Por: Dumar A. Jaramillo-Hernández
En esta columna de opinión, trataré de forma pragmática y temporal de presentarles, desde la obtusa visión del suscrito, cómo uno de los principales actos humanos (dícese: acción antrópica) ha conllevado a eventos imposibles de retroceder en sus efectos de transformación del ecosistema. Más o menos y haciendo una terrible comparación, algo así de cómo los inventos revolucionarios de la vida: la rueda o el transistor, nos han permitido una evolución sin precedentes como colonizadores de este planeta y la luna, su satélite natural.
Debemos situarnos en Alemania, año 1905, donde el Dr. Fritz Haber, premio Nobel de Química de 1918, desarrolló el proceso para fabricar amoníaco sintético, principal fertilizante de cultivos agrícolas del mundo. Su trabajo revolucionario se fundamentó en tomar el nitrógeno del aire (N2 –dinitrógeno en su forma habitual-), gas inerte y pobremente reactivo, inadecuado para la química que sustenta la vida, además de ser el principal gas atmosférico (mientras el oxígeno constituye solo un 21% de los gases del aire, el nitrógeno lo es en un 78%) someterlo a alta presión y un catalizador, más hidrógeno, para producir amoníaco (NH3), compuesto que oferta (fija) el nitrógeno al suelo, siendo este el principal nutriente que las plantas necesitan para crecer.
Para que podamos entender la magnitud de este descubrimiento: el planeta Tierra tiene aproximadamente 4.500 millones de años, hasta la reacción de Haber (1905), únicamente había dos formas de volver disponible para la vida el nitrógeno atmosférico, el calor masivo y repentino de un rayo que atraviesa la atmósfera o los microbios que toman el N2 del aire y utilizan la enzima nitrogenasa para cortar el triple enlace del dinitrógeno y originar NH3.
Este notable invento fue industrializado por el ingeniero y químico Carl Bosch, premio Nobel de Química de 1931, de la industria química alemana BASF, donde comenzó a producir cientos de toneladas de nitrógeno, en forma de amoníaco, en una fábrica donde confluían más de cincuenta mil trabajadores. Se estima que, bajo este mismo principio, en el mundo, se han producido 150 millones de toneladas métricas de amoníaco hasta el 2021.
Es así, que el proceso Haber-Bosch ha sido el descubrimiento químico más importante del siglo XX al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible, es decir, al proveer fertilizante artificial. Para la muestra de los efectos de este NH3 en la producción agrícola, les muestro un ejemplo: en la década de 1930, los agricultores estadounidenses cultivaban menos de 1.500 kg de maíz por hectárea, según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Desde principios de esta década, han producido un promedio de más de 10.000 kg de maíz por hectárea. Es así que, los fertilizantes nitrogenados alimentan, hoy, a casi la mitad de personas del planeta.
Devolvámonos a Haber, resulta que, para inicios del siglo XX, una hambruna mundial estaba latente, los científicos advertían que las fuentes naturales de nitrógeno reactivo, como el guano de aves de las islas del Pacífico o las sales de nitrógeno presentes en los desiertos de Sudamérica, no proporcionarían suficiente fertilizante para alimentar a la creciente población mundial y que millones de personas morirían de hambre sin una nueva forma de producir nitrógeno. Con el invento de Haber, se solucionó el grave problema de la producción de alimentos, pero no solo esto, por esta razón, en menos de 100 años se presentó una real explosión demográfica, donde la población humana mundial pasó de 1,6 a 7 mil millones.
Esta acción podría, sin lugar a dudas, ser una de las más importantes acciones antrópicas de alterar el equilibrio natural del planeta. En este momento se presume que, si por alguna razón la población mundial disminuyera a un nivel premoderno, ese exceso de nitrógeno reactivo disponible en los suelos, podría ser suficiente para que las plantas en menos de 20 años inunden al planeta. Lindo escenario pos apocalíptico ¿no?
Ahora comencemos a vislumbrar un poco más los importantes efectos del descubrimiento de Haber-Bosh. Por un lado, tenemos los gases de nitrógeno liberados al aplicar fertilizantes, los cuales causan contaminación atmosférica, donde el propio proceso Haber-Bosch contribuye al cambio climático, aportando cerca de 1% de todas las emisiones de dióxido de carbono antrópicas.
En contrapeso de esta realidad, también entendemos que la huella ambiental de la agricultura podría ser mucho más alta sin fertilizantes artificiales, dado que se requeriría más suelo arable para producir alimento (recordemos el ejemplo de cómo se incrementa sustancialmente la producción de maíz por hectárea cultivada al tener NH3). Más suelo de uso agrícola es más deforestación, más daño irreparable ecosistémico.
Por supuesto, en este momento somos más de 7.800 millones de personas en el mundo, el Dr. Fritz Haber nos solucionó la problemática de la fuente vegetal de nuestra nutrición diaria; ese mismo verdor debió acompañarse de incremento significativo de sistemas de producción para proveer proteína de origen animal (leche, huevos, carne …). Hoy la biomasa (peso) del ganado aviar, ovino, porcino, bovino, entre otros animales domésticos criados con fines de abasto (sacrificio para alimentación) eclipsa la biomasa de los animales mamíferos silvestres, parte importante de los dueños naturales de los ecosistemas.
En ese escenario, la realidad de la saturación del ecosistema por efecto antrópico es notable, los mamíferos terrestres silvestres pesan menos del 10% del peso total de los humanos y son 30 veces menos pesados que el ganado bovino y otros mamíferos domésticos la biomasa. O sea, solo el 6% del peso de los mamíferos terrestres es silvestre. Mientras que el ganado ha alcanzado unos 630 millones de toneladas, se estima que los mamíferos terrestres silvestres son aproximadamente 20 millones de toneladas, por otro lado, los mamíferos marinos silvestres máximo son 40 millones de toneladas (aquí está el animal más grande de la historia de la Tierra, la ballena azul, con sus imponentes 30 metros de largo y 180 toneladas de peso).
Toda esta situación nos revela el dominio de la humanidad y su ganado (que también se sustentan nutricionalmente de cultivos) sobre las poblaciones mucho más reducidas de mamíferos silvestres restantes. Sin biodiversidad la vida de todos los seres, incluyendo la humana, se complica. El efecto tampón de múltiples agentes infecciosos que ejerce la biodiversidad se fragmenta y la aparición de más enfermedades de alta diseminación y letalidad se incrementa en el tiempo.
A partir de ese estallido demográfico propiciado por Haber-Bosh y el Amoníaco, el cual abrió el sistema alimentario mundial, la demanda por proteína siempre está en alza. Se estimada que para el 2050, la demanda mundial de alimentos y proteínas se duplicará para tratar de satisfacer a aproximadamente 10 mil millones de personas. Es altamente probable que el requerimiento de carne en la dieta de las personas aumentará al menos un 50-70%, mientras que la demanda de proteínas de cultivos podría incrementarse en un 110%.
Esta situación no parece sustentable bajo el mismo enfoque que la llevamos, o cambíamos ajustando patrones comportamentales de producción de alimentos y procesos de crecimiento demográfico, o estaremos en un nuevo cuello de botella evolutivo, dícese reducción importante del número de individuos de una especie en un momento del tiempo.
