A 100 años de Estudios sobre la vida de Bolívar (1925), el jurista pastuso José Rafael Sañudo retrató al Libertador como villano, con una condena moral total. Esa mirada, nacida en la tensión centro–regiones, muestra la disputa por la memoria nacional y cómo la moral fue usada para deslegitimar a Manuela Sáenz y borrar su rol público y político
Por Guillermo Segovia Mora, análisis para RAYA
En memoria de Julián Bastidas Urresty
José Rafael Sañudo nació y murió en Pasto, su ciudad natal (1872-1943). Fue un caballero a la antigua, de finos modales, bien hablado, católico ultramontano, intelectual de quilates, independiente de partido pero de espíritu conservador. Se labró en la autoformación en lenguas clásicas, derecho, historia y literatura, lo que le generó gran reconocimiento y aprecio local y del poder central del país, lo que le permitió desempeñar altos cargos judiciales, magisteriales y la primera presidencia de la naciente Academia de Historia de Nariño, a comienzos del siglo XX. Por su carácter reservado y modesto, rechazó varias distinciones y, en una rectitud encomiable, como abogado asumía las costas si el error era suyo.
Publicó la primera novela conocida en el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre”, a finales del siglo XIX; elaboró una ambiciosa historia de la ciudad de Pasto, de la que alcanzó a imprimir tres volúmenes, tan detallada y colmada de datos, que fue admirada por intelectuales connotados. También concibió una “Filosofía del Derecho” que, dicen testigos, fue texto en facultades de Argentina y recibió elogios del jurista Giorgio Del Vecchio, en Roma. En su libro “Otro panamismo”, condenó los supuestos lesivos arreglos limítrofes con Ecuador, impulsados desde la Cancillería por el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez.
Pero el escrito suyo que desató furias, y algunos aplausos, fue “Estudios sobre la vida de Bolívar”, publicado en octubre de 1925, unas décadas después de que Carlos Marx, su antípoda ideológica, también dejara un juicio despectivo sobre la acción del Libertador, el “bellaco embaucador”. Un libro hecho con rabia. Con la saña de Sañudo, sinónimo de feroz e iracundo.
“Desde la sangre que corría por sus venas, hasta la misma agonía. Su vida, un tejido de crímenes, en que actuaron la vanidad, la traición, la crueldad, la envidia, la lujuria, el engaño, la soberbia, y cuantas pasiones y vicios hacen de un hombre un ser abominable.”
En este pasaje se ve el punto: Sañudo no discute solo decisiones políticas o militares; instala un criterio de condena moral total.
Otra cosa dice la historia: Simón Bolívar (24.7.1783, Caracas, Venezuela, 17.12.1830, Santa Marta, Colombia) peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Cabalgó 123 mil km, recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno. Venció al imperio más poderoso de su tiempo, ganando la libertad para cinco naciones, entre ellas Colombia, según resumen de BBC de Londres, año 2000.
La bronca corresponde, en parte, a la indignación, frente a las conminaciones indeseadas, las imposiciones, los insultos, los ataques, los destierros y la violencia ejercida por las tropas patriotas, por más de una década, tratando de atraer a la república a los indómitos y leales monarquistas pastusos. Es el repudio por la “La Navidad Negra” del 24 de diciembre de 1822, cuando el ejército republicano, al mando de Antonio José de Sucre, ebrio por los fragores de la guerra, dio rienda suelta a la ira y la venganza contra la resistencia realista, ocasionando cientos de muertos, violaciones, robos, saqueos y destrucción. Esa herida regional ayuda a entender por qué la nación no se cuenta igual desde el centro que desde las orillas.
Por supuesto, a Sañudo le era imposible analizar que, si bien el ejército libertador tuvo un rapto de desquicio, la toma de Pasto era un objetivo estratégico en la campaña hacia el sur y en la consolidación del control republicano sobre la ruta al Perú. Bolívar consideraba que el fin de la dominación colonial llegaría con la derrota del ejército realista allá. Pasto, en el trayecto, se opuso a toda conminación y fue sometido a una ocupación que incluyó castigo colectivo: una violencia que dejó marca en la memoria regional y en la disputa por el relato nacional.
En lo militar, no le halla mérito alguno. Cuando triunfa, es por disponer de mayor número de tropa y le increpa crueldad por el número de bajas enemigas. Le achaca la “Guerra a muerte”, que alineó a los americanos en la causa ante el horror impuesto por los españoles. Sañudo prefiere decir que la Independencia fue el fruto desafortunado y a destiempo, de los levantamientos liberales en España. En sus escarnios, no le da chance para rebajarlo:
“En el cuerpo de esta historia habrán notado sus cualidades de guerrero, desde luego que en el Pantano de Vargas, si no es por Rondón, se hubiera consumado la derrota de los republicanos; que Boyacá fue un asalto; que en Carabobo tenía una extraordinaria superioridad sobre Latorre; que en Bomboná fue rechazado, y que en Junín fue un encuentro fortuito de caballerías, sin ordenamiento alguno de su parte”.
No advierte las diferencias en el objetivo de la lucha, entre Bolívar y otros líderes rebeldes (Santander, Páez, Flórez), más interesados en conquistar su pedazo que en forjar una Patria Grande. Compara y reduce al Libertador frente a otros, asimilando episodios incomparables, sin contemplar las razones tácticas y estratégicas que lo obligaron a imponerse en contradicciones y desavenencias o arriesgar en la distracción o la felonía. Decisiones que, casi siempre, le dieron la razón. Para Sañudo, Bolívar es impasable:
“Amén de la falacia. No era óbice a sus propósitos el culto de la verdad; porque, ora por su natural hiperbólico, ora por cálculo, mentía desaforadamente. Conté antes, varios casos de falsificación y seria largo relatar todas las mentiras o por lo menos exageraciones, que profería su relato”.
Desde su moral ultramontana, Sañudo reduce el vínculo de Bolívar con Manuela Sáenz a “conducta licenciosa” y lo usa como argumento de deslegitimación. La más escandalosa, la más hermosa, la más revolucionaria, la aventura a la que le convidó la quiteña Manuelita Sáenz, quien fue su amante, su confidente, su libertadora. Más que “vida pasional”, lo que está en juego es la agencia política de Manuela: su papel como aliada, operadora y figura pública, con actuación en espacios de poder y en la guerra, que Sañudo relega a escándalo. La que le salvó la vida en la conspiración septembrina. La mujer que en armas, en Ayacucho, se ganó el grado de coronela de los Ejércitos Libertadores de América. Ahí, Sañudo, hombre de su tiempo, de rosarios y reprobaciones:
“Sobre su conducta licenciosa, basta solo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz esposa del inglés Thorne por cuyos sucesos dice Palma, sus generaciones tenían que agachar la cabeza”.
Sañudo escribió sobre Bolívar, desde la visión de un nostálgico de la Colonia, la monarquía y la herencia hispánica; desde la fe de un fundamentalista católico; desde una moral rígida, ascética e intransigente; desde la indignación de un pueblo aferrado a sus creencias y sometido a la fuerza a cambiarlas; desde el dolor de la memoria de la “Navidad sangrienta”; desde la convicción de que cada hecho debe esperar su tiempo; desde “¡La ira que brota naturalmente de la piedad de un hijo, por los insultos a su patria!”, como gritó, citando a Cicerón.
“Y es el caso que los hechos de Bolívar, están contados, casi siempre con fidelidad en las historias de Colombia; pero sin que los historiadores, se hubieran preocupado de compararlos con un criterio moral; de modo que pásmase uno, de que hasta graves crímenes, queden sin sanción, de compararlos con un criterio moral; de modo que, pásmase uno, antes sean asunto de alabanzas y encarecimiento”.
En la introducción a los “Estudios sobre la vida de Bolívar”, Sañudo expone su teoría de la expiación por la que, según la Biblia, debe transitar el hombre el camino de arrepentimiento, que deberán también recorrer los descendientes, hasta la tercera y cuarta generación, para la redención del pecado original. Las sociedades cargan con los errores de sus líderes, como las rebeliones, y los pagan con desastres naturales, sufrimientos y castigos -la guerra, entre ellos, frente a la cual no hay opción porque es designio de la providencia. En la medida en que el hombre y la sociedad logran acercarse a la perfección divina, purificados por el dolor, avanzan en la senda del progreso.
Detestaba a Bolívar por irreligioso y perjuro, motivos insuperables de antipatía para un fanático moralista como él. Preso de sus supercherías, vio en el terremoto de 1812 en Venezuela el látigo del “creador” por la desobediencia al orden monárquico, “las provincias rebeldes fueron las que padecieron más, y se libraron de sus estragos las realistas”. Por el contrario, Bolívar aceptó el reto a la condición humana: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
No obstante, lo que por los antecedentes se pudiera creer, la primera publicación de los “Estudios” tuvo una recepción negativa en los medios intelectuales y académicos de Pasto, con la solidaria excepción de algunos intelectuales. La Academia Colombiana de Historia lo reprobó y la Sociedad Bolivariana, sobre la base de criterios mezquinos, cometió el desatino de aprobar una proposición que declaraba a Sañudo “Hijo indigno de Colombia”, descalificación que rezumaba sectarismo y discriminación.
La publicación de los “Estudios” y las posiciones expresadas por Sañudo en columnas de prensa, desataron una intensa polémica con Sergio Elías Ortiz, reconocido historiador, etnólogo y lingüista pastuso, miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de importantes obras, entre las cuales, la precursora “Agustín Agualongo y su tiempo”, marcada por sus afectos terruños locales pero leal a los hechos. La controversia bolivarismo y antibolivarismo, fue desplegada a través de la revista “Ilustración Nariñense”, entre 1925 y 1928. Fue publicada en 1999, con el título “Dos visiones sobre la vida de Bolívar”, por el humanista Edgar Bastidas Urresty.
La vida de Sañudo, entrañablemente ligada a su ciudad natal y admirada con veneración por ella; dedicada al estudio serio y profundo y a contribuir al conocimiento de su “patria chica” y los sucesos de la nación, con independencia de su credo y óptica, era y es digna de reconocimiento y exaltación, no obstante que con Bolívar no se comportó, ni como historiador ni como polemista, con sano criterio. Se fajó como vengador equivocado y obsesionado.
Honrar su calidad intelectual y ciudadana fue el loable propósito del abogado e historiador, Vicente Pérez Silva, también nariñense, con una disertación sobre “La vida y obra de José Rafael Sañudo”, en el centenario de su nacimiento, en 1972, en la Academia Colombiana de la Historia. En un nuevo hecho inaudito, le fue impedido presentarla, lo que llevó al autor a renunciar al honor de ser miembro de la institución, decisión respaldada por prestigiosos intelectuales, ante una burda censura.
El libro de Sañudo y el artículo despreciativo de Marx sobre El Libertador sirvieron de sustento, in extenso, a la novela “La carroza de Bolívar” (2012) que escenificada en Pasto, desarrolla una tragicómica trama, con la que, según el autor, Evelio Rosero Diago, pretende contribuir a desmitificar al héroe. Algo similar intentó Carlos Riverth Insuasty con la majestuosa carroza “El colorado” en 2018. Pero, como ha sido demostrado, la malquerencia a Bolívar no puede sostenerse de forma certera, ni en Marx ni en Sañudo.
Si bien los “Estudios”, y la forma que narran la vida de Bolívar y las luchas de Independencia, incidieron en la percepción adversa de un sector de la opinión pública pastusa -y pesan aún- sobre esos sucesos y su impronta histórica, no es la corriente predominante en la historiografía de autores nariñenses. Eduardo Zúñiga Erazo (“El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar”), Edgar y Julián Bastidas Urresty, Vicente Pérez Silva, Jorge Luis Piedrahita, Carlos Bastidas Padilla, entre otros, sin ignorar los excesos y desmanes de que fue víctima el pueblo pastuso, reivindican el legado del Libertador, desde una perspectiva siempre honesta y progresista.
En ese lugar se colocó el poeta pastuso Alfonso Alexander:
“Así fue como apareció -Bolívar de América- y así fue como vivió y amó y sufrió, padeciendo muerte infamante también este inconmensurable Centauro; este Creador admirable; este Poeta de la Espada; este predilecto de la Tempestad; este símbolo de la Gloria y la Amargura; este Padre Nuestro hecho en barro y luz y hierro y diamante y bronce y oro y fuego y cenizas y carcajadas y blasfemias y lágrimas. Este -Simón Bolívar- este casi infinito Libertador.”
