Desde hace una semana, el Ministerio de las Culturas y las Artes tomó la decisión de dejar sin recursos el Programa Nacional de Estímulos que otorga reconocimientos económicos a los ganadores. La decisión se suma a cambios en el lenguaje institucional sobre las niñas y el campesinado. Entre recortes, nuevas formas de nombrar y una política cultural atravesada por la lógica de mercado, el texto plantea una disputa de fondo por el lugar de las artes, los territorios, los sujetos colectivos y la cultura en la idea de país.
Por: Patricia Ariza Flórez
Dramaturga, directora de teatro, actriz, activista y exministra de Cultura de Colombia
Primero, en una regional del ICBF, recortaron la palabra niña; después, desde el Ministerio de Agricultura, la palabra campesino. Luego empezaron a recortarse nombres, datos, proyectos y programas. Ahora se recortan los reconocimientos a los y las artistas. Y comienzan a nombrarse otras palabras como suprimir, acabar, enfrentar, armarse, aniquilar, recortar y destripar, entre otras.
El país se nos reduce paulatinamente porque la cultura no es solamente lo que somos, sino también lo que nombramos. En este país hemos logrado que se pronuncien las palabras tachadas. Detrás de esas palabras ha habido centenares de luchas y de muertes, pero también centenares de logros, acuerdos para parar la guerra y miles de creaciones en el arte y los saberes.
Detrás de la palabra niña está la larga lucha de las mujeres para que nuestro nombre en femenino apareciera. Detrás de la palabra campesino no está el “pequeño empresario del campo”, como lo quieren nombrar, sino una cultura inmensa que nos define y nos arraiga en la nación. Detrás de la palabra paz está la larga lucha por nombrar la palabra acuerdos. Y detrás de la palabra reconocimiento están las creaciones en el arte que contribuyen a darle sentido a la vida.
Gracias a los reconocimientos del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, a lo largo de casi tres décadas han aparecido nuevos talentos, han emergido voces silenciadas, creadores y creadoras de las regiones, fiestas y rituales populares desconocidos. También se ha reconocido la trayectoria y la persistencia de grupos y personas que se dedican de manera sistemática a las artes.
El reconocimiento a la cultura y a las artes también se ha reforzado en el ámbito internacional. En 2024, ministros y ministras de Cultura y Educación adoptaron el Marco de la UNESCO para la Educación Cultural y Artística.
Hoy nos encontramos con la palabra asombro al ver con nuestros propios ojos el recorte a los premios y reconocimientos a los y las artistas y creadores por parte del nuevo/viejo gobierno. El Ministerio informó el 15 de septiembre que las modalidades de premios y reconocimientos del Programa Nacional de Estímulos 2026 no avanzarán a la etapa de evaluación y que este año no habrá designación de ganadores ni asignación de esos estímulos. La entidad atribuyó la decisión a restricciones presupuestales y de disponibilidad de caja, además de la priorización de recursos para atender la emergencia tras el terremoto del 10 de agosto.
Y recurrimos, primero, a reconocernos nosotros y nosotras en lo que representa apoyar el proyecto de un artista, decirle que su obra vale la pena, que no importa si se vende o no, pero que sus trazos nos dejan ver el mundo posible; que su obra de teatro nos permite no solo entender, sino tener empatía frente al origen de los conflictos; que en su pequeña sala independiente se encuentra todos los días la comunidad para reconocerse entre sí y sentir que otro mundo es posible.
También debemos reconocer que en este país existen centenares de circos ambulantes que recorren los caminos, narradores y magos a quienes reconocimos en el Ministerio y que, en estas palabras, re-conocemos de nuevo como parte fundamental de la nación.
Hace años, algunos de nosotros, con Martha Helena Bravo, Gonzalo Arcila y Nicolás Buenaventura, entre otros y otras, en la Comisión Auxiliar de la Constitución del 91, logramos, gracias a los oficios de la poeta María Mercedes Carranza, que quedara en letras de molde que la cultura es fundamento de la nacionalidad.
Hoy la vemos recortada, fragmentada, reducida a la esperanza fallida de convertir a los y las artistas en empresarios de sus obras. Ya vivimos esa experiencia con el nombre de Economía Naranja, que intentó cambiar la palabra artista por emprendedor o agente y que dejó, como la doctrina neoliberal que la sustentaba, muchas deudas y una mentalidad mercantil que está volviendo trizas el mundo.
Desde la sala de teatro donde creo con mi grupo obras todos los días de la vida, escribo estas palabras mientras, con la palabra indignación, veo cómo anulan -no solo los reconocimientos a las y los artistas- sino la cultura misma, mejor, las culturas. La tal batalla cultural es una batalla contra las culturas, contra lo que somos, contra lo que queremos ser. Y somos el país de los circos ambulantes, de los magos que recorren los caminos, de las salas de teatro, de la belleza. Somos el país de Melquíades, pero sobre todo de Úrsula, que supo sacar el cinturón y darle una muenda al coronel.
No dejemos que nos despedacen las palabras; ellas son nuestro pensamiento. Desde aquí grito, con la digna rabia, la palabra que me acoge y me cobija en estos momentos: RESISTENCIA. No la borremos.
Las palabras vida, arte y soberanía conforman la palabra libertad.
