Análisis

SÍNTESIS

Matthew McManus, profesor de Spelman College, conversa con el filósofo colombiano Tomás Molina Molina sobre una idea poco frecuente en el debate público latinoamericano: que el socialismo no niega al liberalismo, sino que puede llevar más lejos sus promesas de libertad e igualdad. La conversación recorre esa disputa y sus efectos en la discusión política actual.

Especial para RAYA por: Tomás Molina

El socialismo puede realizar los valores que el liberalismo prometió, pero nunca cumplió. Esa es la tesis que Matthew McManus, profesor de Spelman College y autor de The Political Theory of Liberal Socialism, desarrolla en conversación con el filósofo colombiano Tomás Molina.

¿Puede pensarse el socialismo como la mejor realización posible del liberalismo? Esa es la pregunta que guía esta conversación con Matthew McManus, profesor asistente en Spelman College y autor de The Political Right and Equality y The Political Theory of Liberal Socialism, entre otros trabajos. McManus, colaborador frecuente de Jacobin y doctor en estudios sociolegales por la Universidad de York, conversa aquí con Tomás Molina, profesor universitario colombiano, doctor en Filosofía por la Universidad de Granada y columnista de El Espectador.

A lo largo de la entrevista, McManus desarrolla una tesis que puede resultar incómoda para cierta tradición liberal y también para parte de la izquierda latinoamericana: liberalismo y socialismo no son necesariamente proyectos opuestos. Apoyado en pensadores como John Stuart Mill y John Rawls, sostiene que el socialismo puede realizar con mayor coherencia promesas centrales del liberalismo, como la libertad, la igualdad y la crítica a las jerarquías heredadas.

La conversación también aborda los usos conservadores del liberalismo en América Latina, la relación entre capitalismo y poder político y las razones por las que, según McManus, democratizar la economía no contradice la tradición liberal, sino que lleva hasta el fondo algunas de sus promesas más ambiciosas.

Tomás Molina: Matthew McManus, usted ha escrito mucho sobre el socialismo y su relación con el liberalismo, y cree que las dos tradiciones no están separadas. ¿Puede explicar su idea?

Matthew McManus: Claro. Para entender la conexión entre el liberalismo y el socialismo, necesitamos mirar atrás en la historia del pensamiento occidental. Muchas figuras conservadoras tienen una profunda nostalgia por la era preliberal, y con razón: durante ese período prevalecía lo que el teórico político canadiense Charles Taylor llama la complementariedad jerárquica, una visión social basada en la idea de que las personas son fundamentalmente desiguales —no por naturaleza ni ante los ojos de Dios— y de que las desigualdades sociales debían reflejar lo más fielmente posible esas desigualdades naturales. Se pueden ver estas concepciones operando en la obra de Aristóteles, por ejemplo. Aristóteles es un pensador brillante, probablemente el filósofo más magistral de la Antigüedad, pero fue muy explícito en que hay personas a las que llamó esclavos naturales, cuyo trabajo es hacer el trabajo sucio de la sociedad. Y fue igualmente enfático en que las mujeres tenían menos capacidad para la razón deliberativa que los hombres, lo que significaba que solo correspondía emplearlas en el hogar.

La tradición liberal rompió radicalmente con esta concepción. Hay antecedentes a esto —el Cristianismo, la tradición estoica, la budista—, pero el liberalismo profundizó muchas de estas ideas y llegó al mundo como un credo revolucionario. Basta con mirar la obra de los primeros liberales para reconocer sus credenciales progresistas. Thomas Paine, en su clásico panfleto El sentido común, insiste en que la idea de una aristocracia ordenada por Dios era ridícula, y que la gente común tenía el poder de hacer el mundo de nuevo. La tradición revolucionaria francesa fue igualmente radical: los republicanos declararon que el mundo comenzaba en el año uno y que una época completamente nueva de libertad, fraternidad e igualdad estaba por venir.

Tomás Molina: Es verdad, pero algunos liberales contemporáneos se adhieren a un conservatismo muy fuerte que desconfía de cualquier cambio político, aunque no necesariamente de los cambios sociales y económicos que trae el capitalismo.

Matthew McManus: Creo que es muy revelador que muchos de estos mismos personajes estén muy dispuestos a contemplar la idea de que muy pronto viviremos en Marte y que todos estaremos cibernéticamente interconectados por Tesla —eso sí está dentro de los límites realistas de lo posible—, pero que la noción de que los trabajadores podrían algún día tener una pequeña voz en la gobernanza de un banco central sea simplemente ciencia ficción, una imposibilidad absoluta, por ejemplo. Eso dice mucho sobre cuán intelectualmente serios son estos movimientos. Pongamos dos ejemplos. Para quienes no son aficionados a los sindicatos: si quieren discutir con alguien, que lo hagan con John Stuart Mill. 

Mill, hacia el período maduro de sus escritos, solía decir que los capitalistas eran en buena medida un lastre para la economía: aportaban algo de conocimiento técnico en la dirección de las empresas, pero nada que los propios trabajadores no pudieran lograr. Y decía, de manera bastante explícita, que el mejor tipo de economía sería aquel en que los capitalistas no fueran expropiados violentamente, sino gradualmente desplazados como una reliquia de una era anterior, mientras los trabajadores gestionaban comunas o los lugares de trabajo directamente. Mill también argumentaba que hay buenas razones liberales para identificarse con los trabajadores antes que con los capitalistas: un buen liberal es alguien que considera que la aristocracia y las actitudes serviles son profundamente inmorales e injustas. El problema, decía, es que casi todos los liberales del siglo XIX pensaban que era perfectamente apropiado que los trabajadores adoptaran esa genuflexión servil ante los jefes. Por eso Mill fue categórico: los socialistas son simplemente más clarividentes y más coherentes en la aplicación de los principios liberales que los liberales pro-capitalistas de su época y de la nuestra.

El otro ejemplo es John Rawls, el pensador liberal más importante del siglo XX y autor de Teoría de la justicia. Hacia el final de su carrera, Rawls llegó a conclusiones similares a las de Mill. Dijo que incluso el Estado de bienestar —como el que existió bajo los regímenes del New Deal o las socialdemocracias europeas— no es suficiente en términos de fidelidad a los principios liberales: permite demasiadas formas de desigualdad, en particular las desigualdades de poder económico que tan fácilmente se traducen en desigualdades de poder político, como parece que tú mismo estás viviendo con la disputa en torno al banco central. Rawls concluye que un buen liberal debe eventualmente inclinarse por lo que él llamó la democracia de propietarios o un régimen liberal-socialista. Es revelador que los dos más grandes pensadores liberales de dos siglos distintos hayan llegado a la misma conclusión: algún tipo de socialismo no solo es compatible con los principios liberales, sino que está exigido por ellos. Y podemos retroceder hasta la era revolucionaria, donde Paine y Mary Wollstonecraft ya advertían que la desigualdad estricta de propiedad inevitablemente dañaría al liberalismo. Así que a quienes se oponen, les digo: tómenlo con la parte mejor y más refinada del canon liberal.

Tomás Molina: Creo que la clase social es una de las razones por las que algunos en América Latina tienden a ser liberales más cercanos al conservatismo que a la tradición ilustrada que usted menciona. En otras palabras, interpretan el liberalismo de un modo que les conviene: en contra de los derechos de los trabajadores, considerando que son ineficientes e inviables, o en contra de la redistribución de la propiedad privada, pues les parece que eso es antiliberal. Lo que me resulta asombroso es que tienen una idea tan pobre —casi una caricatura— del liberalismo, siendo que se supone que son liberales “puros”. Cuando uno les dice que el liberalismo es mucho más que eso, que tiene profundas conexiones con el socialismo y los derechos de los trabajadores, se niegan a siquiera considerarlo. ¿Qué puede hacer uno, quizás no solo como individuo sino como parte de grupos socialistas, para cambiar esa percepción?

Matthew McManus: Es una buena pregunta, y aquí hay que quitarse el sombrero de teórico político y ponerse el de activista, que no es algo en lo que yo sea particularmente hábil. Lo que sí creo que los teóricos políticos e historiadores del pensamiento político pueden hacer es señalar los muchos ejemplos donde las ideas socialistas fueron puestas a prueba exitosamente y produjeron lo que por cualquier indicador parecen ser las sociedades más prósperas que la humanidad haya visto. En América Latina, el lulismo tiene un historial mucho más impresionante, obtenido mucho más rápido, que cualquier cosa que Milei haya podido producir, incluso con la generosa asistencia de la clase plutocrática mundial y de los Estados Unidos, que ha rescatado a Milei cada vez que su experimento parecía a punto de naufragar.

O podemos mirar el socialismo nórdico, que ha sido funcional y estable —con altibajos— durante casi cien años en el norte de Europa. Son estados donde un enorme porcentaje de la economía está gestionado por el Estado, con prestaciones de bienestar muy generosas y sindicatos muy poderosos, incluso después de décadas de esfuerzos neoliberales por desmantelarlos. La tasa de sindicalización en Suecia ronda el 66 o 67%. Olof Palme solía decir que Suecia era más socialista que los países que en el siglo XX se llamaban a sí mismos socialistas, y lo decía con orgullo. Son sociedades que disfrutan año tras año de la mayor calidad de vida y de los mayores niveles de confianza interpersonal.

No estoy diciendo que podamos simplemente copiar esos modelos en Colombia, Brasil o Argentina; América Latina es una región muy distinta. Cuando viví en México, uno de los debates recurrentes en la izquierda era precisamente cómo impulsar a Morena en una dirección más liberal mientras se radicalizaba la agenda económica. No se puede simplemente decir: hagamos lo que ellos hacen. Pero la idea de que el socialismo o el empoderamiento de los trabajadores van a traer el desastre inevitablemente es simplemente analfabetismo histórico. Hirschman lo documenta bien en “La retórica de la reacción”: desde el siglo XVIII, el patrón es siempre el mismo. Los conservadores y los liberales de derecha dicen que algo no se puede hacer, que va a traer el desastre, y son desmentidos una y otra vez, incansablemente. Luego pasan a la siguiente cosa y el proceso se repite. Este instinto de clase del que hablas —que la reforma socialista simplemente traerá el desastre— es históricamente erróneo, teóricamente ilegítimo, y además no está en consonancia con el espíritu del pensamiento liberal, que siempre ha sido expansivamente generoso, progresista en su mejor momento, e intelectualmente curioso sobre mejores formas de organizar la vida común.

Tomás Molina: Excelente respuesta, Matthew McManus. Muchas gracias por su tiempo.

Matthew McManus: Con mucho gusto, Tomás Molina. Y a todos en Colombia: solidaridad, y espero el mejor resultado en las próximas elecciones. Los estaré animando desde lejos.

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