Por: Migdalia Arcila
El 15 de mayo, se conmemoraron 78 años de lo que los palestinos denominan la Nakba (la catástrofe). Este proceso, mediante el cual grupos paramilitares sionistas como el Haganá, el Irgun y el Lehi expulsaron violentamente al 75% de la población palestina, marcó el inicio de lo que hoy conocemos como el estado de Israel. Entre 1947 y 1950 los grupos paramilitares que luego darían forma al ejército israelí arrasaron con más de 400 ciudades palestinas e instalaron en Asia Occidental un estado que se convertiría en una de las maquinarias de control imperialista más grandes del mundo.
Hasta la década de 1980, los líderes del recién nacido Israel y los partidarios del sionismo alrededor del mundo difundieron una narrativa según la cual los palestinos habían decidido abandonar voluntariamente sus casas, por ello se hablaba comúnmente del proceso de “transferencia” de la población palestina y no de un proceso de desplazamiento forzado y ocupación ilegal de tierras. Sin embargo, una vez los archivos que contenían evidencias de la Nakba fueron desclasificados y las atrocidades cometidas por los paramilitares sionistas salieron a la luz, la legitimidad de la narrativa de la “transferencia” se vino abajo. Mientras las Naciones Unidas presentaban al mundo la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948, los palestinos eran asesinados y arrasados sistemáticamente por un estado que, aún acabado de nacer, era ya el brazo armado de los grandes poderes occidentales.
Pese a la importancia monumental que tiene la conmemoración anual de la Nakba el 15 de mayo, y pese al enorme terreno que hemos ganado en términos de contrarrestar las narrativas alrededor de la fundación de Israel, es importante recordar que la destrucción de Palestina y el exterminio de su pueblo son el resultado de un proceso que empezó mucho antes de 1948. Entre el 29 y 31 de agosto de 1897 se celebró en Basel, Suiza, el Primer Congreso Mundial Sionista en cabeza del periodista austriaco Theodoro Herzl. El resultado de este congreso fue lo que se llamó la “declaración de Basel”, cuyo primer punto estipulaba que “el objetivo del Sionismo es crear un hogar, asegurado por la ley, para el pueblo judío en Palestina”. El sionismo es un movimiento político que nace entonces a finales del siglo diecinueve y que usa los preceptos, la historia y la cultura asociada a la religión judía –la cual, por supuesto, precede varios siglos al sionismo— para justificar un proyecto colonial e imperialista. Es por ello por lo que hablar del genocidio en Palestina y de la historia de fundación de Israel como una pugna religiosa entre musulmanes y judíos es absolutamente errado. Esta mentira, que aún repiten muchos, no solo ignora la amplia evidencia histórica que demuestra cuándo, cómo y por qué surge el movimiento sionista, sino que además borra de un tajo la presencia y el rol de las comunidades cristianas en Palestina, las cuales hasta el día de hoy siguen siendo atacadas y perseguidas por los colonos israelíes. En otras palabras, Israel, un estado colonial fundado en el paramilitarismo, busca el exterminio de los palestinos no por su orientación religiosa, sino por su calidad de pueblo originario y dueño legítimo de la tierra.
Otro problema con ubicar el punto de partida de esta historia en 1948 es el desconocimiento de las relaciones directas del movimiento sionista con el imperio británico, que sería su primer y más importante aliado. El 2 de noviembre de 1917, el entonces ministro de relaciones exteriores británico Arthur Balfour, en un documento de apenas 67 palabras, le otorgó al movimiento sionista el derecho de ocupar el territorio palestino. Más de treinta años antes del establecimiento oficial del estado de Israel, el movimiento sionista ya se había asegurado el apadrinamiento del imperio más poderoso del momento. Entonces, el relato según el cual Israel es exclusivamente el resultado de la persecución sufrida por los judíos en la Segunda Guerra Mundial es una grosera distorsión de la larga historia del movimiento sionista. Más aún, esta narrativa ignora cómo el movimiento sionista en la Alemania nazi estuvo presto a colaborar con el gobierno para acelerar la migración de judíos europeos a Palestina.
Como se ha repetido hasta el cansancio en los últimos 3 años, el genocidio en Gaza ni empezó el 7 de octubre de 2023, ni es un problema que esté contenido en los límites de la Fraja de Gaza. Las masacres, torturas y bombardeos que ahora podemos ver en tiempo real son la continuación de la Nakba que, a su vez, es la materialización del sueño sionista. El sueño de un monstruo cuya acta de nacimiento podríamos fechar justamente en 1897 con la consolidación del Primer Congreso Mundial Sionista.
