Política

RAYUELA

Después de una derrota política de su sector en el Senado, Abelardo de la Espriella respondió a sus críticos con una frase que atribuyó a Gilberto Alzate Avendaño: las pulgas pueden picar a los leones, pero no detenerlos. La cita permite comparar dos derechas separadas por ocho décadas. Aunque comparten el culto al líder fuerte y la política entendida como confrontación, difieren en asuntos centrales: Alzate defendía un Estado fuerte y un nacionalismo distante de Estados Unidos; De la Espriella propone menos intervención estatal en la economía y más fuerza para castigar y controlar.

Por: Juan Sebastián Lozano

La noche del domingo 26 de julio, doce días antes de su posesión, el presidente electo publicó un video con notorio filtro de belleza, frente a una biblioteca, en el que dijo recibir ataques de "lado y lado" y señaló a la izquierda, a Álvaro Uribe y al Centro Democrático: esas críticas, insistió, no detendrían su marcha. El mensaje llegó seis días después de que el candidato respaldado por su sector perdiera la Presidencia del Senado frente a Honorio Henríquez, elegido con votos del uribismo y del Pacto Histórico.

Para responder, De la Espriella recurrió a un símil animal. Relató una anécdota que atribuyó al dirigente conservador Gilberto Alzate Avendaño: "Cuenta la historia que, tras algún altercado que tuvo con algún congresista que lo trató mal, el presidente del Senado le preguntó si le iba a responder y él contestó serenamente: 'No, porque las pulgas tienen el insignificante derecho de picar a los leones'… Hay pulgas que tienen el insignificante derecho de picar a los tigres. Pero los tigres no tenemos el derecho a detener la marcha por esa tontería".

El símil condensa una concepción jerárquica de la política: De la Espriella es el depredador; sus contradictores, parásitos diminutos a quienes apenas concede el derecho de incomodarlo. No son adversarios democráticos sino criaturas inferiores. Como señala la lingüista Neyla Pardo, las metáforas políticas pueden "sintetizar valores morales"; aquí, la imagen naturaliza la desigualdad entre el jefe y sus críticos.

La cita abre una pregunta: ¿qué ha cambiado en la derecha durante los últimos ochenta años y qué formas de autoridad permanecen? El contraste no busca una herencia ideológica directa, sino continuidades en el estilo político y rupturas en la concepción del Estado, la economía y las alianzas internacionales.

El gran caudillo conservador

Gilberto Alzate Avendaño —hombre blanco rapado, con aire a Mussolini y al Coronel Kurtz de Apocalypse Now— fue uno de los dirigentes conservadores más visibles de mediados del siglo XX. Su oratoria le abrió paso por la Asamblea de Caldas, la Cámara, el Senado y la Embajada en España, y llegó a ser visto como presidenciable. Su pensamiento mezcló el maurrasianismo francés, el fascismo italiano y el falangismo español con una admiración persistente por Simón Bolívar.

Nació en Manizales el 10 de octubre de 1910, en una familia de clase media conservadora; estudió en el Colegio de Cristo y se doctoró en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Antioquia (1936); murió en Bogotá el 26 de noviembre de 1960, a los 50 años, de una enfermedad hepática, cuando era considerado uno de los principales aspirantes a la presidencia.

Ejerció como abogado y periodista —colaborador de La Patria y fundador y director de Eco Nacional y del Diario de Colombia—, fue congresista varios periodos, embajador en la España de Francisco Franco (1955-1957, bajo el gobierno de Rojas Pinilla) y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

Su carrera transcurrió dentro del Partido Conservador, pero nunca fue un dirigente convencional: desde joven se enfrentó a las viejas élites de su colectividad y construyó un liderazgo propio entre jóvenes universitarios e intelectuales, la corriente que terminaría conociéndose como el alzatismo. A él se le apodó "el Nuevo Leopardo" y, más tarde, "el Mariscal".

Alzate apareció en un momento excepcional: la crisis de las democracias liberales, la Gran Depresión y el ascenso del comunismo soviético. En Italia, el gestual Mussolini ofrecía un modelo de nacionalismo, liderazgo carismático y Estado fuerte.

El joven que admiró a Mussolini

Es imposible entender al primer Alzate sin reconocer la influencia del fascismo italiano: durante los años treinta defendió el corporativismo, cuestionó el liberalismo parlamentario y admiró la capacidad de Mussolini para construir un Estado fuerte y disciplinado.

También integró Los Leopardos —junto a Silvio Villegas—, intelectuales filofascistas que buscaban renovar su partido con un nacionalismo autoritario inspirado en el fascismo italiano, la Falange española e incluso, según algunos historiadores, en la organización nacionalsocialista alemana. El grupo se disolvió en 1939, pero su impronta sobrevivió en la Acción Nacionalista Popular, el movimiento que Alzate fundó con la aspiración de un Estado centralizado y corporativista —no el Estado social ni el intervencionismo keynesiano, sino una sociedad organizada por sectores bajo un Estado autoritario— capaz de superar el bipartidismo tradicional.

Ahí está la clave de sus etapas: la cercanía abierta con el fascismo corresponde a los años treinta. El historiador César Augusto Ayala advierte que su figura suele leerse apenas como "la variante del fascismo en Colombia", pero sus investigaciones muestran una trayectoria más cambiante: después se enfrentó a Laureano Gómez, participó en la reorganización institucional tras la caída de Rojas Pinilla y se opuso al Frente Nacional, aunque mantuvo el caudillismo, el nacionalismo y la intención de rehacer el conservatismo.

Un fascista bolivariano

Alzate veía en Bolívar al fundador de un proyecto histórico para Hispanoamérica: un Estado fuerte y soberano, capaz de resistir el imperialismo extranjero y la fragmentación interna. Gran parte de su obra reivindicó ese pensamiento bolivariano: El redescubrimiento del Libertador (1938), Doctrina social-católica y pensamiento bolivariano (1953), La revolución a la derecha (1946) e Incompatibilidades (1953) muestran que Bolívar fue una referencia constante, mucho más allá de sus entusiasmos juveniles por el fascismo.

Ese bolivarianismo revela otra dimensión poco conocida: creía que el Libertador no veía incompatibilidad entre pueblos o razas, sino una síntesis americana producto del mestizaje —idea que lo llevó a reivindicar la teoría de la raza cósmica de José Vasconcelos.

El dato rompe con la imagen simplificada de la extrema derecha de entreguerras: a diferencia del nazismo alemán, cuyo núcleo ideológico descansaba sobre la pureza racial, el nacionalismo hispanoamericanista de Alzate exaltaba el mestizaje. Eso no exime a su obra de zonas oscuras —algunos investigadores señalan prejuicios antisemitas en ciertos escritos, comunes en la derecha europea de la época—, aunque su concepción de nación no se apoyaba en una supremacía racial comparable a la nazi. Alzate, en suma, no copió el fascismo europeo: lo mezcló con el catolicismo, el hispanismo, el mestizaje, el bolivarianismo y la defensa de un Estado centralizado —una adaptación que explica por qué no fue una simple réplica de Mussolini, aunque no borra su cercanía con el fascismo y el falangismo.

Dos derechas distintas

Alzate no fue un personaje cualquiera del conservatismo ni un ideólogo coherente: su pensamiento cambió con los años y dialogó con tradiciones contradictorias. Por eso, cuando De la Espriella lo cita, vale la pena preguntar qué aspecto de ese legado recupera.

La respuesta está menos en las propuestas económicas o institucionales y más en una forma de entender la política: Alzate la concebía como confrontación moral antes que negociación entre adversarios, con discursos cargados de imágenes heroicas, llamados a la regeneración nacional y apelaciones a la patria. No hablaba de programas de gobierno: hablaba de destinos históricos.

Ese tono reaparece en la retórica de De la Espriella, quien ha insistido en que Colombia atraviesa una crisis no solo económica o de seguridad, sino cultural, y ha presentado su proyecto como una recuperación nacional frente a la decadencia institucional, el relativismo moral y el avance de la izquierda —un lenguaje más cercano a las "guerras culturales" de la nueva derecha internacional que al conservadurismo clásico del siglo XX. Ahí hay una coincidencia importante: ambos entienden la política como una disputa por el alma de la nación.

Otro punto en común: ambos reivindican la religión como estandarte moral —en Alzate, el catolicismo; en De la Espriella, una alianza con sectores evangélicos vinculados a la derecha cristiana de Estados Unidos—. Juan David Villa, Mariana Gutiérrez y Alfonso Insuasty ubican esa alianza dentro de una nueva ultraderecha donde convergen neoliberalismo, activismo conservador y sectores militares, con riesgo de una "negación radical del otro como sujeto digno de derechos".

Pero esa semejanza de tono no convierte a De la Espriella en heredero del programa de Alzate: la derecha de los años treinta y cincuenta actuó en un mundo marcado por el fascismo, el comunismo soviético y la crisis del liberalismo; la nueva derecha se formó después de la Guerra Fría, bajo el predominio del mercado, las redes sociales y las llamadas guerras culturales.

En el terreno económico, las diferencias son nítidas: mientras el joven Alzate defendía el corporativismo y el fortalecimiento del Estado, De la Espriella construye su programa sobre la iniciativa privada, la reducción de impuestos y el recorte del aparato estatal —más cerca del liberalismo económico contemporáneo que del Estado corporativo de Alzate.

Una investigación de Villa, Mejía y Gutiérrez, basada en 41 entrevistas en Medellín, encontró que el rechazo a la redistribución puede convivir con el apoyo a gobiernos autoritarios en nombre de la "seguridad y el orden social". El estudio no analiza a De la Espriella, pero ayuda a leer una tensión de su programa: menos Estado para regular la economía y más Estado para castigar y controlar.

También hay una ruptura en política exterior: Alzate defendía un nacionalismo contrario a la influencia de Estados Unidos, desde una tradición bolivariana; De la Espriella ha construido, en cambio, una relación estrecha con Donald Trump e Israel. Aquí no continúa a Alzate, sino una derecha integrada a alianzas distintas.

La política de la confrontación

Al revisar la prensa partidista de La Violencia, el historiador Lukas Rehm encontró un mundo dividido entre "amigos o enemigos, buenos o malos, civilizados o bárbaros" —el clima en el que Alzate hizo política—. Ese lenguaje no explica por sí solo La Violencia ni permite equiparar el presente con los años cincuenta, pero sí recuerda que la deshumanización del contradictor tiene consecuencias políticas. Cuando el otro deja de ser un ciudadano con derechos y se convierte en pulga, parásito o enemigo, el debate democrático cede terreno ante la idea de que una parte de la sociedad está autorizada para mandar y otra apenas para obedecer o ser contenida.

De la Espriella no recoge todo el pensamiento de Alzate. Se queda con el caudillo, la patria amenazada, la superioridad moral del jefe y la promesa de regeneración. Deja por fuera el corporativismo, el Estado fuerte y buena parte de su nacionalismo. Rescata una forma de ejercer el liderazgo, no un programa completo.

El regreso de una figura

Quizá el mayor aporte de la referencia a Alzate no sea doctrinario sino simbólico. Durante décadas, la derecha colombiana buscó legitimarse en figuras como Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez o Álvaro Gómez Hurtado; Alzate ocupó un lugar más ambiguo, pues su admiración juvenil por Mussolini, su nacionalismo radical y su estilo confrontacional lo hicieron incómodo incluso dentro del conservatismo.

Que Alzate reaparezca en boca del presidente electo tiene, ante todo, un valor simbólico: la cita le permite transformar una derrota política en una demostración de fuerza y proyectarse por encima de sus contradictores. Con ella reivindica, además, a un líder conservador que tuvo el arrojo de enfrentarse a las jerarquías tradicionales de su propio sector. 

Tal vez la principal enseñanza de revisar la obra de Gilberto Alzate Avendaño sea que las tradiciones políticas rara vez son coherentes: podía admirar a Mussolini y reivindicar a Bolívar, inspirarse en el corporativismo europeo mientras exaltaba el mestizaje latinoamericano, cuestionar el liberalismo parlamentario sin renunciar a un pensamiento profundamente colombiano, y terminar enfrentado al propio Laureano Gómez y al Frente Nacional que ayudaron a fundar quienes lo antecedieron.

De la Espriella también reúne ideas que no encajan de manera simple: promete reducir el Estado y, a la vez, fortalecer su capacidad para castigar e imponer una ideología religiosa; reivindica la soberanía nacional mientras estrecha su alineamiento con Estados Unidos e Israel; se presenta como ruptura con las élites políticas, pero busca gobernar con ellas, al tiempo que adopta la figura del caudillo por encima de los demás. La preocupación de fondo es que, como en Alzate, persisten elementos fascistas.

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