Más de diez millones de votos para un candidato que prometió "destripar" a la izquierda. ¿Cómo se explica? Theodor Adorno lo anticipó hace 75 años: cuando la democracia no logra tramitar el malestar de la gente, aparece un líder que canaliza esa frustración en forma de odio. No convence con argumentos: ofrece un permiso para señalar a un enemigo. Y en Colombia ese enemigo ya tiene nombre. Lo que está en juego el 21 de junio es si el país repite o no una lógica que ya conoce, y que ya pagó con sangre.
Por: Alejandro Riascos Guerrero*
El pasado domingo 31 de mayo, en medio de una discusión por WhatsApp que se fue calentando con el fervor habitual de las primeras vueltas, un pariente —cuyas convicciones políticas han dado un giro que todavía me cuesta nombrar— me lanzó un desafío: que investigara por mi cuenta el porqué de los resultados, y que dejara de cuestionar a sus electores. Le dije que quizá esa pregunta ya tenía respuesta, y mencioné al filósofo Theodor Adorno. "Ahí tienes", dijo, aunque creo que sin comprender a qué me refería. Pues bien: la pregunta y su respuesta merecen más que un intercambio de mensajes.
Abelardo de la Espriella obtuvo más de diez millones de votos el 31 de mayo, el 43,74% del electorado, y disputará la segunda vuelta con Iván Cepeda el 21 de junio. Diez millones. No es un accidente estadístico. No es manipulación mediática a secas. Es algo más inquietante: es deseo. Y el deseo, a diferencia del error, no se corrige con un artículo de opinión ni con un dato de hecho.
En 1950, Adorno y sus colaboradores publicaron La personalidad autoritaria, uno de los estudios más incómodos de la psicología social del siglo XX. Su pregunta era simple y terrible: ¿cómo es posible que masas enteras abracen voluntariamente su propia servidumbre? La respuesta que construyeron, articulando el psicoanálisis con la sociología crítica, sigue siendo válida: existe una estructura psíquica que hace del autoritarismo no una imposición sino una satisfacción. El sujeto autoritario no es víctima del líder; se identifica con él, encuentra en esa identificación un alivio a una tensión que el orden social legítimo no ha podido resolver. La agresividad que no puede descargarse hacia arriba —hacia la autoridad que lo frustra— se redirige hacia abajo, hacia el chivo expiatorio construido como amenaza. En Colombia, ese chivo expiatorio tiene nombre desde hace décadas: la izquierda.
Gilles Deleuze y Félix Guattari lo formularon con precisión en El Anti-Edipo (1972). Retomando a Wilhelm Reich, mencionan: “las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que precisa explicación, esta perversión del deseo gregario”. No hay víctimas pasivas en el autoritarismo de masas. Hay sujetos que encuentran en el líder violento la promesa de una satisfacción que el orden democrático –con sus ambigüedades, sus lentitudes, sus compromisos– no ha sabido ofrecer.
De la Espriella es un hombre que habla abiertamente de "destripar" a la izquierda. Cuando se le pidió que explicara la expresión, dijo que se refería a "sacar un relato" en sentido coloquial, y que todo ocurría en el marco de la Constitución y la ley. Puede ser. Pero esa aclaración es políticamente irrelevante, y Adorno nos explica por qué: el significante violento ya cumplió su función antes de la corrección. El elector que celebró esa frase no estaba leyendo un diccionario; estaba obteniendo una satisfacción libidinal, y lo que es más peligroso: una autorización; la misma que describe Adorno cuando habla de la agresividad autoritaria: la autorización pública del odio que uno ya sentía pero no podía expresar. La aclaración posterior no devuelve el placer; solo lo hace presentable.
Entonces, utilizar términos como "destripar a la izquierda" no es una metáfora simple u ordinaria; es una declaración de odio que etiqueta al otro como amenaza y valida la eliminación física del contrario. Colombia lo sabe. No lo sabe en abstracto: lo sabe en los cuerpos de los militantes de la Unión Patriótica, lo sabe en las fosas comunes de Nariño, lo sabe en cada familia que aún busca a alguien que fue declarado enemigo antes de ser desaparecido.
Y aquí aparece el segundo asunto que preocupa, quizá más que la retórica: la propuesta del candidato de extrema derecha de exigirle al ejército resultados en noventa días en territorios donde el conflicto armado escala. La memoria reciente de este país debería activar todas las alarmas. Alfredo Molano documentó durante décadas, desde el trabajo de campo más sostenido que haya producido la sociología colombiana, cómo la violencia en este país no es un episodio sino una condición estructural que se reactiva cada vez que el Estado delega en la fuerza lo que debería resolver por la política.
Esa advertencia cobra hoy una urgencia concreta: cuando un alto mando político presiona a la institución militar con métricas de resultado en plazos fijos, en zonas donde el enemigo es invisible y la población civil es el territorio, ya sabemos adónde conduce esa lógica. No fue política de gobierno, dirán los defensores; fue una práctica concreta, respondo yo. Los falsos positivos —jóvenes pobres asesinados y presentados como guerrilleros caídos en combate— no surgieron de la maldad individual de unos militares: surgieron de una racionalidad institucional que premiaba cuerpos sin distinguir quién los producía. Cuando el indicador de éxito es el número de bajas, el sistema aprende a producir bajas. Para Michel Foucault, así funciona la gubernamentalidad de la muerte: no necesita una orden explícita, necesita una métrica y una presión.
Entonces volvemos a la pregunta: ¿por qué la gente vota así?
Adorno diría que no es a pesar del miedo, sino a través del miedo. Cuatro años de transformaciones inconclusas, de promesas que no cuajaron, y de otras tantas cumplidas que fueron invisibilizadas de cara a una cotidianidad que para millones de colombianos siguió siendo precaria e insegura, dejaron un vacío de confianza institucional que el discurso autoritario sabe habitar con maestría. La polarización sigue organizando la política colombiana, y De la Espriella representa el ascenso de una nueva derecha que desplazó incluso al uribismo tradicional. No es continuidad; es radicalización. El uribismo al menos fingía moderación; esto ya no finge nada.
El autoritarismo popular no se alimenta solo de manipulación: se alimenta de sufrimiento real resignificado en clave de odio. El elector que votó por De la Espriella, en muchos casos, no está equivocado sobre su malestar; está equivocado sobre su causa. El problema no es que sienta frustración —esta frustración es real y legítima— sino que acepta la propuesta de dirigir esa frustración contra un enemigo construido en lugar de contra las estructuras que la producen. Esa es exactamente la operación que Adorno describió en el 50, y que no hemos logrado interrumpir.
¿Qué hacer con esto? Primero, nombrarlo sin eufemismos: lo que está en juego el 21 de junio no es solo una elección entre programas de gobierno. Es una elección sobre si Colombia autoriza o no un modelo de política que ya mostró, en su propia historia reciente, adónde conduce cuando se le da poder real sobre los cuerpos. Segundo, no confundir al elector con el proyecto: el trabajo político —y también el clínico— consiste en preguntarse qué satisfacción ofrece el odio que el lazo social legítimo no ha sabido ofrecer.
Mientras no respondamos esa pregunta, Adorno seguirá siendo un referente completamente vivo y necesario. Los psicoanalistas sabemos que el malestar sin elaboración no desaparece: se transforma, posiblemente en odio, y el odio, cuando encuentra un líder que lo autoriza, encuentra también su objeto.
Colombia ya vivió esa historia. No tendría que repetirla.
*Doctor en Psicología. Catedrático e Investigador, Universidad de Nariño
