RAYA ha demostrado que la cultura no es un pasatiempo, sino un campo de resistencia y disputa. En estos 3 años y 100 ediciones, ha visibilizado a artistas de las regiones, editoriales cartoneras y poéticas afro e indígenas, junto con voces internacionales, para mostrar que el arte renueva lenguajes, preserva la memoria y aporta a la transformación social desde los márgenes.
Por: Santiago Erazo
La cultura no es un accesorio ni un pasatiempo ligero: es una necesidad básica. El poeta chileno Nicanor Parra lo resumía con ironía, pero la idea sigue vigente: las obras de arte, la música, la literatura y el cine amplían el horizonte de lo posible y abren preguntas que a menudo la política y la economía no alcanzan a formular. Pese a ello, en muchas redacciones la cultura continúa relegada al último renglón: se le asignan equipos mínimos, se la supedita a convenios con editoriales, productoras o disqueras, y se llena espacio con cables de agencia que apenas funcionan como trámite. El resultado es una mirada empobrecida que reduce el arte a ornamento y desperdicia su capacidad de incomodar, interpelar y dar espesor a la vida pública.
Por eso en RAYA nos hemos hecho algunas preguntas: ¿qué es lo que está sonando en las regiones del país y pasa desapercibido para los grandes medios? ¿Cuáles son los artistas emergentes que, entre cununos y guasás, entre los floripondios del pueblo inga y los casquillos de balas en el Cauca, crean a contracorriente de la indiferencia urbana? En esos márgenes, donde la vida cotidiana convive con el abandono estatal y la violencia, también se producen obras que no sólo resisten, sino que renuevan el lenguaje cultural del país.
Desde hace tres años nos hemos propuesto poner el foco en las propuestas artísticas y culturales de ese otro país que permanece velado por el centralismo y el abandono estatal. Lo hemos hecho con una certeza: las músicas de marimba del Pacífico, la poesía de los pueblos indígenas, las editoriales cartoneras o los experimentos contemporáneos de guitarristas andinos merecen ser visibles gracias al valor artístico que poseen, no por un asunto de cuotas ni de llanas deudas históricas. En RAYA ponemos la mirada en estas expresiones, así como en la obra de artistas políticos y otros personajes culturales, como el escritor Miguel Torres o el dramaturgo Fabio Rubiano, que piensan su trabajo en tensión con los debates sociales del presente, pero no buscamos cumplir con imperativos ni forzar inclusiones.
Los frutos de esa pesquisa han sido más de cincuenta artículos entre reportajes, perfiles y entrevistas que reiteran la urgencia de oír y ver lo que la cultura en las regiones –y los diálogos entre el arte y los movimientos sociales– tienen por decir y mostrar. Lejos de proclamas vacías o de panfletos de puño cerrado, lo que exhiben los artistas de La Guajira, Putumayo, Cauca o Caquetá que hemos reseñado y entrevistado es que, en ese maremágnum de canciones y libros y obras de teatro que aparecen diariamente en el panorama colombiano y latinoamericano, existe un lugar legítimo y poderoso desde el cual mujeres y hombres en la ruralidad o en los barrios periféricos de las grandes ciudades se buscan y escudriñan lo que han sido y lo que les falta ser.
Habría que ver cómo, desde el corazón del valle del Sibundoy, la pintora kamëntsá Eliana Muchachasoy traduce al lenguaje pictórico las visiones propias de una toma de yagé; o de qué manera el artista Edinson Quiñones confronta el horror del conflicto y preserva la memoria colectiva al integrar los rituales ancestrales de la hoja de coca en los pueblos nasa y yanakuna. Están también los poemas de la guapireña Mary Grueso, que nos muestran cómo el mar es pulsión y canto, y los saberes de las hierbas de azotea en el Pacífico.
En estos tres años también les hemos dado cabida a voces reconocidas, como Javier Cercas, Noam Chomsky o Juan Gabriel Vásquez, conscientes de que la disputa por la agenda mediática también se libra en el terreno cultural. Incluso al dialogar con estas figuras consagradas lo hemos hecho desde nuestra propia perspectiva, con el mismo rigor crítico que guía nuestro trabajo. Algo similar ha ocurrido con el genocidio en curso en Gaza, que hemos retratado desde la palestra de la cultura a partir de lo que han dejado como legado los pintores, los músicos y los escritores palestinos que han sido asesinados por la brutal represión israelí.
Nuestro anhelo es que algo de todo eso que la tragedia oscurece no se pierda. Que el arte sea una flor sorprendente en las manos de quienes lloran a sus muertos, y a la vez, de quienes buscan algo de la luz que se cuela entre las rendijas de ese país atribulado que es Colombia.