Por: María Consuelo del Río Mantilla
El mundo ha perdido su humanidad. Lo que observamos en la escalada de Gaza e Irán y en la arbitraria agresión contra Venezuela, es la manifestación de una crisis estructural del sistema nacido en 1945, donde las instituciones de gobernanza han perdido su capacidad coercitiva y mediadora.
Este colapso estructural arrastra consigo una profunda degradación de valores. El concepto de "orden basado en reglas" se erosiona cuando la aplicación del derecho internacional se vuelve asimétrica; lo que para unos es defensa legítima, para otros es agresión unilateral. Esta doble vara de medir genera un vacío ético que invalida el discurso de los derechos humanos como eje universal. La fuerza bruta y la barbarie sustituyen la diplomacia. No es solo un cambio de potencias, es la desintegración de los consensos mínimos que evitaban el caos global, dejando al sistema en un estado de anomia total.
El orden internacional contemporáneo tiene su origen inmediato en la reconfiguración global posterior a la Segunda Guerra Mundial. La magnitud de la destrucción y la experiencia del genocidio, llevaron a la formulación de un entramado institucional y normativo orientado a prevenir la repetición de tales crímenes. En este contexto, la creación de las Naciones Unidas y la adopción de instrumentos jurídicos internacionales establecieron un marco que, al menos en términos formales, buscaba universalizar principios como la soberanía, la autodeterminación de los pueblos, la resolución pacífica de conflictos y la protección de los derechos humanos.
Entre las décadas de 1950 y 1980, este sistema operó dentro de los límites impuestos por la estructura bipolar de la Guerra Fría. Si bien las potencias enfrentadas instrumentalizan con frecuencia el derecho internacional, la existencia de un equilibrio estratégico contribuyó a contener algunos excesos y a preservar un mínimo consenso normativo. Al final de la Guerra Fría desapareció el equilibrio bipolar, lo que desencadenó una progresiva asimetría en su aplicación. Las normas internacionales comenzaron a ser reinterpretadas o directamente ignoradas en función de intereses geo-estratégicos.
La estabilidad de la era unipolar fue una ilusión estadística. Se construyó sobre guerras de agresión y castigos económicos sistemáticos. Para las poblaciones de Irak, Libia o Vietnam, la "estabilidad" estadounidense no fue orden, sino caos, desplazamiento y destrucción de sus proyectos nacionales.
Históricamente, los imperios en declive no se retiran pacíficamente; se vuelven erráticos. Estados Unidos ha pasado de ser el "policía global" (un rol ya de por sí cuestionable) a ser un agente de entropía y horror.
Al perder la capacidad de imponer el cuestionable “orden” y con el argumento falso de defensa de la democracia, Washington se niega a ceder el poder y fomenta conflictos donde no puede ganar pero sí destruir, como está ocurriendo, en la escalada en Medio Oriente. Esto deja a la humanidad en un interregno donde la fuerza bruta sustituye a cualquier noción de justicia.
La decadencia estadounidense se manifiesta también en la instrumentalización del dólar. Al usar sanciones económicas como arma de guerra primaria, EEUU ha roto la confianza en el sistema financiero global.
La crisis de deuda interna de EE.UU., que en 2026 proyecta un déficit de $1.9 billones y el proceso de desdolarización forzado por sus propias sanciones, están fragmentando la economía mundial. Esto no solo afecta a las potencias, sino que encarece la vida y genera inestabilidad en el Sur Global, que queda atrapado entre un sistema viejo que muere y uno nuevo que aún no nace.
Quizás el efecto más corrosivo para la humanidad es la crisis de legitimidad. Cuando el país que exportó la narrativa de la "democracia y derechos humanos" los ignora selectivamente para proteger sus intereses imperiales, el concepto mismo de derecho internacional colapsa.
Estamos viviendo el auge de un cinismo político universal. Si la potencia hegemónica no respeta las reglas, ningún otro actor se siente obligado a hacerlo. Esto nos empuja a un "estado de naturaleza" hobbesiano a escala planetaria.
La decadencia de EEUU genera un colapso de una infraestructura civilizatoria. La crisis no es el fin del imperio estadounidense, sino que éste se derrumbe antes de que hayamos construido un sistema multipolar basado en la cooperación real, y en ese descenso el único lenguaje común está siendo el de la amenaza con la ojiva nuclear y el arancel comercial.
Más que un colapso repentino del orden internacional, lo que se observa es un proceso de descomposición gradual, en el cual las normas pierden su carácter vinculante y se subordinan cada vez más a cálculos estratégicos. En este sentido, la erosión del derecho internacional y la relativización de los valores democráticos son manifestaciones de una lógica más amplia: las potencias en declive, al ver limitada su capacidad de estructurar el sistema, tienden a debilitar los marcos que ya no pueden controlar plenamente. La estabilidad unipolar no fue un logro civilizatorio, sino una pausa táctica impuesta por la disparidad de fuerzas. No se basó en el consenso, sino en la capacidad de daño, lo que la hace moralmente insostenible.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, la supuesta “estabilidad” con fundamento en lo militar es estática y opresiva. Impide el cambio orgánico de los pueblos para proteger intereses geopolíticos y corporativos. Una estabilidad que requiere de complejos militares industriales hipertrofiados y bases en todo el globo es, por definición, una declaración de guerra latente contra cualquier disidencia.
El genocidio en Gaza no es solo un conflicto geopolítico, sino una evidencia de que el imperio, en su declive, prioriza la supervivencia de su arquitectura de poder por encima de la vida y la dignidad universal. La decisión de Estados Unidos de ser parte activa de las acciones criminales de Israel en el Medio Oriente revela que el imperio ha entrado en una fase de "amoralidad defensiva".
De manera abierta Washington abandonó su discurso hipócrita de defensa de los derechos humanos como eje rector, aplicándolos de forma selectiva. Este doble rasero es una señal clara de decadencia: cuando un imperio ya no puede liderar por el prestigio o el consenso, recurre al apoyo incondicional de enclaves militares, sin importar el costo humano. Su declive se manifiesta en la desesperación por no perder su último gran bastión de influencia en el Medio Oriente.
El sistema imperial ha establecido que ciertas vidas son "protegibles" y otras son "prescindibles". Al permitir el asedio y la destrucción en Gaza, se envía un mensaje global: el derecho internacional y la empatía humana están subordinados a la razón de Estado. Esto revela que el sistema global actual no está diseñado para proteger a los seres humanos, sino para proteger las estructuras de dominio. El declive es, en última instancia, la caída de la máscara humanista de un poder que hoy solo sabe hablar el lenguaje de la fuerza.
El Norte Global con su silencio cómplice y la parálisis deliberada de sus mecanismos de poder frente al exterminio en Palestina se muestra en toda su indignidad. Mientras las potencias occidentales se proclaman guardianas de la ética universal y el derecho internacional, su inacción o el apoyo logístico y diplomático directo, transforma sus discursos sobre la dignidad humana en una retórica vacía y cínica. Al observar el genocidio desde una distancia calculada, estas naciones no solo permiten la destrucción física de un pueblo, sino que firman la defunción moral de su propio sistema de valores.
