostro de adolescentes que llegan a consulta después de una agresión o durante un embarazo precoz. Y tiene también el rostro de equipos médicos que, en condiciones complejas, intentan sostener un espacio de atención, escucha y cuidado. En ese trabajo cotidiano, la campaña Ideales que Curan en América Latina encuentra su expresión más real: en la humanidad que reconoce el sufrimiento, en la independencia que permite responder según las necesidades y en la neutralidad que hace posible atender sin exclusión.
Cuando se restringe el acceso a la salud, no solo retroceden los derechos. También se profundiza el sufrimiento evitable de miles de personas. Frente a ello, defender la atención en salud sexual y reproductiva y una respuesta humanitaria guiada por humanidad, independencia y neutralidad sigue siendo, hoy más que nunca, una cuestión de humanidad.
