Análisis

SÍNTESIS

Más de diez millones de colombianos votaron por Abelardo de la Espriella. Su propuesta de seguridad combina mano dura, megacárceles, fumigación y reducción del Estado, mientras apela a una tradición patriarcal y autoritaria que venera al hombre fuerte: el que castiga, no duda y promete derrotar a sus enemigos a cualquier precio. En un país atravesado por violencias híbridas, esa fórmula expone una contradicción: promete proteger la vida mientras debilita las instituciones que deberían sostenerla.

Por: Arturo Escobar * 

Hay un aspecto fundamental para comprender el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, que culminó con una votación mayoritaria para Abelardo de la Espriella. Me refiero al aspecto patriarcal-mediático. Es un tema que ya vienen discutiendo con contundencia periodistas e influencers mujeres ante declaraciones y comportamientos de este candidato que, en el mejor de los casos, podrían calificarse de vergonzosos, y al que se refirió con vehemencia Juan Daniel Oviedo en sus declaraciones en la noche de la elección, al acusar a de la Espriella de homofobia y machismo exacerbados.

El patriarcado es la forma de jerarquía y dominación más antigua del mundo. Es una cosmovisión que privilegia la jerarquía, el control, el poder, la erradicación de las diferencias y, en última instancia, la violencia y la guerra. Como bien lo dicen las feministas latinoamericanas, la humanidad aprendió a dominar en el cuerpo de la mujer; esta dominación se ha mantenido a lo largo de los siglos a través de multitud de narrativas y prácticas. Quizás la narrativa patriarcal más persistente, basada en estudios con tribus de cazadores-recolectores, es la teoría de que el motor de la evolución humana fue el Hombre Cazador, idea que dio origen a uno de los mitos más letales de la historia humana: la superioridad del hombre sobre la mujer basada en su sexo biológico, pero extendida a todos los dominios de la vida social, incluyendo la ciencia.

La narrativa evolutiva de “El Ascenso del Hombre” exalta las herramientas masculinas que matan en lugar de los recipientes creados por mujeres para recolectar los elementos esenciales para la vida, como semillas, alimentos y plantas sanadoras, además de la creación de lazos sociales, mucho más importantes para la evolución que las armas. A pesar del desprestigio de esta teoría, perdura en representaciones populares de los 3800 millones de años de historia de la Tierra, presentadas como científicas. Una reciente serie de Netflix, La Vida en Nuestro Planeta, por ejemplo, explica la evolución con base en el cuestionado planteamiento de que los “ganadores” son los que mejor se adapten y que la competencia a muerte es el motor de la adaptación.  Estas ideas son re-machadas (valga la pena el juego de palabras) a lo largo de los ocho episodios, en cada uno de los cuales son siempre los “machos alfa” quienes sobreviven, forman “dinastías” y doblegan a las demás especies. Y de allí se extrapola el mismo comportamiento a los seres humanos, manteniendo al hombre en su pedestal en pleno Siglo XXI en base a un argumento biológico reduccionista.

Más preocupante aun es el hecho de que esta narrativa asesina –¿cómo más llamarla?– es reproducida ad infinitum por los políticos de derecha que predican la guerra y el odio contra todo lo diferente, proyectando una imagen del hombre fuerte que llega a restablecer las jerarquías y a mantener el orden establecido a cualquier costo. Estas representaciones continúan moldeando las formas de pensar, de hacer y de sentir de las mayorías, sirviendo de sostén a toda una pedagogía de la crueldad, como la denomina la antropóloga Rita Segato. Es una narrativa anacrónica detentada por los grandes Hombres Cavernarios de la política mundial, incluyendo a Abelardo de la Espriella y sus hermanos de caverna como Milei, Bukele, Katz, Ortega y, por supuesto, el Gran Jefe Blanco y héroe de todos, Donald Trump.

No es difícil resaltar las características principales de los hiperpatriarcas contemporáneos.  El hiperpatriarca es maestro en el arte de cultivar el miedo y, por consecuencia, el odio hacia todo aquello que nos haga sentir inseguros; este es uno de los pilares de su éxito, especialmente entre las clases medias que se sienten acorraladas por fuerzas que no entienden y amenazadas en sus privilegios. El hiperpatriarca es por autodefinición el hombre fuerte por excelencia; no demuestra debilidad; exuda una masculinidad agresiva; desconfía de las mujeres, por brillantes que sean; es homófobo, racista, supremacista y odia con pasión todo lo diferente que lo pueda cuestionar; es fascista por inclinación, le seducen los Hitlers de la historia, y es siempre autoritario, lo cual también ha aplicado a muchos líderes de izquierda desde los albores del Siglo XX hasta el presente; no le teme a matar o a que lo acusen de asesino, pues debe mostrar mano de hierro y no preocuparse por lo que digan los demás.  Es asombrosamente egocéntrico, y se considera el más vivo.

Los patriarcas del momento son misóginos, individualistas al extremo y con frecuencia sádicos; se pueden ufanar de torturar animales sin reparo alguno, o de someter a millones de sus congéneres a condiciones bukelianas o a perecer de hambre y sed.  Creen en la “limpieza social” y la eliminación sistemática de los enemigos, por las armas de ser necesario; como el hiperpatriarca colombiano, proponen “destripar” a los izquierdistas y supuestos comunistas. Desconocen por completo la empatía, el cuidado, la compasión. Su odio a las reivindicaciones de género, a los activismos indígenas, afrodescendientes, ambientalistas y LGTBQ+, es legendario. Son incapaces de comprender la importancia de proteger la vida, pues todo lo vivo existe como recurso para su enriquecimiento y poder.

Estos patriarcas se precian de ser showmen divertidos e hipersexuales, todo esto para mantener entretenida a las multitudes, pues no quieren que la gente piense por sí misma, sino que los siga con la fidelidad del rebaño. Son hábilmente mediáticos, permeando eficazmente las redes sociales y utilizando la mal llamada inteligencia artificial para manipular las emociones de millones de personas y para fabricar verdades, pues son mentirosos patológicos.  Aunque se precien de racionales, su comportamiento es emotivo e irracional. La racionalidad les sirve, sin embargo, para acumular grandes riquezas sin rubor, pues hoy hiperpatriarca que se respete juega a quién es capaz de acumular más riqueza y con mayor rapidez.

Recordaba hace poco lo que una querida amiga feminista dice, metafórica pero gráfica y certeramente, de aquellos académicos, mayoritariamente hombres, que se sientan en la palabra a pontificar, solo para alimentar sus egos e hinchar el pecho: que “blanden el miembro”. Ni qué decir de tantos políticos de derecha, muchos de ellos delatados por mujeres de abuso sexual. Nada de esto los intranquiliza pues sienten que están por encima de la ley.

Algunos de los rasgos mencionados se han exacerbado en épocas recientes, porque hoy los hombres están en retirada y a la defensiva por el avance imparable de las mujeres y de todas las diferencias –raciales, étnicas, sexuales, no capacitistas, divergentes–, lo cual los hace más peligrosos y extremos. Aun así, deshacer las narrativas supremacistas patriarcales no es tarea fácil, pues se encuentran desplegadas en todos los espacios de la vida cotidiana: en las escuelas, los medios, el entretenimiento, la publicidad, el gobierno, el cine de Hollywood y, más que nada, en la economía globalizada fundamentada en una competencia cada vez más agresiva y letal para la gran mayoría de la gente y para el Planeta. Por eso son tan persistentes y seductoras. Aquí encontramos la razón de ser de la aparente estupidez de los millones de personas que, en Colombia, Estados Unidos, Argentina, el Brasil de Bolsonaro y otros países, han optado por un Hombre Cavernario. 

Dicen que hijo de tigre sale pintado: los diez millones de colombianos y colombianas que votaron por nuestro cavernario de turno así lo han demostrado. Estos tigrillos y tigrillas están convencidos de que “el hombre” es individualista y agresivo por naturaleza y que portarse a la altura de esta ley es ser inteligentes. Es imposible para ellos pensar que podamos cultivar formas diferentes de ser. Pero también es cierto que el patriarca es un tigre de papel, pues su poder yace en última instancia en todxs nosotrxs. Dejemos de participar en sus narrativas y prácticas, desliguémonos de ellas, y su poder se irá debilitando, hasta desaparecer como se borraría un rostro dibujado en la arena a la orilla del mar.

Desmantelar los patriarcados en todas estas esferas, comenzando por la política, es una tarea urgente para las transformaciones sociales. Es hora de sacudirnos “ese machito que todos llevamos por dentro”. Las narrativas patriarcales nos empequeñecen y empobrecen como personas y como sociedad; adormecen nuestra capacidad de pensar al tiempo que nos inculcan el miedo a vivir y nos compelen a odiar. Muchas, muches y muchos le apuestan a opciones centradas en la vida y no en la muerte. 

Contamos con narrativas que argumentan que más importantes que la competencia y la agresión para la evolución humana han sido la cooperación, el cuidado y en última instancia el amor, como elabora a lo largo de su obra el sabio biólogo chileno Humberto Maturana.  Frente a la barbarie patriarcal y el capitalismo de despojo que convierten en desechable a la mayoría de los humanos y al planeta, abandonemos de una vez por todas las narrativas que matan y participemos activamente en las transformaciones que sanen la sociedad y que cuiden y regeneren la vida.

Arturo Escobar es un antropólogo colombiano, reconocido por su crítica al modelo de desarrollo y su trabajo junto a movimientos sociales afrocolombianos, ambientalistas y feministas. Es autor de La invención del desarrollo (1996), entre otros libros, y miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias. 

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