Por: Edna Martinez
Desde que las mujeres lograron el derecho al voto, la representación femenina en la política ha sido —y seguirá siendo— un terreno de disputa. Tras ganar la consulta de su sector político y ser elegida como candidata presidencial, Paloma Valencia dijo estar conmovida por ser “la mujer más votada del país” y afirmó que, con su elección, Colombia “estaba cerca de culminar la escalera de los derechos de las mujeres y elegir la primera mujer presidenta de Colombia”.
Al analizar su trayectoria política, su base ideológica y los grupos de poder a los que pertenece y defiende, en caso de que llegue al poder, el verbo “culminar” significaría más bien destruir, quebrar o resquebrajar la escalera de derechos que han construido mujeres que no pertenecen a su espectro ideológico, económico y étnico-racial.
Esta semana, la candidata presentó parte de su equipo de campaña. Muchas de sus integrantes son mujeres, y algunos medios no dudaron en destacar este hecho como un acierto y una muestra de avance social. La propia candidata insiste en que “es el tiempo de las mujeres”. Y, sin duda, una eventual presidencia de Paloma Valencia sería el tiempo de ciertas mujeres: las Paola Holguín, las Isabel Nieto, las María del Rosario Guerra, las Juana Carolina Londoño, entre otras. Mujeres que representan y consolidan el poder de sectores históricamente dominantes, con agendas políticas y económicas excluyentes, clasistas, racistas y contrarias a derechos, y que posan sin reparos en revistas de farándula con mujeres negras en roles de servidumbre, como lo recordó la fotografía publicada por la revista Hola en 2012.
Sin embargo, estas mujeres —defensoras de la propiedad privada, la familia y la tradición— parecen olvidar que los derechos de participación política, así como los derechos económicos, sexuales y reproductivos, y las políticas contra la violencia de género y el feminicidio, son resultado de luchas lideradas por mujeres rebeldes y feministas antisistema que se enfrentaron, muchas veces de forma violenta, a la sociedad y a la institucionalidad machista y patriarcal que ellas hoy defienden.
En los últimos años se ha empezado a hablar de “feminismo de derecha” para describir el ascenso al poder de mujeres que encarnan agendas conservadoras, de derecha extrema e incluso neofascistas. Entre los casos más visibles están Giorgia Meloni, primera ministra de Italia; Marine Le Pen, líder del partido Agrupación Nacional en Francia; Alice Weidel, dirigente de Alternativa para Alemania (AfD), partido bajo vigilancia por sus vínculos con grupos neonazis; y, más recientemente, Kemi Badenoch, líder del Partido Conservador en el Reino Unido, quien ha ascendido con un discurso racista, antiinmigración y de “mano dura”.
Sin embargo, siendo rigurosas con los conceptos, sus etimologías y sus orígenes sociohistóricos, no existe tal cosa como un feminismo de derecha. El feminismo —o, mejor dicho, los feminismos, en plural— es, por definición, subversivo y orientado hacia horizontes de emancipación colectiva.
Lo que existe hoy es una instrumentalización de las formas de lo femenino, que desconoce las diferencias socioeconómicas y las trayectorias de vida de las mujeres, colocándolas a todas en una misma categoría. También hay una instrumentalización del lenguaje: se invoca “el tiempo de las mujeres” sin cuestionar los sistemas económicos, políticos, ideológicos y culturales que afectan la vida, el bienestar y la autonomía de millones de mujeres, especialmente de los sectores trabajadores, campesinos y étnicos. Y, quizás lo más preocupante, se produce una usurpación de los espacios de representación política conquistados por los feminismos.
El resultado es que un grupo reducido de mujeres, que representa intereses contrarios a las agendas políticas y económicas de millones de otras mujeres, gana cada vez más visibilidad y poder. No es casual, por ejemplo, que la mujer más votada al Congreso en las elecciones del 8 de marzo haya sido Nadia Blel, del Partido Conservador, una colectividad asociada históricamente con la defensa del orden social, la propiedad privada y el catolicismo como referente de la moral pública.
Pero esta instrumentalización no afecta únicamente a los espacios conquistados por los feminismos. También se reproduce en aquellos logrados por movimientos étnico-antirracistas y por la comunidad LGBTIQ+. Se vio, por ejemplo, con Miguel Polo Polo, quien fue elegido como representante afro mientras despreciaba y saboteaba la agenda de esa comunidad; o en el caso de Juan Daniel Oviedo, un hombre gay que, en su aspiración de poder, ha permitido que figuras como Paloma Valencia se pronuncien en contra de derechos constitucionales de la población LGBTIQ+, como la adopción por parte de parejas del mismo sexo.
Es importante reconocer que Paloma Valencia no se ha definido como feminista y, probablemente, no lo hará. A diferencia de otros, entiende que el feminismo es una postura crítica y transgresora con la que no se identifica por principios ni por tradición. Sin embargo, la instrumentalización que hace de las formas y los lenguajes tiene la capacidad de seducir y reclutar a sectores incautos mediante la retórica vacía de “la primera mujer presidenta de Colombia”.
