Por: Julián Cortés
Hace unos meses, un grupo de profesionales y militantes empezamos a armar la propuesta de ciencia, tecnología e innovación para el eventual gobierno de Iván Cepeda Castro. Entre cafés y discusiones largas, salieron muchos debates. Quiero detenerme en dos.
El primero, la crítica que se viene gestando en sectores académicos, científicos e intelectuales — la mayoría egresados de la universidad pública — sobre lo que pasó con la meritocracia en el gobierno del cambio. La defensa enconada que Gustavo Petro hizo de Juliana Guerrero, en un país profesional que sabe lo que cuesta graduarse, produjo una frustración profunda. A esa frustración se sumó otra: la convocatoria del exministro Lizcano para personas con doctorado, a la que muchos — me incluyo — enviamos hojas de vida y credenciales sin que nadie nos llamará nunca. Como me lo dijo sin filtros un colega doctorado: “se burlaron de nosotros”. Esos episodios reflejan la herida abierta de una franja que apostó por el cambio y se sintió desplazada por las roscas de siempre. No sé cuántos académicos votan por el progresismo, pero en esta elección muchos se bajaron del bus por mera decepción. Su voto tal vez no sea determinante, pero era una masa que debimos convertir en aliada crítica. Los cuadros dirigentes terminaron viendo en ellos a competidores con mejores credenciales. Más que gobernar con la inteligencia colectiva, terminaron gobernando con el miedo a que el del lado les quitara el cargo.
Por supuesto que en las barriadas se emocionan con un salario mínimo más alto y los pobres del campo con más tierra. Pero a los intelectuales y académicos — muchos de ellos quienes se la sudaron para llegar a tener logros importantes — les preocupan otros escenarios: la economía, las metodologías, las transiciones, hacia dónde vamos. Más allá de cancilleres y embajadores que no hablaban inglés, de un DAPRE manejado por Laura Sarabia con credenciales y comportamientos cuestionados, y de altos funcionarios que falsificaron títulos, los que esperaban un cambio trascendental no lo vieron.
El segundo debate es sobre el optimismo. Hay quienes piden, en plena contienda electoral, ponernos el sombrero del entusiasmo. Quienes hacemos ciencia no estamos llamados a ser optimistas, sino a hacer análisis eficaces. El optimismo no cabe en el lenguaje de quien intenta entender un país desde la ciencia. Confundir esperanza con autoengaño es la receta más rápida para volver a perder, receta izquierdista tradicional que nunca nos dio resultado.
Con esas dos coordenadas en la mano, planteo cinco reflexiones sobre los resultados electorales y las alianzas que pueden estar surgiendo entre la izquierda y otros sectores.
- Con los sectores mal llamados de “centro” hay que limar asperezas. Existen, son representativos y tienen base. La actitud arrogante y triunfalista de un sector de la izquierda que insiste en negar al centro es ingenua y políticamente costosa. El centro existe, se llama socialdemocracia y será determinante en segunda vuelta. La negociación con ese sector no es ideológica, es puntual: serán parte de la gobernanza del nuevo gobierno del cambio. Sin ese piso, no hay mayoría. No descartemos una alianza con Oviedo. Hizo una campaña admirable, con disciplina y agenda propia y sobre todo, dirigida a los intelectuales y a la gente de a pié. Y la alianza con Claudia López y con Sergio Fajardo no es opcional: es imperativa. Esto duele decirlo en algunos sectores del Pacto, pero entre las matemáticas de segunda vuelta y la pureza ideológica gana siempre la realidad. Una segunda vuelta sin el centro socialdemócrata está perdida.
- Los defenestrados del primer gobierno del cambio — académicos, investigadores, cuadros técnicos, líderes sociales desplazados por las roscas — deben tener un lugar protagónico en la coordinación de la nueva campaña. No como adorno biográfico o para la foto del Face, sino como espacio real de decisión. Y ese espacio debe trasladarse a los eventuales acuerdos de gobernanza de un gobierno de Iván Cepeda (como se hizo con algunos liberales). Si no se hace, la herida del primer gobierno se vuelve gangrena en el segundo.
- La izquierda tiene que hablarle a un público más amplio. Seguimos en mora. No basta con los discursos tradicionales con los que se ha formado la izquierda colombiana, hay que llegarle al ciudadano de a pie, al que no se desvela leyendo a Marx ni a Estanislao Zuleta. Ese ciudadano necesita escuchar algo más concreto que una transición al socialismo. Cómo se va a generar empleo, qué va a pasar con la reforma agraria, con el catastro multipropósito, qué va a hacer el gobierno con la salud, la educación pública y la política criminal. Argumentos puntuales, propuestas tangibles, plazos verificables. Es la única forma de mover a esa franja amplia de indecisos y no votantes que sigue mirando a la izquierda como si fuéramos de otro planeta.
- Hay que bajarle al matoneo interno. El sicariato moral — como lo dijo Claudia Lopez anoche — contra quienes no pertenecen al Pacto Histórico tiene que terminar. Los panfletarios que descubrieron la izquierda en TikTok y hoy son importantes funcionarios, desconociendo las luchas de generaciones pasadas y de los movimientos sociales de las últimas cuatro décadas, deben moderarse. La izquierda colombiana no nació con las redes sociales del año 2020, nació en las huelgas universitarias de los 70s y los 90s, en los sindicatos asesinados, en las cárceles, en las marchas campesinas, en las luchas de los firmantes de paz de todas las guerrillas. Olvidar esa historia para reducirla a la necesidad de tener más likes en redes para ganar los espacios políticos es ingenuo. Bájenle al sectarismo. Y, sobre todo, empecemos, una vez ganemos la segunda contienda, la escuela política que tanto necesitamos: la que con uñas mantuvieron viva los compañeros del movimiento social mientras a otros solo les preocupaba la viralización.
- Los congresistas electos del PH tienen que bajarle al ego. La receta está en — como muchos lo sostienen — entender humildemente que no son grandes figuras. La sangre de muchos en los últimos 50 años les dio ese escaño. Salvo contadas excepciones, no fueron votados por sus cualidades personales sino por usar el logo del Pacto. Más humildad, compañeros. No hicieron lo suficiente para llegar a la curul y no han hecho lo suficiente para apoyar a su candidato a la presidencia.
A estas cinco les sumo una reflexión que aprendí en el Magdalena y en otros territorios: ninguna campaña, ningún acuerdo de gobernanza, ningún programa de ciencia y tecnología valdrá nada si seguimos diseñando los procesos desde Bogotá y para Bogotá. La Colombia que define la segunda vuelta vive en municipios donde el Estado — y los del PH en sus oficinas de Bogotá — llega tarde, mal o no llega.
Si el segundo gobierno del cambio quiere durar, tiene que construir bases en serio entre elecciones. Usar a la gente para votar y luego dejarla tirada no puede repetirse. Eso supone escuela política, formación de cuadros, presencia territorial, promoción de nuevos liderazgos, resolución de sus economías de las bases y, sobre todo, humildad para reconocer que la izquierda necesita de estas bases más allá de los tiempos electorales.
Si la primera vuelta fue de las roscas, la segunda será de las bases. De las comunidades campesinas que siguen apostando a la sustitución voluntaria, de las maestras de escuelas rurales, de los profesionales jóvenes que llenaron una convocatoria para ofrecer sus servicios profesionales. De ellos y ellas depende, en buena medida, si lo que viene es un nuevo gobierno del cambio o un nuevo desencanto.
Un abrazo de paz.

