Alma Guillermoprieto, una de las voces imprescindibles del periodismo latinoamericano, vive en Colombia desde las negociaciones de paz con las FARC, cuando llegó movida por lo que ella misma llama una decisión de esperanza. A propósito de Esta improbable tierra prometida, antología de sus crónicas, la periodista y escritora mexicana habló con Revista RAYA sobre sus comienzos, los riesgos de reportear, el papel de la Iglesia, el paramilitarismo y el futuro del oficio. “La lucha de los medios por sobrevivir es, por lo pronto, una lucha que se va perdiendo”, advierte.
Por: Juan Sebastián Lozano
Alma Guillermoprieto, periodista mexicana, recorrió por años América Latina contando la corrupción política e institucional, los agudos problemas sociales que padecemos, la violencia —que en cada país que visitó tiene características distintas, aunque con aires de familia—, pero también relatos de esperanza, la belleza de la diversidad y la creatividad humana en nuestro continente. Esta improbable tierra prometida es una recopilación de un buen número de sus crónicas y artículos, escritos con un estilo directo, de frases cortas, sin adornos innecesarios, al servicio de lo que cuenta: el descubrimiento de horrores, en muchos casos, y de bondades, en otros.
Sus textos sobre la región fueron publicados en The New York Review of Books, National Geographic y The New Yorker. Guillermoprieto nació en México, pero de adolescente se mudó con su madre a Nueva York, donde ambas leían cada semana, de principio a fin, esta última revista, que años después le abriría sus páginas. Allí estudió danza moderna, y en 1970 fue contratada para dar clases en la Escuela Nacional de Arte de Cuba. El periodismo llegó por accidente: el periódico inglés The Guardian necesitaba con urgencia un corresponsal que cubriera la revolución sandinista en Nicaragua —el encargado se había ido de pesca—, y Alma asumió la tarea. Nunca pensó que sería reportera, pero era su destino, y lo cumplió con valentía, talento y rigor, dejando un gran legado para los nuevos periodistas del mundo.
En el libro, publicado por Debate (Penguin Random House), se destacan las crónicas sobre el sacerdote Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que llegó a ser muy poderoso en México por su carisma y determinación, pero que abusó sexualmente de menores, era adicto a las drogas y llevaba una doble y hasta triple vida; la estela de violencia de Carlos Castaño y sus hermanos, artífices del paramilitarismo en Colombia; el regreso de los habitantes de El Salado a su pueblo años después de la masacre —la crónica que da título al libro—; el ominoso régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, en Nicaragua; la sangrienta época de los narcos mexicanos, entre muchas otras historias que muestran el difícil panorama latinoamericano. El volumen es una escuela de periodismo, quizás lectura obligada para reporteros que trabajan con pasión.
RAYA: ¿Cómo empezó en el periodismo? Ha contado que fue algo accidental.
Alma Guillermoprieto: Yo creo que comencé motivada por algo que ha seguido siendo constante a lo largo de todos los años que he estado en esto: la curiosidad. No tenía el más mínimo interés en ser periodista. Pero sí me apasionó lo que intuí que iba a ser una revolución triunfante en el 78, cuando empezó la presencia de la guerrilla sandinista en Nicaragua. Vi el triunfo de los sandinistas, que habían logrado tomarse el Palacio Nacional —que allá llamaban “la chanchera”, porque en Nicaragua les dicen chanchos a los puercos—, y la curiosidad fue tan grande, y mi deseo de creer en un mundo mejor tan intenso, que me llevó allá. Y como por casualidad yo tenía un amigo periodista que siempre había pensado que yo tendría que ser reportera, fui a dar a Managua.
Lo que me motivó a seguir fue esa posibilidad de estar plenamente en el mundo, de meterme en los rincones más remotos que me provocaban curiosidad. De estar donde me imagino que los demás querrían estar si tuvieran la oportunidad, o donde a lo mejor no quieren estar, pero sí quieren saber cómo es. En esas he seguido.
RAYA: En el libro se mete en ambientes peligrosos, como el de la mafia en México. ¿Cómo se cuidaba para hacer bien el oficio sin poner en riesgo su vida?
Alma Guillermoprieto: Hay dos etapas. En Centroamérica, todos los que estuvimos ahí reporteando corrimos peligro en algún momento, y hubo colegas nuestros que murieron. Yo sufrí las mismas amenazas de asesinato y desaparición, las mismas cartas anónimas y las mismas acusaciones que todos los demás. Pero era muy joven, y los jóvenes normalmente no somos capaces de imaginar que nos vamos a morir. Entonces uno hace las cosas sin pensar.
Después de Centroamérica creo que nunca he estado en peligro de muerte, porque he aprendido a construir un camino en el que conozco todos los pasos. Si no sé por dónde voy o cómo voy a llegar a una entrevista, no la hago. Tengo que tener un contacto que me garantice que puede llevarme con otro contacto, que a su vez me garantice que puede llevarme con otro. Además, en la mayoría de los lugares en los que he estado soy extranjera, y eso me protege frente a una mafia, digamos. Trabajo para grandes medios internacionales, eso me protege todavía más, y no puedo comparar mi situación con la de mis colegas que trabajan por un pésimo sueldo en un periódico de provincia. Mi vulnerabilidad es mínima; la de ellos es total.
RAYA: ¿Qué país de los que visitó le dejó una mayor huella?
Alma Guillermoprieto: Es difícil. Cada país nuevo al que me tocaba ir me daba una sensación maravillosa, como de adquirir una nueva ciudadanía. De decir: soy ciudadana ya no solamente de México, sino de Nicaragua y de El Salvador, porque esos países me resultaban muy íntimos. La ilusión que me produjo en su momento la revolución nicaragüense no se volvió a repetir. Y vivo en Colombia porque esa fue también una decisión de esperanza. Me vine cuando se estaban negociando los acuerdos de paz, mientras que México estaba en una situación muy dolorosa, que yo llevaba años reporteando. Colombia representó para mí durante mucho tiempo una esperanza de paz.
RAYA: ¿Qué rasgos ve en la sociedad colombiana, para bien y para mal, respecto a otros países de América Latina?
Alma Guillermoprieto: Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina, lo cual ya es mucho decir. Es un país institucionalmente racista, y quien no lo crea, que voltee la mirada hacia el Chocó y el abandono en el que vive esa región. Es un país que gasta más en sus ejércitos que en la educación de sus ciudadanos. Pero, por otro lado, después de siglos de violencia, y de décadas de una violencia casi tradicional, te diría yo, es un país que sigue produciendo gente que quiere vivir, que quiere estar alegre, que quiere bailar, que quiere crear y que quiere salir a la calle a manifestarse por un mundo mejor, una y otra y otra vez. Y eso a mí me conmueve mucho.
RAYA: La crónica sobre el sacerdote Marcial Maciel es muy reveladora. ¿Qué le asombró de ese caso? ¿Y cómo analiza el peso de la religión en América Latina, hoy con el auge de las iglesias evangélicas, como en Brasil?
Alma Guillermoprieto: ¿Qué me impactó de Marcial Maciel? A todos los mexicanos nos llenó de asombro que pudiera existir un ser tan descarado. No solo era un criminal: era un hombre pederasta, heroinómano, plagiador… ¿Qué más puedo decir? Bígamo, porque se casó dos veces, y con una de las esposas, siendo cura, tuvo dos hijos a los que después también quiso violar. Era la encarnación del mal.
Pero también representaba todo lo que la Iglesia católica llevaba literalmente siglos encubriendo. No solo era una historia escandalosa: era una historia sobre la institución más duradera y quizás de mayor influencia en América Latina. Si hubiera sido simplemente un criminal cualquiera, no habría escrito el texto.
Por eso también quise incluir la crónica sobre monseñor Romero, de El Salvador, hoy santo, canonizado por el papa Francisco, porque representa lo que ha hecho que la Iglesia también haya sido motivadora para tantos reformistas, para tantos curas y monjas que se quedan en ella porque creen que es un vehículo para mejorar la sociedad. Son dos caras de la Iglesia católica.
Las iglesias evangélicas, por otro lado, me niego a verlas como un solo bloque. Es un fenómeno demasiado vasto como para decir “todos son así” o “todos son asá”. Tienen una fuerza política muy grande en Brasil y en Centroamérica, pero no es una fuerza unívoca. Hay iglesias evangélicas que son más bien cultos de personalidad e instituciones demenciales: en algunas hay que mandarle cartas a Dios, que se las llevan las mariposas, pero hay que hacer una contribución de dinero, porque el dinero ayuda a que las mariposas vuelen, en fin. Pero hay otras muy serias, que han hecho mucho por cambiar, por ejemplo, la violencia en las familias. Y eso merece destacarse.
RAYA: También está la crónica sobre los hermanos Castaño, impulsores del paramilitarismo. ¿Cómo ve la relación entre ese fenómeno y el poder en Colombia?
Alma Guillermoprieto: Hay una extrema derecha que, hay que decirlo también, nace como resultado de las acciones de la guerrilla, que desde los años sesenta lleva… ¿cuántas décadas son? Saca la cuenta: seis décadas, ¿no?, aterrorizando sobre todo el campo colombiano. Pero es un fenómeno que creo que no existe en Europa, por ejemplo, porque en Europa hay tres cosas muy importantes: una igualdad social mucho mayor; un sistema educativo que da muchas más oportunidades a los jóvenes, y un sistema de justicia que permite que los hechos de injusticia se resuelvan institucionalmente. Como en América Latina eso no existe, esa es una causa muy principal de la violencia.
RAYA: Usted presenció la revolución en Nicaragua y también la decepción con la izquierda de allí, el abuso de poder y la represión de los Ortega. Hoy, en varios países de la región, la derecha ejerce gobiernos autoritarios, cercanos al fascismo, y hay un desgaste de la democracia liberal, quizás en el mundo entero. En su criterio, ¿cuál debe ser el camino político para América Latina?
Alma Guillermoprieto: Pues mira, yo no soy analista política ni predictora del futuro; yo reporteo lo que acaba de pasar y lo que está pasando. No tengo las armas para dar soluciones. Siempre digo: mi oficio es provocar las preguntas importantes. Y una pregunta que me atormenta, y que aparece en el libro una y otra vez, es cómo hacemos para cambiar. ¿Cómo podremos terminar con esta situación de violencia y desigualdad? Muchas cosas han mejorado, y muchísimo, pero no lo suficiente como para que seamos actores y promotores de la democracia en el mundo. ¿Qué tenemos que hacer para que eso ocurra? La respuesta, sobre todo en este momento, que es bastante decepcionante, es: no sé. No sé.
Tenemos gobernantes que tal vez padecen la enfermedad del machismo en un grado extremo, y a quienes les parece que predicando violencia y usando esta retórica tan radical se ven muy bien. Pero no sé si les parezca que así van a solucionar los problemas.
RAYA: ¿Cómo ve hoy el panorama del periodismo en América Latina, con medios que aparecen y desaparecen, y con la inteligencia artificial que transforma el trabajo de periodistas y editores?
Alma Guillermoprieto: La lucha de los medios por sobrevivir es, por lo pronto, una lucha que se va perdiendo. Si comparamos la cantidad de medios que existían en el año 2000 con los que existen hoy, vamos de bajada; no hay manera de negarlo. Pero todas las sociedades necesitan información confiable. Todas necesitan análisis equilibrado y respetuoso para tomar sus decisiones. Todas necesitan personas que vayan y produzcan información constatable y verificable, así que siempre vamos a hacer falta. Y como ahora se tiene la ilusión de que no hacemos falta, y se van a ver los resultados siniestros de eso, en algún momento se volverá a reconocer el papel tan indispensable que jugamos. No va a ser pronto, pero estoy convencida de que va a suceder.
RAYA: Volviendo a sus comienzos, ¿qué referentes tenía en cuanto al estilo periodístico, sobre todo cuando empezó?
Alma Guillermoprieto: Lo he contado mucho: mi mamá y yo adorábamos The New Yorker cuando vivíamos en Nueva York. Nuestro gran lujo del año —el que nos dábamos, o que se daba mi mamá, que era la que ganaba dinero— era la suscripción. Todas las semanas llegaba fielmente por correo, los miércoles, y nos la leíamos de principio a fin. No tenía crucigramas, pero tenía los chistes, que era lo primero que buscábamos, y luego leíamos todos los textos. Yo me leía todo. Creo que ahí aprendí un cierto estilo, con una voz muy marcada, muy identificable, pero al mismo tiempo con cierto desprendimiento; no una voz apasionada, como quizás se estilaba en el periodismo latinoamericano de esa época. Y sobre todo, la idea de hablar con mi propia voz. Ahí me formé, en la adolescencia, mucho antes de pensar en ser periodista o escritora.
RAYA: ¿Qué les aconseja a los periodistas que están empezando en un oficio tan precarizado?
Alma Guillermoprieto: Admiro mucho a mis colegas jóvenes, porque les ha tocado una época de tremenda dificultad. Ningún periodista que empiece ahora tiene garantizado el futuro. Y ciertamente ningún reportero se hace rico trabajando como trabajamos, que es muchísimo. Hay que tener mucha dedicación, mucha pasión por el oficio, sobre todo para no corromperse, porque la necesidad es mucha. Pero también creo que hoy ayuda estudiar especialidades distintas al periodismo. Si hacen una licenciatura en periodismo, hagan una maestría en ciencias ambientales, en historia, en nuevas tecnologías, porque eso les permite exigir un poco más y tener un poco más de vigencia.
