Las elecciones presidenciales en Brasil son un round decisivo para la política de América Latina. Lula formó un bloque de sectores democráticos desde la centroderecha hasta la izquierda que él representa para enfrentar a EE.UU y a Israel, que apoyan a su rival; al otro lado está el hijo de Jair Bolsonaro, representante de la extrema derecha y condenado por intento de golpe de Estado en 2023. El pronóstico a dos semanas no da un claro ganador, pero la elección en Brasil sí va a determinar el destino completo de la región.
Por: David González M.
En lo que podría ser su último discurso como presidente de Brasil antes de las elecciones del 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva llegó a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, con un mensaje de soberanía frente a Estados Unidos. Aunque no mencionó directamente a Donald Trump, cuestionó las presiones externas sobre América Latina y advirtió: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. El gigante latinoamericano irá a las urnas para elegir presidente. Lula busca un cuarto mandato, no consecutivo, en una elección en la que su principal rival es Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, hoy condenado por intentar dar un golpe de Estado a Lula luego de ganar las elecciones de 2023.
La contienda se desarrolla en medio de un escenario regional marcado por el debate sobre la influencia de Estados Unidos e Israel en la política latinoamericana. En su discurso ante la ONU, Lula denunció precisamente lo que calificó como “injerencia externa en procesos electorales” y defendió la soberanía de los países de la región. Hoy, las encuestas más conservadoras dan un empate técnico entre los dos candidatos, pero el fantasma del algoritmo alterado y las granjas de bots para manipular a los votantes sigue siendo una preocupación latente en Brasil como se ha denunciado que sucedió en las últimas elecciones en Bolivia, Perú, Chile, Argentina, Honduras y Colombia.
Por un lado está Lula, un presidente que defiende la soberanía frente a la injerencia extranjera, aboga por el multilateralismo y los puentes entre el sur global. Y por el otro, Flávio Nantes Bolsonaro, promotor del autoritarismo, defensor de los crímenes de la dictadura, del militarismo en el gobierno y subordinado al trumpismo que avanza en su ofensiva de dominio hemisférico bajo el nombre de la “Doctrina Donroe”.
Thomás Zicman de Barros, politólogo brasileño e investigador en la universidad Sciences Po de París, así se refirió sobre el panorama que vive su país: “Las elecciones en Brasil hoy no son elecciones normales entre dos candidatos dentro de un campo democrático. Tenemos de un lado a Lula que logró reunir casi todo el campo democrático de Brasil” y del otro lado “la barbarie”, dijo De Barros, el también autor de las investigaciones “Democracia radical, populismo y deseo” e “Identificación y transgresión estética en el populismo”.
Las dos fuerzas políticas representan dos proyectos ideológicos opuestos y las encuestas marcan una contienda apretada. Unas ponen a Lula adelante por algunos puntos porcentuales, otras a Bolsonaro adelante en una eventual segunda vuelta. Los dos concentran la disputa frente a un abanico de otros candidatos que han ido perdiendo fuerza a medida que se acerca el día de las elecciones. Los últimos sondeos muestran, además, una concentración creciente del voto alrededor de los dos candidatos. En la medición Atlas/Bloomberg divulgada el 23 de septiembre, Lula registró 46,3 % de los votos válidos y Flávio Bolsonaro 43,9 %, mientras la suma de las demás candidaturas cayó al 9,9 %.
Además, para la región, Brasil no es solo un polo económico, sino la potencia regional con capacidad de incidir en el avance o retroceso de la extrema derecha en Sudamérica y en respuesta a las presiones diplomáticas, comerciales y políticas de Estados Unidos o de injerencia hegemónica exterior. Y así lo ven también dentro de Brasil: “Todo el campo democrático comprendió muy pronto en el 2021, 2022 que Lula era la mejor fuerza que teníamos para ganar a Bolsonaro y volver con una fuerza democrática al poder. Lula logró hacer esta gran coalición”, explica Zicman.
Esa es la razón por la cual Geraldo Alckmin es su vicepresidente y actual fórmula para la reelección. El exgobernador de São Paulo fue un político de un partido opositor de centroderecha en los noventa, incluso, enfrentó a Lula en el 2006. “Lula en el 2022 se presenta como candidato a la presidencia con el vicepresidente que fue su adversario 16 años antes”, describe Zicman. Desde esas primeras presidencias, Lula ha cambiado. Se presenta menos como el defensor de los de abajo contra las élites y más como un articulador de la democracia “Contra el fascismo, contra la extrema derecha”, describe Zicman.
A lo que se enfrenta Lula
Tras los ataques del 8 enero de 2023, cuando el mismo expresidente Jair Bolsonaro promovió un golpe de Estado en Brasilia, para gran parte del país quedaron claros los riesgos que significaba su poder político y que la extrema derecha bolsonarista no era una más en el continente, sino un proyecto autoritario que buscaba alterar las reglas de la democracia.
Para Zicman, esto no fue una sorpresa. Ya en 2018 Bolsonaro era, según sus palabras, “la figura más extremista de derecha de todo el Congreso brasileño. No había duda, era un tipo que estaba aislado, que no tenía partido y que hablaba cosas como: la dictadura militar fue muy buena, me gusta la tortura, me gusta la violencia, tenemos que matar a los rojos, todo esto…”
Para el politólogo, la presidencia de Bolsonaro fue el resultado de una crisis política y económica que vivió Brasil. “Y cuando llega a la presidencia, pone a los militares primero cerca del poder. Ellos regresan después de más de 20 años, tras el fin de la dictadura militar en Brasil”. Luego vinieron los mítines contra el Congreso y la Corte Suprema de Brasil, mientras crecían las sospechas sobre un golpe o una ruptura constitucional.
“Cuando pierde las elecciones a finales de 2022, intenta dar un golpe de Estado. Y es por eso que tenemos todo lo que pasó en Brasilia el 8 de enero de 2023. Las investigaciones policiales posteriores demostraron de una manera muy clara que Bolsonaro y otras figuras importantes de su gobierno intentaron tomar el poder por la fuerza; tenían un plan para matar a Lula, matar al vicepresidente electo Alckmin, matar al juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes, todo esto. Es por eso que Bolsonaro fue condenado.”
Flávio Bolsonaro es el heredero político de ese proyecto antidemocrático. Para otros analistas como Emir Sader, exsecretario ejecutivo de Clacso y autor del libro Lula y la izquierda del siglo XXI, solo hay un horizonte posible: “Lula va a ganar. No sé si en primera vuelta o no, pero seguro que va a ganar.”
Él sustenta su afirmación además en lo que considera el fracaso de proyectos similares en la región: “Mira, Milei está muy mal. Kast también le va yendo muy mal. Entonces, no creo que sea una buena perspectiva para esa derecha en Brasil. El neoliberalismo fracasó en América Latina. Entonces, cualquiera que adopte esa política económica, seguro que va al fracaso. Mientras Brasil y México andan bien, Uruguay también. Andan bien justamente porque tienen políticas antineoliberales, fortalecimiento de la democracia, fortalecimiento del Estado. Entonces no creo que la extrema derecha tenga futuro en América Latina.”
“En Brasil, con Lula, la economía crece; hay control de la inflación, control del desempleo y el récord de desempleo más bajo en Brasil”, agrega. Y aunque algunos indicadores sociales respalden la gestión de Lula, hay otros elementos que han empezado a tomar mucho poder en las contiendas electorales de la región. Entre esos, las alertas sobre una posible injerencia estadounidense y las campañas de desinformación articuladas por redes internacionales de extremas derecha que operan en varios países. Y Brasil no es la excepción.
Investigaciones de la organización Washington Brazil Office han documentado cómo el movimiento de extrema derecha comenzó su embestida contra las instituciones mediante la difusión sistemática de fake news y cuestionamientos infundados sobre la fiabilidad de las urnas electrónicas brasileñas. Ese discurso fue la base del intento de golpe de Estado de 2022, en el cual además jugó un papel clave el estratega argentino Fernando Cerimedo, hoy preso en Bolivia por intento de feminicidio y un amplio repertorio de acusaciones usando las redes sociales y el algoritmo, tal como lo informó RAYA. La Policía Federal brasileña incluyó a Cerimedo entre los indiciados de la investigación sobre la trama golpista y lo ubicó en el “núcleo de desinformación y ataques al sistema electoral”, señalado de producir, divulgar y amplificar noticias falsas sobre la elección de 2022 para crear un ambiente favorable a la ruptura institucional.
Los análisis señalan, además, que la narrativa de fraude en Brasil es una reproducción directa del esquema utilizado por la ultra derecha estadounidense en las elecciones de 2020, cuando Trump fue acusado de incitar a sus seguidores a tomar el Capitolio con la misma narrativa. Y es que los intentos de injerencia de Estados Unidos en el proceso electoral brasileño van más allá de las sospechas y apuntan directamente al mandatario estadounidense.
Trump ha presionado vía sanciones económicas al gobierno de Lula. Incluso en eventos de campaña en estados estratégicos como Minas Gerais, se ha documentado el despliegue explícito de pancartas con consignas importadas (Make Liberals Cry Again) y símbolos alusivos a líderes internacionales de la ultraderecha para enmarcar la contienda local dentro de una batalla cultural global. Y el hermano del candidato, Eduardo Bolsonaro, es, según informes de WBO, una figura central en la articulación de la extrema derecha brasileña con sus pares en Estados Unidos, buscando apoyos políticos y sanciones diplomático-económicas contra magistrados e instituciones brasileñas que obstaculizaron el proyecto autoritario de su padre. La aproximación con Washington tampoco se limita a Eduardo Bolsonaro. Un análisis de ICL Notícias encontró coincidencias, en distintos grados, entre propuestas de Flávio Bolsonaro y su entorno y 16 de las 21 exigencias planteadas por el gobierno Trump a Brasil: desde minerales críticos, el Pix y las plataformas digitales hasta las relaciones con China, las sanciones financieras y el propio proceso electoral.
Un informe de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN) alertó que el riesgo de injerencia externa e intromisión en el proceso electoral brasileño alcanzó un "nivel crítico", orientado a condicionar la soberanía nacional y el acceso a recursos estratégicos. El informe reservado, enviado a la Presidencia, al Tribunal Superior Electoral y al Ministerio de Justicia, identifica una “tendencia de escalada de presión sobre Brasil” y una intensificación de las acciones estadounidenses en el contexto electoral. La ABIN aclara que la alerta no se refiere a una manipulación de las urnas, sino a presiones políticas, económicas y diplomáticas capaces de incidir en el ambiente institucional y el debate público.
Para Zicman, sin embargo, esta injerencia ha jugado en contra de los intereses de Bolsonaro. “Trump el año pasado, por ejemplo, ayudó más a Lula de lo que lo hizo mal, porque con las sanciones y con otras cosas, permitió que Lula empezara a utilizar la idea de la soberanía nacional. Y esto ayudó muchísimo, sobre todo por la familia Bolsonaro: el padre está en prisión domiciliaria en Brasil, pero uno de los hermanos, Eduardo Bolsonaro, el hijo más ideológico de Jair Bolsonaro, está en Florida y hace una paradiplomacia con Marco Rubio, con diputados americanos contra Brasil.”
En esto coincide Sader: “Lula está haciendo campaña también en contra de Trump y eso le favorece. En Brasil cae muy mal el apoyo que Trump da al candidato, hijo de Bolsonaro, y también para Lula es favorable porque parece defender a los brasileños frente a las políticas económicas de sanciones externas”.
Lo que sí ha contribuido a hacer Trump, sin embargo, es poner en el centro de la agenda el tema de la violencia de los grupos narcotraficantes. El 28 de mayo de 2026, dos días después de que Trump recibiera en la Casa Blanca al senador Flávio Bolsonaro, Marco Rubio, secretario del Departamento de Estado, anunció que el PCC y el Comando Vermelho habían sido designados como Terroristas Globales Especialmente Designados, con estatus pleno de Organización Terrorista Extranjera a partir del 5 de junio. En la reunión con Trump del 26 de mayo, Flávio había pedido expresamente que Estados Unidos declarara terroristas al PCC y al Comando Vermelho. La seguridad también ocupa un lugar central en su programa de gobierno: dedica dos ejes a la materia y propone declarar “organizaciones narcoterroristas” al PCC, el Comando Vermelho, las milicias y otras facciones.
Para Zicman, este cambio en la narrativa hacia el eje de seguridad le ha dado ventaja al bolsonarismo. “El eje democrático, como la izquierda, no tiene buenas respuestas para contestar al problema de la violencia”. Y agrega que a pesar de su discurso fuerte, tampoco lo tiene el candidato de la derecha. “El hijo de Bolsonaro, aunque tenga un discurso contra el crimen, está cerca de muchísimos de estos grupos.”
“Tenemos en Brasil también esto que nosotros llamamos las milicias, los grupos paramilitares que controlan algunas regiones y que en teoría fueron creados en los años 90, contra los traficantes de drogas, pero hoy día esos grupos también trafican droga. Bolsonaro dice que está contra estos grupos, pero en verdad nosotros sabemos ahora con otras investigaciones que tiene conexiones con todos ellos”, argumenta. Y agrega: “Tengo miedo porque en el 2018 y en el 2022 hubo una subestimación de la extrema derecha, entonces puede ser que Flávio venga con más fuerza (de lo que dicen las encuestas).”
La relación de Flávio Bolsonaro con figuras vinculadas a las milicias de Río de Janeiro tiene antecedentes documentados. Durante su paso por la Asamblea Legislativa de Río homenajeó a Adriano da Nóbrega, exoficial del Bope posteriormente señalado por el Ministerio Público como jefe de la milicia de Rio das Pedras y asociado al llamado Escritório do Crime. La madre y la entonces esposa de Nóbrega trabajaron en el gabinete de Flávio. Fabrício Queiroz, antiguo asesor del senador y amigo de Nóbrega, también aparece en ese entorno. Las principales pruebas de la investigación por las llamadas rachadinhas fueron posteriormente anuladas por cuestiones procesales.
Por su parte, Sader cree que la victoria de Lula sería muy importante para la región en medio de la ofensiva hegemónica sobre el hemisferio que lidera Trump. Y está confiado en la victoria de Lula: “Lula se va a reelegir, no hay duda. Por eso la elección más importante es la de Argentina que cambiaría efectivamente la naturaleza del gobierno en la región.” Y concluye: “Y si Axel Kicillof en Argentina gana la elección el año que viene, se recompone el trío de los tres países más fuertes de América Latina con una política similar: Brasil, México, Argentina. Esa es la perspectiva que tiene Brasil y que tiene Lula”.
