Por: Mauricio Chamorro Rosero
Hace algunas décadas, el escritor uruguayo Eduardo Galeano había advertido sobre lo que denominó la “cultura del envase”, aquella en la que “el contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo, el físico más que el intelecto y la misa más que Dios”.
La cultura del envase ha consolidado una sociedad en la que la apariencia termina siendo más importante que el contenido. En ella, el espectáculo desplaza a las ideas, la imagen sustituye a los argumentos y la emoción instantánea vale más que la reflexión. Hoy, en plena campaña presidencial colombiana, esa descripción parece más vigente que nunca.
La segunda vuelta enfrenta dos formas radicalmente distintas de entender la política. De un lado, Iván Cepeda presenta un programa de gobierno extenso, detallado y construido alrededor de propuestas concretas sobre corrupción, reforma agraria, participación democrática, derechos sociales y transformación territorial. Su plan dedica páginas enteras a explicar diagnósticos, objetivos y mecanismos institucionales para materializar sus propuestas. La lucha contra la macrocorrupción, por ejemplo, se desarrolla mediante la creación de un sistema nacional con componentes de prevención, investigación, juzgamiento, reparación y participación ciudadana.
Del otro lado aparece Abelardo De la Espriella, quien ha construido una campaña basada en consignas llamativas, símbolos patrióticos y frases de alto impacto emocional. Su documento programático se presenta como las “Primeras 13 propuestas para reconstruir la Patria Milagro” y gira alrededor de expresiones como “salvar la patria”, “los nunca”, “patriotismo constitucional” o “Patria Milagro”. El problema no es el uso de símbolos o emociones en política, algo perfectamente legítimo. El problema surge cuando el símbolo termina reemplazando la discusión seria sobre los problemas reales del país.
La diferencia se hace especialmente evidente en materia agraria. Mientras Cepeda desarrolla una propuesta de “Revolución Agraria” basada en redistribución de tierras, fortalecimiento de la institucionalidad rural, justicia agraria, infraestructura, crédito, comercialización y reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos, el programa de De la Espriella apenas menciona al campo colombiano y lo hace, principalmente, desde una lógica de crecimiento económico, desregulación y aceleración de licencias. Entre sus propuestas se encuentra la de “acabar la falsa reforma agraria y volver propietario al campesino”. La afirmación puede sonar atractiva en un discurso de campaña, pero el documento guarda silencio sobre una cuestión fundamental: ¿de qué manera se convertiría en propietario a quien hoy no tiene tierra?
Resulta difícil no preguntarse si quien redactó estas propuestas comprende realmente la complejidad de la cuestión agraria colombiana. En un país donde la tierra ha sido históricamente una de las principales causas de desigualdad, conflicto y desplazamiento, la ausencia de una política rural robusta es una señal preocupante de desconocimiento sobre la realidad nacional.
Sin embargo, la fuerza electoral de De la Espriella no radica en la profundidad de sus propuestas. Su principal activo político parece ser otro: haber entendido perfectamente cómo funciona la cultura del envase. En una época dominada por videos cortos, consignas simples y emociones instantáneas, el espectáculo suele generar más atención que los documentos de cientos de páginas. La camiseta de la selección, los discursos encendidos, los eslóganes patrióticos y la puesta en escena producen más impacto que una discusión detallada sobre la reforma agraria o la lucha contra la corrupción.
Por eso la elección que enfrenta Colombia es más profunda que la simple escogencia entre dos candidatos. Es también una decisión entre dos formas de relacionarnos con la política. Una que exige leer, comparar y evaluar propuestas; y otra que se conforma con las apariencias. La cultura del envase siempre ha sido cómoda porque evita el esfuerzo de pensar. Pero cuando una sociedad elige presidentes guiándose únicamente por el envase, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que dentro de él había muy poco contenido.
