Análisis

SÍNTESIS

Bogotá fue el epicentro de un nuevo eje de poder: el puente CELAC-África. Lejos de la retórica tradicional, la cumbre dejó acuerdos financieros, comerciales y hasta en conectividad de vuelos directos operados por Ethiopian Airlines, desafiando la fragmentación impuesta por el colonialismo. Además, la cumbre sirvió de plataforma para la denuncia de violencias compartidas y las demandas de justicia y reparación histórica.

Por: David González M.

Latinoamérica y África, dos regiones unidas por una historia de despojo compartida que duró más de tres siglos, se encontraron en el pasado foro de la CELAC en Bogotá. Y lo hicieron en dos momentos de integración distintos: la Unión Africana, un organismo de 55 estados que se ha hecho fuerte a pesar de las diferencias ideológicas, los golpes de estado y las guerras civiles, y  por otro lado, la CELAC.

El expresidente colombiano Ernesto Samper, uno de los promotores de la integración latinoamericana, dijo a Raya: «La CELAC es un caparazón. Nosotros llegamos hasta unir los 34 países (en Unasur), pero la CELAC no tiene estructura, no tiene estatutos, no tiene secretaría». Sin embargo, añadió que, aún así, sigue siendo  mejor que nada y reconoció la importancia de la cumbre: «Nos reunimos y aprendemos de los africanos, que sí tienen una forma de integración».

Aunque la cumbre  pasó casi inadvertida  en la mayoría de los medios nacionales, logró puntos de acuerdo importantes de cara a un posicionamiento conjunto frente a un nuevo orden internacional que se reorganiza y frente a esfuerzos de demandas de reparación histórica en temas  como la trata de personas esclavizadas.

De hecho, unos días después de la cumbre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución presentada por Ghana con 123 votos a favor, 52 abstenciones (del bloque de países occidentales) y 3 votos en contra (Israel, Estados Unidos y Argentina). Dicha resolución fue tema de discusión en la CELAC y declaró la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos como «el crimen de lesa humanidad más grave» de la historia. La resolución fue aprobada el 25 de marzo de 2025 y tuvo el respaldo del bloque africano.

La vicepresidenta Francia Márquez, otra de las grandes aliadas de la cumbre y abanderada de la resolución, había dicho desde Bogotá que había llegado la hora de «transformar las rutas que un día fueron para traficar seres humanos en nuevas rutas de libertad para dignificar la vida de nuestros pueblos».

El nuevo orden internacional: un desafío  para el sur-sur

A la cumbre en Bogotá asistió una alta representación diplomática, aunque con una baja participación de jefes de Estado: los mandatarios de Burundi, Guyana, Uruguay y el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Esto fue utilizado por algunos medios europeos, y afines a sus intereses, para deslegitimar la importancia de la cumbre. Pero los acuerdos logrados dieron cuenta de la relevancia del encuentro en medio de un orden global marcado por el derrumbe de un orden global occidentalocéntrico: la guerra en Irán, el genocidio en Palestina, las amenazas de invasión a países de América Latina, el quiebre del poder blando de Estados Unidos y el ascenso de poderes emergentes.

El presidente de Brasil dijo desde la cumbre: «Nos quieren colonizar otra vez» y agregó: «Enfrentar unidos la herencia colonial es el mejor tributo que podemos rendirle a nuestra historia compartida». Mientras que el presidente colombiano, Gustavo Petro, dijo que este puente sur-sur podría constituirse en un foco de poder político en Naciones Unidas para democratizar las decisiones mundiales.

Y los discursos de los cancilleres de las naciones africanas fueron en esa misma dirección: unificación geopolítica, justicia reparativa histórica y aperturas comerciales sin mediadores. Ejes significativos para un bloque que, en conjunto, representa el 45 % de los votos de la Asamblea General de la ONU, y más de 2000 millones de personas. Las proyecciones de Naciones Unidas indican  que para 2050 una de cada cuatro personas en el mundo será africana, mientras el Banco Mundial proyecta, sólo para África, un crecimiento del PIB por encima del promedio global.

En medio de la cumbre, la vicepresidenta colombiana anunció la creación de una ruta marítima que unirá los puertos de Cartagena, Colombia; y Tema, Ghana, para facilitar la exportación directa de bienes. También hubo acuerdos financieros regionales como el de integrar Afreximbank en Latinoamérica y el Caribe, para asegurar que existan líneas de financiamiento que no congelen el comercio sur-sur. Incluso se avanzó en proyectos de conectividad aérea para abrir vuelos de pasajeros vía Ethiopian Airlines entre Togo y Colombia con escalas en São Paulo.

Fernando Hugo Aramayo, canciller del gobierno derechista de Rodrigo Paz en  Bolivia, abogó por la cooperación y la integración a pesar de las diferencias: «Nuestra riqueza debe financiar nuestro desarrollo y no el de terceros». Tanto América Latina como las naciones africanas tienen vastas riquezas de minerales críticos, desde el litio al cobalto. Así delegados de los bloques hablaron de crear consorcios de países productores de esos minerales para controlar los precios, compartir transferencia tecnológica y desarrollar centros de industrialización conjunta.

También se dialogó sobre cómo enfrentar las emergencias climáticas y proteger el acervo invaluable de biodiversidad de los dos continentes. Más cuando son las dos regiones que menos contribuyen  al desastre del calentamiento global, pero pueden sufrir una máxima vulnerabilidad climática. Entre los acuerdos se planteó exigir conjuntamente la iniciativa Bridgetown, que lleva al acceso de créditos según índices de vulnerabilidad climática, canje de deuda y custodia de selvas.

Otro tema relevante del acuerdo fue la discusión sobre la soberanía digital e inteligencia artificial. Por eso se planteó la urgencia de financiar proyectos de IA aplicada,  y desde Brasil, líder del tema, se propuso compartir con las naciones africanas financiamiento para utilizar la infraestructura soberana de IA y su capacidad de procesamiento de datos.

Quizás lo más relevante fue que el foro funcionó como un espacio de condena a la crisis multilateral actual reflejada en la parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU, el déficit de representación y una demanda de reforma estructural. Aunque estas medidas fueron respaldadas con poca fuerza por las naciones latinoamericanas que se encuentran hoy en un estado de fragmentación y división interna, mientras Washington habla de «su hemisferio» y amenaza con políticas de dominación.

El expresidente Samper dijo a RAYA: «Aquí las relaciones de los países no son entre Estados, sino entre gobiernos. Y si los gobiernos son de derecha, pues no se pueden hablar con los de la izquierda. (...) eso no lo han entendido especialmente los países de derecha. Quedamos girando alrededor de las pretensiones hegemónicas del señor Trump».

CELAC- África : un espacio de reparación histórica

El éxito de la cumbre no solo se midió en los grandes acuerdos políticos, sino también en los pasillos, donde convergieron centenares de asistentes de las regiones afro de América Latina y el Caribe. Miembros de la diáspora histórica africana que habita en nuestra región se encontraron con representantes del poder de las naciones del continente madre, afianzando espacios de demanda por la justicia histórica en una América Latina aún atravesada por el racismo estructural.

Robenson Glesile, escritor y analista político haitiano, sostiene que tender puentes con las naciones africanas es una urgencia histórica para su país. Glesile denuncia una injerencia internacional proveniente del norte occidental que ha respaldado a clases políticas incapaces de resolver las necesidades básicas de Haití: «Un caso muy simple: hay presidentes en Haití que no fueron electos, fueron directamente colocados en el lugar por la comunidad internacional. Hay que mencionar esto también: grupos de ocupación, por ejemplo, misiones, entre comillas, “de paz”. Las distintas formas de ocupación que tenemos no nos dejan lograr una independencia democrática».

El escritor afirma que la región posee raíces profundas que cruzan el Atlántico; la historia de su isla es evidencia de ese vínculo. Haití logró su independencia en 1804, un hito que no fue una efeméride cualquiera, sino una auténtica revolución anticolonialista. Aquella parte de la isla se erigió como tierra de libertad para todas las personas, especialmente para los afrodescendientes: «Llegabas a Haití y eras automáticamente una persona libre. Haití hizo lo mismo para poder ayudar a otros países cuando Bolívar se fue a Haití; lo único que le pidió el presidente Pétion a cambio fue  que liberara a las personas esclavizadas en los lugares donde vas a llevar la revolución».

Ese bastión de hombres y mujeres que arrancaron sus cadenas y derrotaron a sus esclavistas se convirtió en el principal apoyo para la emancipación del resto de la región. El escritor señala: «América Latina, en general, tiene estructuras muy racistas. Estos espacios nos permiten conocernos más, conectarnos, porque la idea del colonialismo es justamente eso: desconectarnos, hacernos creer que el continente africano queda muy lejos, que somos superiores o que somos muy diferentes. No. Tenemos una historia en común. Este evento (CELAC-África) nos permite reconectarnos y escuchar a los hermanos y las hermanas sobre la situación que los está atravesando».

Y agrega: «Es un momento para nosotros primero sanarnos como pueblo y juntarnos para seguir luchando y lograr esa independencia mental; descolonizar nuestra mente primero». Por su parte, Carlos Álvarez Nazareno, ciudadano argentino-uruguayo afrodescendiente, participó en uno de los paneles de la CELAC: «Formo parte de la articulación latinoamericana para los afro y en este momento estamos trabajando en los procesos de visibilización de las comunidades afroargentinas, afrodescendientes y de la diáspora. Sobre todo, estamos apoyando el proyecto de declaración de derechos de los pueblos afrodescendientes que está siendo discutido en la sede de las Naciones Unidas y de la OEA».

Nazareno conversó con RAYA  días antes de que la ONU aprobara la resolución final. Según el proyecto Slave Voyages —la base de datos más exhaustiva sobre el tema, respaldada por la Universidad de Emory—, 12.5 millones de personas, entre hombres, mujeres y niños, fueron embarcados a la fuerza en naves negreras entre los años 1501 y 1867. Aproximadamente 1.8 millones de personas murieron solo durante la travesía del Atlántico. La trata transatlántica fue una empresa industrializada que duró más de 400 años e involucró a múltiples imperios: británico, portugués/brasileño, francés, español y neerlandés. Fue legalizada y protegida por los códigos civiles y mercantiles de las naciones más poderosas de la época.

Nazareno explica que, en el caso de Argentina, existió un proyecto político de invisibilización de la población africana y un proceso de blanqueamiento que duró siglos: «Desde hace varios años, el movimiento afroargentino viene empoderándose y trabajando en proyectos de visibilización. Tenemos el 8 de noviembre, que es el Día Nacional del Afroargentino y de la Cultura Afro, en honor a María Remedios del Valle, la “madre de la patria”. Fue una mujer negra que luchó por la independencia de la Argentina y que luego la historiografía más clásica invisibilizó».

Según los datos censales de 2022, la población reconocida se duplicó: «Ya hay 300.000  personas que se autoreconocen  afroargentinas. Obviamente hay un subregistro porque el concepto de afrodescendiente está muy invisibilizado. Bregamos por que se incluyan preguntas en los censos y haya campañas de reconocimiento para generar menos subregistro».

Nazareno, quien fue director nacional de Equidad Racial, Personas Migrantes y Refugiadas, advierte que dicha lucha se ha desmoronado bajo gobiernos de derecha como el de Milei: «Hubo un aniquilamiento de las políticas de derechos humanos. El INADI, que albergaba las reivindicaciones afrodescendientes, fue eliminado apenas llegó el gobierno. También se eliminó la dirección nacional en la Secretaría de Derechos Humanos. Vemos cómo los gobiernos de extrema derecha reducen nuestros derechos. Estamos muy entristecidos porque el pueblo argentino no se merece este gobierno».

Finalmente, argumenta que espacios como el de Bogotá difícilmente podrían replicarse en Argentina actualmente: «Es muy importante el esfuerzo del Gobierno colombiano y su vicepresidenta al acercar a los pueblos africanos y afro de Latinoamérica. Estos foros para pensar acciones concretas en reparaciones históricas y cuidado del ambiente son estrategias fundamentales para el desarrollo de nuestros pueblos».

Liliana Valencia, escritora y una reconocida periodista afrocolombiana, le dijo a RAYA que estos espacios son esenciales en un país como Colombia. “Acá se hacía un censo que no reconocía ni siquiera nuestra existencia, a pesar de ser el 26 % de la población. De ahí para adelante, un montón de cuestiones que parecieran irrisorias, pero que afectan directamente los derechos de una comunidad. Desde el simple hecho de que nos enseñan que hubo un «descubrimiento de América» o que Colombia se independizó porque se rompió un florero, cuando fue una lucha donde el 30 % de los ejércitos independentistas de Colombia estaban integrados por afrodescendientes. Los indígenas, los criollos y los campesinos se jugaron la vida.”

Y habló  de una diáspora  africana en la región que tiene en sí misma, múltiples  tensiones y resistencias, pero que es parte constitutiva esencial de esto que llamamos América. “La diáspora es una sola. Los africanos fuera de África, que somos reconocidos como la sexta región del continente a partir del año 2003 por la Unión Africana de Naciones, tenemos mil y una cosas en común. Lo principal es que somos víctimas de racismo en todos los rincones donde estamos y los estereotipos que alcanzan al continente africano nos alcanzan en cualquier rincón. Si la gente piensa que África es pobre, fea y sucia, eso piensan también de las personas negras.”

Valencia explica que la herencia africana en América no fue un bloque uniforme, sino que se adaptó y floreció según las particularidades culturales de cada territorio. La identidad musical del continente es, en esencia, el resultado de diversos mestizajes: en el Caribe insular (como Puerto Rico y Cuba), la unión de africanos con los pueblos taínos dio vida a ritmos como la bomba, la plena y la rumba. Por su parte, en regiones continentales, el encuentro con los indígenas caribes originó la cumbia. “Es fundamental reconocer que los géneros más emblemáticos de la región poseen una raíz profundamente afrodescendiente”.

Pero también  hay tensiones que se deben entender desde la complejidad.  En República Dominicana, señala un fenómeno de negación institucionalizada donde la identidad nacional se construyó en oposición directa a la de Haití. Según Valencia, la educación dominicana se ha cimentado en un rechazo sistemático a lo negro, lo que ha llevado a una población mayoritariamente afrodescendiente a ocultarse tras eufemismos censales como «indio claro» o «moreno lavadito». Esta crisis de identidad ha escalado a lo jurídico, provocando la situación de apatridia más grave del continente: cerca de 250 000 personas han quedado desprotegidas por leyes que les arrebataron la nacionalidad.

Al contrastar estos modelos, Valencia destaca la diferencia entre el racismo segregacionista de Estados Unidos y el modelo hispanoamericano. En el norte, la violencia fue constitucional y manifiesta, con un sistema electoral que históricamente redujo el valor humano de los esclavizados a «un tercio de persona» para favorecer el peso político de los estados del sur. En cambio, en Colombia, el racismo opera de forma soterrada bajo el mito del mestizaje, una narrativa que ha engañado a la sociedad impidiéndole identificar al racismo como un enemigo claro.

Ese radiografía  de la  diáspora , que además es semilla de nuestra América, atravesó buena parte  de la CELAC-África  en Bogotá. Valencia agrega: “Somos 200 millones de personas en América Latina y la unión sería la lucha.  Si nos miramos con los indígenas, con los afros y con los campesinos, la revolución sería enorme.”

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