En su nuevo libro “Algarabía” (Graywolf Press, 2025), el poeta puertorriqueño Roque Raquel Salas despliega una epopeya poética que cruza ciencia ficción, experiencia trans y crítica colonial. En entrevista con RAYA, cuenta por qué creó el personaje Cenex, cómo mezcla autores clásicos y cultura popular, y por qué la ofensiva del ICE (policía migratoria de EE. UU.) en Puerto Rico vuelve urgente escribir y resistir ante el avance del fascismo.
Por: Santiago Erazo
Imagine usted una casa latinoamericana: una madre con la palabra en la boca ante un raudal de niños, y luego un grito: “Dejen la algarabía”. Un ruido que hay que apagar, que se pronuncia como se dice “cuidado con el fuego” o “bájele al volumen del mundo”. La algarabía era la risa que se salía del cuerpo, el juego que no sabía cuándo terminar, el ruido de estar vivo sin pedir permiso. Uno podría imaginar que de esa experiencia, de ese barullo de la infancia, el poeta puertorriqueño Roque Raquel Salas comprendiera que un cuerpo transformado, apropiado hasta el punto de hacerlo decir otra cosa, también puede ser una forma de algarabía. Esa palabra —algarabía— le sirve a Salas para pensar el desborde: el ruido de un cuerpo que no cabe en las categorías impuestas y que, al transformarse, también disputa el lenguaje que intenta nombrarlo.
Salas compone en su nuevo libro, “Algarabía” (Graywolf Press, 2025), una epopeya torcida, jubilosa y feroz, que canta desde la herida y desde el goce, desde la experiencia colonial y desde el deseo insistente de fugarse de todo origen impuesto. La canción de Cenex, hijo natural de la isla Algarabía, propone una poética del desborde: la vida trans narrándose a sí misma mientras es narrada por otros, disputando cada nombre, cada archivo, cada mito que intentó fijarla:
“Me estaba convirtiendo en un hombre / convertido / o en el hombruno llamado del faro. / Me estaba conduciendo / hacia mí mismo, pero extra, más yo que el yo actual”.
Cenex canta su vida de manera retrospectiva desde Algarabía, una colonia de la Tierra (y, al tiempo, un planeta en sí mismo) en un universo paralelo que se parece demasiado al nuestro. Isla intervenida, vigilada, administrada por lenguajes médicos, legales y literarios que insisten en clasificar, corregir, domesticar. Frente a esa violencia, la voz de Cenex se entreteje con documentos, canciones populares, crónicas coloniales, filosofía, cosmologías taínas, bromas filosas, palabras inventadas. Algarabía, en su sentido más radical, es ruido que desarma la autoridad del sentido único, proliferación que vuelve inestable toda frontera.
Aquí la épica quiere fundar algo más que una nación: superar la homogeneidad pretendida sin saber cuál será el destino. Imagine usted parentescos impuros, alianzas transitorias, comunidades de paso que sostienen la vida mientras todo alrededor insiste en borrarla, como ocurre ahora, en un momento en que ICE, la agencia de control migratorio de Estados Unidos, está imponiendo un poder colonial en Estados Unidos, y también en Puerto Rico, deportando migrantes caribeños. El heroísmo, entonces, pareciera estar en la insistencia: en seguir cantando cuando el mundo exige silencio.
Escrito en español puertorriqueño y en un inglés intervenido —dos textos que se acompañan sin traducirse del todo—, “Algarabía” celebra la fricción y desconfía de la equivalencia absoluta. Es el recordatorio de que toda lengua exige algo distinto; de que un poema puede abrir un pliegue nuevo en la experiencia de leer y vivir. En ese cruce entre lenguaje, cuerpo y poder, revista RAYA habló con Salas, en el marco del lanzamiento de “Algarabía” en Bogotá, en enero de 2026, sobre las posibilidades políticas de la poesía, en tiempos de desasosiego, la coyuntura de la represión del ICE en Puerto Rico y la experiencia trans como fuerza interceptada por las formas de control del Estado.
En “Algarabía” se percibe una brecha entre el yo autobiográfico y el yo poético, algo que no suele ser tan evidente en la poesía lírica más tradicional, donde el lector tiende a asumir que ambos coinciden. En el libro, esto se trabaja especialmente mediante la construcción de Cenex y un mundo profundamente imaginativo. ¿Qué le permitió este gesto de construir un personaje y un universo propio durante la escritura?
Roque Raquel Salas: Definitivamente, el yo lírico —especialmente en la modernidad— se consolida con una noción de continuidad autobiográfica, pero desde que esa idea se consolida también se deshace. Siempre ha habido un impulso por cuestionarla.
Si pensamos en la voz lírica medieval, no se trataba de un sujeto individual. Un poeta cortesano podía hablar desde la voz del amor, de la envidia, personificando emociones o figuras. En la épica hay una larga tradición en la que no asumimos que el sujeto del poema sea el autor.
En mi caso, siempre existe el riesgo de leerlo como autobiográfico, porque lo autobiográfico sí entra, pero entra como literatura: como ficción, como una verdad disfrazada de mentira.
Eso también lo menciono frente a cómo personas cercanas suelen leer y entender lo que escribes. Por ejemplo, mi abuela estaba leyendo “Algarabía” y le dije desde el principio que no es mi vida tal cual. Mi familia me ha apoyado mucho en mi transición de género, aunque sigue siendo una familia puertorriqueña con muchos prejuicios. No es tan extremo como el abandono que experimenta Cenex al inicio de “Algarabía”. Eso es una exageración si se lee como autobiografía, pero no lo es para muchas personas trans.
Hay momentos casi autobiográficos, pero están tan transformados por la narrativa que resultan irreconocibles. Identificar una relación espejo exacta no es posible ni particularmente útil. Eso también es parte de escribir literatura. Al desplazarnos a otro universo —como ocurre en la ciencia ficción— se crea una distancia necesaria para que el mundo sea creíble, y para que haya lo que en la ciencia ficción llaman “sentimiento de asombro” o sense of wonder.
Ubicar a “Algarabía” en un universo paralelo, donde la Tierra es otro planeta que coloniza Algarabía, nos da como lectores la posibilidad de ver de frente aspectos de nuestra cotidianidad que antes no podíamos ver. La ficción nos permite volver a mirar la realidad con otras formas y resaltar lo que habíamos ignorado.

Cubierta de “Algarabía” (Graywolf Press, 2025)
Ese componente imaginativo también aparece en el lenguaje. En “Algarabía” hay un entrecruce entre referencias del canon —James Joyce, Dylan Thomas, José Martí, etc.— y materiales de la cultura popular como letras de canciones de Bad Bunny o diálogos de películas de Disney. ¿Cómo surge ese procedimiento? ¿Qué le permitió durante la escritura?
Roque Raquel Salas: No quería que fuera una fijación referencial como “Rayuela” de Cortázar, que a veces se siente abrumadora y performática. No me interesaba mostrar cuánto conocía el canon. Me interesaba pensar el mundo que rodea a Cenex como uno saturado de referencias: algunas consideradas cultas, otras paraliterarias y totalmente alejadas del canon. Me influye mucho la ciencia ficción, escritores como Samuel R. Delany, y también la cotidianidad puertorriqueña, que aparece más como metáfora que como cita explícita.
No quería solo una multiplicidad referencial o una poliglosia, sino que quedara claro que Cenex recoge esas referencias y las reformula para construir una identidad. No las toma tal cual: las cuestiona, las ironiza, las transforma dentro del mundo paralelo de Algarabía.
En ese sentido, mi inspiración viene del concepto de “desidentificación” de José Esteban Muñoz: la idea de que los sujetos minoritarios —particularmente queer y trans— forman sus identidades a partir de fragmentos, porque no tenemos un sitio identitario fácil donde proyectarnos.
Esa identidad fragmentada no es un simple collage, sino una apropiación contestataria. Cenex se va formando al tomar fragmentos, casi ignorando la fuente. En el mundo paralelo, esas referencias no tienen el mismo peso que en el nuestro; aparecen distorsionadas, y eso permite que las jerarquías se diluyan.
El material gráfico del libro se despliega a partir de ilustraciones, de palabras y versos que se superponen en el margen, incluso de piezas que parecen intervenir elementos cotidianos, de forma similar a los "artefactos" del poeta chileno Nicanor Parra. ¿Cómo fue el proceso de colaboración con los artistas para crear este componente visual?
Roque Raquel Salas: Participaron varios artistas puertorriqueños. Una es Natalia Bosques Chico, una artista visual importantísima para mí. La conocí cuando era estudiante en Mayagüez. Ella hizo las ilustraciones de los cantos y la pintura de la portada, el centauro.
Luis Vázquez O’Neill diseñó la portada a partir de esa pintura y también rediseñó los elementos gráficos internos del libro. Yo había hecho una versión muy rudimentaria y me di cuenta de que necesitaba un diseñador gráfico. Luis entendió inmediatamente lo que estaba intentando hacer y creó un trabajo increíble.
Cruz García y Nathalie Frankowski, dos arquitectos que trabajan como unidad, diseñaron el laberinto del Walgreens y el mapa que aparece al final. Para mí era importante colaborar con artistas puertorriqueños. Me considero parte de una tradición colaborativa muy fuerte en Puerto Rico entre poetas y artistas gráficos, y me interesa continuar ese diálogo.
El libro aborda la búsqueda de un cuerpo y un hogar, algo que resuena con la condición migrante. Ante el recrudecimiento de las políticas migratorias y la presencia del ICE en Estados Unidos, ¿cómo viven ustedes esta coyuntura?
Roque Raquel Salas: El problema no es solo encontrar el cuerpo; el problema es que el Estado interviene en el cuerpo. Eso lo vuelve biopolítico. La existencia trans ocurre en la intersección entre el cuerpo como subjetividad individual y el cuerpo como objeto de control biopolítico, atravesado por nacionalidad, poder e ideología.
En Puerto Rico, que sigue siendo colonia, ICE está interviniendo, deportando y raptando personas dominicanas y caribeñas. Siempre ha habido migración intercaribeña, pero ahora se ha impuesto una carga violenta sobre los cuerpos migrantes. De ahí que la gente se esté oponiendo abiertamente. Por ejemplo, organizaciones como la Colectiva Feminista en Construcción han organizado protestas muy importantes, resaltando que no existe Puerto Rico sin comunidades migrantes.
Yo no he vivido esa experiencia migrante porque tengo ciudadanía, pero bajo el fascismo se empieza con los más vulnerables y luego se expande. Lo único que lo detiene es la resistencia.
Ante este avance del fascismo y la desesperación que puede generar, ¿qué papel juegan las palabras? ¿Diría que son una "trinchera", como sugiere Judith Butler?
Roque Raquel Salas: Las palabras no lo son todo, pero importan. Los regímenes totalitarios siempre han querido controlar el lenguaje porque este tiene poder. El gobierno Trump sabe que su imperio está en crisis, y va a patalear y destruir y bombardear antes de aceptar la crisis. Y una forma de evitar aceptar la crisis es controlando el lenguaje. En todo caso, las palabras existen en los cuerpos, pero no existen solas: tienen que ir acompañadas de acción. Hablar, denunciar, escribir, y también salir a la calle, hacer huelga, detener el engranaje.
Al final, cuando no tienes nada que perder, el miedo cambia. Mi relación con la muerte ha cambiado: sé que puedo morir, que me pueden matar o encarcelar. La historia está llena de personas asesinadas por el fascismo que no dejaron de luchar. Por eso es que la única posibilidad de que el mundo no sea así es luchando.
