Análisis

SÍNTESIS

Abelardo de la Espriella no es un fenómeno aislado: su candidatura recoge rasgos de las derechas que gobiernan en Argentina y Ecuador. Pablo Vommaro, director de CLACSO, las define como “derechas vasallas”: proyectos que presentan la entrega de recursos como modernización, el debilitamiento del Estado como libertad y la subordinación a Washington como alianza estratégica.

Por: David González M.

Abelardo de la Espriella, ciudadano estadounidense y colombiano, miembro del Partido Republicano de Estados Unidos y donante de campañas de congresistas MAGA como María Elvira Salazar de la Florida, podría convertirse en  presidente de Colombia. Esas señales no aparecen como  un fenómeno local extraordinario, sino como un eslabón más en un mapa de derechas radicales que han llegado al poder en América del Sur. En varios de esos países, sus políticas ya muestran impactos visibles sobre las condiciones de vida de las mayorías, la capacidad estatal y la soberanía económica.  

Las semejanzas de esta ola de derechas aparecen en varias de  sus propuestas: críticas a los sistemas políticos tradicionales de gobierno; respaldo de corporaciones con intereses económicos que piden el debilitamiento de los Estados para facilitar la extracción; campañas digitales multimillonarias que buscan influir en el comportamiento electoral  a través de plataformas digitales y sistema algorítmicos; y, sobre todo, el respaldo y la injerencia política y directa del gobierno de Donald Trump. 

El académico argentino Pablo Vommaro, director ejecutivo de CLACSO, ha seguido y acompañado investigaciones sobre estas ultraderechas que toman el poder central en países de América del Sur. Explica que, si bien mantienen semejanzas con las derechas tradicionales frente a la defensa de un statu quo y el abrazo a discursos de seguridad, también tienen otros elementos que las distinguen: «Uno de ellos tiene que ver con esta característica de sumisión, de subordinación, de sometimiento a las fuerzas reaccionarias del norte global, específicamente la de Estados Unidos».

Vommaro explica que no son derechas que buscan una expansión de las capacidades de una nación o de un Estado, sino que son derechas que entregan soberanía. «Entregan soberanía territorial, soberanía económica, soberanía energética, soberanía industrial, soberanía financiera, soberanía fiscal; es decir, que entregan las posibilidades o las herramientas de desarrollo y se someten a los designios, a los mandatos, en este caso, del actual gobierno de Estados Unidos».

No es de extrañar que, luego de conocerse los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia, en la que Abelardo de la Espriella ganó por un estrecho margen de 3 puntos porcentuales frente a Iván Cepeda, el presidente Donald Trump saliera a felicitarlo y a respaldar su campaña. Ese respaldo público abrió una discusión sobre el alcance de la intervención política de Washington en una elección colombiana y sobre la forma en que la derecha local busca legitimidad en el trumpismo. 

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«Y eso hace que sean derechas que profundizan los procesos de sometimiento, los procesos de dependencia y que, lejos de contribuir ya no a un desarrollo, sino tampoco al crecimiento de los países, lo que hacen es contribuir a un achicamiento, a una reducción de la capacidad estatal y a una reducción de las posibilidades de despliegue de vida de las sociedades y las poblaciones que habitan en estos países», describe Vommaro. Uno de los  espejos para verlo hoy es la Argentina de Milei. 

De Milei a Abelardo: el caso argentino

Si hay un "outsider" parecido a Abelardo de la Espriella con quien se podría imaginar cómo sería su gobierno, ese es el presidente de Argentina, Javier Milei: un mandatario que llegó a la Presidencia sin experiencia previa en cargos ejecutivos de gobierno y que en la actualidad es cuestionado por escándalos y denuncias que han golpeado a su administración. Hace poco más de dos años, Milei logró ganar la Presidencia con una campaña concentrada en medios digitales, con fuerte presencia en redes sociales y con el respaldo de grandes sectores empresariales y financieros. 

Hoy Argentina vive una convulsión social; pasó de ser un país receptor de migrantes a expulsor de ciudadanos. Aumentaron los relatos de salida de ciudadanos y el debate sobre la emigración volvió a ocupar un lugar central en la discusión pública. Su clima interno está  marcado por políticas de ajuste que generaron primero un colapso social agudo y luego una recuperación estadística aplaudida por fondos extranjeros, pero que no se refleja en el poder adquisitivo real de la mayoría de sus ciudadanos, quienes acusan estancamiento de salarios, aumento del costo de vida, cierre de microempresas y dificultades para llegar a fin de mes.

Según las fuentes oficiales del INDEC, el costo de vida en Argentina aumentó un 31,5% durante 2025, siendo la carne —en un país históricamente ganadero— la que más aumentó, con incrementos superiores al 70%. Mientras tanto, la Secretaría de Trabajo muestra que son más las empresas que se cierran que las que se abren, con un balance negativo de 17.323 empresas menos. Milei ha logrado aliviar parte de la presión financiera después de que el Fondo Monetario Internacional aprobara, en abril de 2025, un acuerdo de Facilidades Extendidas por US$20.000 millones a 48 meses. El programa incluyó un desembolso inicial de US$12.000 millones y buscó fortalecer las reservas internacionales, flexibilizar el régimen cambiario y respaldar el plan económico del Gobierno. Pero la pregunta es qué tan sostenible será ese empujón; hoy su popularidad está a la baja, en medio de denuncias y escándalos que golpean a su administración. Según la encuestadora Atlas Intel, asociada a esas fuerzas políticas de ultraderecha, la desaprobación de Milei en Argentina alcanza el 63% de la población.

Milei, al igual que Abelardo de la Espriella en Colombia, contó con el apoyo directo del presidente Trump, una agresiva y millonaria campaña digital en redes sociales, financiada por grandes corporaciones a las que el Gobierno luego supo responder. Porque, además de ahondar la crisis social, sus principales políticas han favorecido los grandes intereses económicos en detrimento de los trabajadores, desde una contrarreforma laboral cuestionada hasta una polémica ley que flexibiliza regulaciones de explotación minera en zonas glaciares protegidas.

Vommaro explica que en Argentina, tras dos años del gobierno de Milei, es mucho lo que se ha perdido: acceso a educación, salud, y congelamiento de obra pública y vías en mal estado que llevan a un aumento de la accidentalidad de hasta el 40%. Además, dice, “se ha destruido el sistema científico y tecnológico, con lo cual también se hipoteca y se condiciona el futuro de un país como Argentina".

Todo esto ocurrió en un periodo corto, mientras el Gobierno respondió con medidas represivas y uso de la fuerza policial frente a distintas movilizaciones sociales. Aun así, Argentina no tiene hasta ahora un grave problema de seguridad como sí, por ejemplo, el Ecuador de Daniel Noboa, este otro miembro del Club de las Américas, y otro aliado en el que se apoya el candidato Abelardo de la Espriella.

Ecuador: el mejor –peor–  ejemplo de la “derecha vasalla” a Washington

Difícilmente se encontrará un país donde las señas de la sumisión al gobierno Trump sean más evidentes que en el Ecuador de Daniel Noboa. Un presidente que intentó reformar la Constitución para permitir la instalación de bases estadounidenses en su suelo, medida que fue rechazada por el 61% de la población en un referendo nacional.

Aun así, Ecuador ha realizado otras concesiones peligrosas para su soberanía: en julio de 2025 aceptó acoger migrantes de otros países expulsados por Estados Unidos, ha firmado acuerdos con empresas de mercenarios como Blackwater y ha buscado presionar al gobierno de Colombia a través de sanciones comerciales que también afectan su propia economía.

Y todo esto mientras el país atraviesa una violencia sin precedentes en su historia reciente. Tras un año de gobierno de Noboa, Ecuador ha sufrido el número de homicidios más alto de su historia, y aunque crece la población carcelaria y las detenciones, la violencia no disminuye. Incluso, investigaciones recientes de medios independientes denuncian la vulneración de derechos humanos y el aumento de muertes dentro de las cárceles. En 2025, más de tres personas privadas de la libertad murieron cada día en Ecuador, una cada siete horas en promedio. La mayoría de ellos por hambre y enfermedad.

El gobierno de Noboa ha respondido a esa crisis de violencia, con militarización. Es un país donde el 41,7% de la población vive en la pobreza y el hambre; como en Argentina, este es el patrón que más crece. Según el análisis humanitario 2025-2026 respaldado por Naciones Unidas y la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria, más de 2,6 millones de personas en Ecuador —casi una de cada seis— enfrentan niveles críticos de inseguridad alimentaria aguda. 

Los subordinados a las políticas de Trump en América del Sur viven sus peores momentos y las poblaciones bajo su gobierno también. Vommaro ve en esas derechas tipo Milei o Noboa, patrones comunes que las caracterizan: “Por un lado, sin duda, el sometimiento a intereses de afuera, del gobierno de Estados Unidos, que quiere vernos dependientes, subordinados, y al que no le interesa ningún desarrollo propio, ninguna posibilidad de integración regional ni de que Colombia ni ningún país latinoamericano o caribeño tenga su propio crecimiento, tenga su autonomía, tenga su soberanía y su desarrollo”.

Por otro lado, identifica otros elementos que pueden profundizar el sometimiento de las naciones sudamericanas: “el debilitamiento del Estado, la destrucción de sus capacidades, de ciertas políticas públicas, mientras dejan otras sin tocar. Es decir, siguen protegiendo a la especulación financiera, siguen protegiendo a las redes de criminalidad internacional, siguen protegiendo a quienes especulan o se lucran con nuestro dinero, pero destruyen la capacidad de salud pública, educación pública... Y ahí creo que hay un gran riesgo”, concluye.

El rápido desgaste de las derechas aliadas a Donald Trump 

Ese pronto agotamiento de las fallidas políticas de las derechas vasallas a Washington resulta en constantes protestas sociales ante la evidencia de la erosión de la soberanía y de gobiernos que priorizan el interés extranjero.

Dos gobiernos de ese mismo Club de Escudo de las Américas, aliados a Trump, ven en carne propia desplomarse su respaldo en pocos meses. Es el caso, primero, de Chile: José Antonio Kast asumió la presidencia apenas el pasado 11 de marzo de 2026; el primer día firmó acuerdos amplios para impulsar la cooperación en minerales críticos y materias de seguridad; incluso impulsa una reforma de ley indígena para permitir hipotecar los territorios de las comunidades ancestrales.

En tres meses, según las últimas encuestas, su popularidad cayó del 56% al 36%. Y en las principales calles de Santiago y Valparaíso ya se ven masivas protestas sociales de organizaciones ciudadanas preocupadas por retrocesos en los derechos y que ven en el espejo de la Argentina actual su peor escenario.

Más alarmante, sin duda, es el caso de la Bolivia de Rodrigo Paz, quien ganó las elecciones tras 20 años de gobierno del MAS. Hoy La Paz está bloqueada por protestas de centrales obreras, docentes y movilizaciones indígenas. La razón, como le explicó la expresidenta del Senado Adriana Salvatierra a RAYA, es la preocupación por las decisiones políticas del nuevo Gobierno que van en dirección a la privatización, la entrega de recursos estratégicos y nuevas alianzas con el Fondo Monetario Internacional, así como una ya larga crisis económica reflejada en la alta inflación.

Vommaro explica que, una vez estas derechas subordinadas llegan al poder, el Estado pierde la posibilidad de intervención, «de acción pública, inclusive para responder a necesidades o a demandas de diferentes grupos sociales y de la propia ciudadanía», lo que eventualmente profundiza el sometimiento a los intereses del gobierno de Trump, una administración, además, debilitada por su propia baja popularidad a unos meses de las elecciones de mitad de mandato.

Tras el aumento de la inflación en Estados Unidos, la derrota estratégica en la guerra contra Irán y los escándalos por el encubrimiento parcial de los archivos de Epstein, el segundo gobierno de Trump camina sobre una cuerda floja. En las próximas elecciones de noviembre podría perder el control del Congreso y terminar sentado en el Capitolio enfrentando un juicio político que podría acabar en su destitución. Su popularidad hoy en todas las encuestas ronda entre el 34% y el 38%, con índices de desaprobación históricos.

Aun así, las «derechas vasallas» de América del Sur apuestan toda su legitimidad al respaldo que puedan obtener de ese gobierno en crisis. En esa línea, el candidato Abelardo de la Espriella agradeció en una carta abierta el respaldo total de Trump a su candidatura y dijo: «Vamos a hacer una llave con el Gobierno de Estados Unidos y con el presidente Trump como nunca antes la ha tenido Colombia con otro Gobierno».

«[Estas derechas] hacen cosas que ni el propio Trump hace en Estados Unidos. Porque Estados Unidos es el rey de “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. Puertas adentro, Donald Trump es proteccionista, defiende su industria, no deja entrar importaciones, por ejemplo, de China y de otros países; pero hacia afuera pregona otro discurso», explica Vommaro. También señala: «Estos gobiernos compran ese discurso enlatado, se subordinan, se someten». Todo ello con el objetivo, además, de debilitar las posibilidades de integración regional.

«Estamos camino a un mundo de bloques regionales: el bloque de Asia-Pacífico, del Indo-Pacífico; África hace esfuerzos por integrarse y por unirse; está la Unión Europea. Sabemos que América Latina tiene una posibilidad en este mundo cambiante, en este mundo en transformación, si consolida su integración regional. Creo que debilitar o dominar las posibilidades de integración regional es parte también de los objetivos que tienen justamente estas fuerzas [las derechas vasallas], de condicionar las posibilidades para un desarrollo más autónomo y más sostenible», concluye.

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