Antes de que cayera el primer misil sobre Teherán, la guerra ya estaba justificada en los titulares de la prensa mundial. Durante siglos, Occidente construyó una imagen de Irán como el lugar de los bárbaros, los fanáticos, los irracionales. Cuando cayeron los misiles y las bombas de Estados Unidos e Israel en febrero pasado, la opinión pública ya sabía quién era el “malo”. No lo decidieron los hechos. Lo decidió el relato.
Por: Juan Sebastián Lozano
Cuando Occidente habla de Irán, no solo describe un país: también activa una vieja idea sobre quién es civilizado y quién no. Esa mirada, que presenta a Irán como amenaza irracional y a Estados Unidos o Israel como actores más legítimos, atraviesa el lenguaje de agencias, noticieros y grandes medios. Este texto no niega el autoritarismo iraní. Lo que cuestiona es otra cosa: el doble rasero con el que se cuentan sus muertos, se nombran sus gobiernos y se justifica la guerra.
Esa forma de mirar no nació con el programa nuclear iraní, ni con la revolución de 1979, ni con el “eje del mal” de George W. Bush. Tiene una historia mucho más larga.
La palabra "bárbaro" nació en Grecia y su historia es reveladora. Originalmente designaba a quien no hablaba griego —bar-bar, el sonido que producía una lengua incomprensible—. Pero el término pronto asumió un significado negativo: los griegos lo cargaron de desprecio, asociándolo con los vicios que atribuían a sus enemigos. Las Guerras Médicas del siglo V a.C., en las que los persas intentaron conquistar Grecia y fueron derrotados en batallas como Maratón y Salamina, terminaron de fijarlo. Después de vencer al Imperio Persa —entonces la potencia más grande del mundo conocido— los griegos necesitaron una narrativa que explicara la victoria: ellos eran la civilización, la razón, la democracia; los persas eran el despotismo, el lujo, la irracionalidad.
Isócrates, en su Panegírico del siglo IV a.C., lo convirtió en programa político: llamó a todos los griegos a unirse en una guerra de conquista contra Persia, argumentando que tenían un derecho natural a gobernar sobre los bárbaros inferiores. El dramaturgo Esquilo, en su obra Los Persas —la más antigua que se conserva del teatro occidental— retrató al rey Jerjes como un déspota arrogante cuya soberbia fue castigada por los dioses, antítesis del ciudadano griego libre. El intelectual palestino-americano Edward Said señaló en Orientalismo que esa obra es el primer documento literario occidental que construye a Oriente como el Otro inferior: exótico, tiránico, incapaz de gobernarse. Persia corresponde al Irán de hoy. El guión no ha cambiado tanto.
En 1978, Said publicó Orientalismo, un libro que no analizaba a Oriente Medio, sino la forma en que Occidente lo representa. Su tesis: el "Oriente" que conocemos no es una realidad objetiva, sino una construcción discursiva que Europa y Estados Unidos elaboraron para justificar su dominio sobre esa región. Oriente es siempre irracional, atrasado, peligroso, incapaz de la modernidad. Occidente, su espejo invertido, es siempre racional, civilizado, el árbitro de lo que es progresar. Said rastreó esa fábrica desde los griegos hasta la expedición de Napoleón a Egipto en 1798 —punto de partida del orientalismo moderno— y de ahí hasta la academia y el periodismo de su tiempo. La fábrica no cerró cuando él murió en 2003. Siguió en las redacciones que cubrieron Bagdad ese mismo año. Y sigue hoy, cubriendo Teherán.
Un siglo de demonización: del bárbaro al eje del mal
La imagen de Irán como amenaza civilizatoria no nació con el programa nuclear ni con los ayatolás. En 1951, cuando el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh y su gobierno, democráticamente elegido, votaron en el parlamento nacionalizar el petróleo del país —entonces controlado por intereses británicos— Occidente lo presentó como una amenaza al orden. Dos años después, la CIA y el MI6 organizaron el golpe que lo derrocó y devolvió el poder al Sha. Lo que era una decisión soberana y legítima fue narrada como caos que requería corrección. No como lo que era: una intervención imperial para proteger intereses petroleros.
La revolución de 1979 fue el siguiente punto de inflexión. Occidente la narró como un retroceso civilizatorio: una sociedad que avanzaba hacia la modernidad —léase: hacia los valores occidentales— cedía al fanatismo medieval. Se omitía el contexto: que el Sha había sido sostenido por Washington durante décadas, pese a que su policía secreta, la SAVAK, espiaba, hostigaba y torturaba sistemáticamente a los disidentes —documentado por Amnistía Internacional desde los años sesenta—, y que la revolución fue en su origen una coalición pluralista que el clero capturó posteriormente. La imagen que quedó fue la de los turbantes y los puños en alto: el islam como amenaza visceral.
El remate llegó en enero de 2002. George W. Bush pronunció ante el Congreso tres palabras que condensan décadas de narrativa orientalista: "eje del mal". Irán, Irak y Corea del Norte, agrupados en una categoría que mezclaba retórica bíblica con geopolítica de Guerra Fría. La frase fue acuñada por el redactor de discursos David Frum y el ayudante presidencial Michael Gerson —ninguno especialista en Oriente Medio— y adoptada sin cuestionamiento por la prensa global. Said lo analizó ese mismo año: la frase no describía una amenaza estratégica real; activaba un archivo cultural preexistente donde el islam es siempre el bárbaro en las puertas. Veinticuatro años después, ese archivo sigue abierto.
El turbante de los líderes de la revolución iraní, las barbas largas, refuerzan lo que Said llamaría una construcción orientalista clásica: la apariencia física como marcador de civilización o barbarie. Desde la mirada occidental conservadora, esos atuendos contrastan con el traje completo y la corbata de los presidentes occidentales, que funcionan como señal tácita de modernidad y racionalidad. Es una semiótica del poder: el cuerpo vestido dice quién gobierna con legitimidad y quién no. No importa que detrás de algunos de esos trajes de ejecutivo "civilizado" haya fanáticos religiosos, ultraconservadores o supremacistas blancos.
Las agencias de prensa: el sesgo multiplicado
Reuters, AFP y AP no son agencias cualquiera : son la infraestructura básica del periodismo mundial. AP provee periodismo a aproximadamente 15.000 medios en todo el mundo; Reuters llega a más de mil millones de personas diariamente. Cuando una de estas agencias redacta una frase sobre Irán, esa frase aparece casi idéntica en El Tiempo de Colombia, Le Monde y miles de medios más. El sesgo en la agencia es un sesgo multiplicado y naturalizado como información objetiva.
El mecanismo más elemental y más efectivo es el vocabulario. Los grandes medios occidentales usan "régimen" para referirse al gobierno iraní, mientras hablan de la "administración" Trump o del "gobierno" israelí. "Régimen" no es un término neutral: designa un poder ilegítimo y patológico. Es una condena incorporada en la gramática de la noticia, antes de que el periodista escriba una sola línea de análisis. Las agencias y grandes medios reprodujeron los nombres oficiales de los atacantes como si fueran terminología neutral: EE.UU. llamó a su operación "Furia Épica"; Israel, "León Rugiente". Nombres que son en sí mismos propaganda militar. EE.UU. e Israel operan; Irán retalia o amenaza.
En 1988, Noam Chomsky y Edward Herman publicaron Los guardianes de la libertad y demostraron empíricamente que los medios occidentales asignan distinto valor a las muertes según la utilidad política de la víctima: "víctimas dignas" e "indignas". Las primeras merecen nombre, foto, historia personal y seguimiento; las segundas aparecen como cifra, con el calificativo estándar "según fuentes locales, sin verificación independiente".
Uno de los casos más demoledores de este conflicto ocurrió el 28 de febrero de 2026, primer día de la guerra, cuando un misil destruyó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, en Minab, al impactar en la base del IRGC adyacente. Según autoridades iraníes, murieron 168 personas —110 escolares entre niños y niñas, 26 maestros y 4 padres—. CNN, NYT, BBC y Amnistía Internacional concluyeron que EE.UU. fue probable responsable: expertos identificaron un misil Tomahawk, arma operada exclusivamente por la Marina estadounidense. La Casa Blanca "no descartó" su responsabilidad. La cobertura existió, pero siempre bajo el paraguas de "según medios iraníes" y "probable responsabilidad". Las bajas propias se reportan de otro modo: CNN publicó el perfil personal de cada uno de los seis soldados estadounidenses muertos en Kuwait —nombre, edad, ciudad natal, historial de servicio, proyectos de vida—. La aritmética del valor humano no es un accidente: es una política.
Los grandes medios colombianos —El Tiempo, Semana, Caracol, RCN— no cuentan con corresponsales propios en Teherán ni en Oriente Medio, según se desprende de su cobertura disponible. Dependen casi al cien por ciento de AFP, Reuters, AP y CNN en Español para cubrir esta guerra. Son el eslabón final de la cadena: el sesgo de la agencia entra sin ningún filtro crítico y sale amplificado hacia millones de lectores.
CNN en Español describió a Irán como el "brutal régimen gobernante que luchaba por su propia supervivencia frente a un devastador bombardeo" —una frase que equipara semánticamente al Estado que recibe las bombas con el actor de su propio drama— y reproduce sin comillas el nombre "Operación Furia Épica". N+ Univision transmitió sin contrapunto la declaración de Trump llamando a Irán "un imperio del mal" e incorporó los comunicados del Comando Central de las Fuerzas Armadas de EE.UU. como si fueran noticias verificadas.
Tras la muerte de Alí Larijani, el jefe de seguridad del gobierno de Irán, en un ataque de Israel, Infobae tituló: "Quién era Alí Larijani, el filósofo del poder teocrático iraní que ejecutó una represión brutal", y agregó: "Estudioso de Kant y arquitecto de las matanzas de enero, el jefe de seguridad del régimen persa combinó como pocos la vida intelectual con el ejercicio despiadado del poder". Para Infobae, Larijani era un cerebro del mal. A Benjamin Netanyahu —el primer ministro de Israel que desde 2023 lleva a cabo en Palestina una ofensiva que la Comisión de Investigación de la ONU calificó en 2025 como genocidio, y que tiene orden de captura de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad— en cambio, lo citan siempre como primer ministro y le dan amplia difusión a lo que declara, sin cuestionamientos. Larijani fue un represor brutal, pero Netanyahu no es una monja carmelita descalza.
La mirada de nuestros medios pasa por el lente de Occidente. Incluso con tono crítico frente a Trump, sus declaraciones —que equiparan la guerra a una competencia deportiva— siguen siendo el eje gravitacional de la información. La crítica al estilo no cuestiona el marco. Y el marco es el problema.
La restricción de prensa en Irán se narra como prueba de opacidad del régimen —y lo es, en parte: las autoridades iraníes emitieron directivas prohibiendo a los medios publicar noticias que "inciten ansiedad pública" o predicciones de ataques, y un fotógrafo de Getty Images fue detenido en Teherán por fotografiar zonas bombardeadas—. Pero Israel también exigió aprobación previa del censor militar para cualquier transmisión de imágenes en sitios de impacto, y detuvo al corresponsal de CNN Türk y su camarógrafo durante una transmisión en vivo en Tel Aviv, confiscándoles equipos y accediendo a sus teléfonos sin consentimiento. Ese deterioro no es abstracto. El CPJ documentó arrestos, confiscación de equipos y restricciones generalizadas en ambos bandos, incluidos 2 periodistas muertos, 8 medios dañados por ataques, 7 periodistas detenidos o interrogados y un apagón nacional de internet en Irán. RSF, por su parte, ubica al país en el puesto 176 de 180 en su Índice Mundial de Libertad de Prensa 2025 y lo describe como uno de los entornos más represivos del mundo para el periodismo.
AFP reconoció que su equipo en Teherán solo pudo fotografiar los ataques desde lejos, mostrando principalmente humo. Esa limitación se convierte en argumento para dudar de las víctimas iraníes. Las restricciones israelíes, igual de severas según el CPJ, rara vez generan el mismo escepticismo. El marco interpretativo —quién es la víctima legítima— ya estaba construido mucho antes del primer disparo.
El relato es el arma
La República Islámica de Irán es un régimen autoritario que viola derechos humanos, persigue opositores y ejecuta disidentes —en 2025 llevó a cabo más de 2.000 ejecuciones, el mayor número desde finales de los años ochenta, según HRW— y reprime a las mujeres con brutalidad documentada por Amnistía Internacional y la ONU. Todo eso es cierto. Human Rights Watch reportó que, a finales de 2025, las autoridades iraníes habían ejecutado a más de 2.000 personas, la cifra más alta conocida desde fines de los años ochenta. Pero esa verdad no puede convertirse en coartada para naturalizar una guerra que, según el tracker de Al Jazeera, al 17 de marzo de 2026, ha dejado al menos 1.444 personas muertas en Irán. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: el "régimen" iraní puede ser una tiranía y los bombardeos sobre su población pueden ser un crimen de guerra.
Said escribió que el poder de Occidente sobre Oriente no residía solo en los ejércitos, sino en la capacidad de definir al otro, de nombrarlo, de construir su imagen antes de cualquier encuentro real. Esa capacidad opera hoy en cada titular de AFP que medios locales republican cada mañana, en el calificativo "régimen" que se cuela en cada despacho como si fuera un dato y no una sentencia, también en la importancia que se le da a los muertos de lado y lado. El relato no es el reflejo de la guerra: es una de sus armas. Y esa arma se fabrica, en buena parte, en las redacciones de varios medios.
