Por: Migdalia Arcila
Pese a las múltiples amenazas de intervención militar, pese a los más de 45 bombardeos a embarcaciones civiles en el Caribe desde septiembre del año pasado, pese a los múltiples esfuerzos estadounidenses por aislar y asfixiar a Cuba con un bloqueo económico que ya supera los 60 años, el pasado 21 de marzo se dio cita en la isla el Convoy Nuestra América.
Más de 600 personas provenientes de 32 países diferentes llenaron sus equipajes de medicamentos, útiles escolares, implementos médicos y todo tipo de ayuda humanitaria que les fuera posible empacar en un vuelo comercial. Desde Colombia, salimos 27 personas pertenecientes a diez organizaciones sociales, académicas y sindicales distintas. En cuestión de un par de semanas, y con el apoyo de cientos de personas solidarias, logramos reunir una tonelada de ayuda humanitaria. Entre todos los que llegamos por aire a La Habana, desde distintos rincones del mundo, logramos entregar más de 20 toneladas de ayuda humanitaria, las cuales se suman a otras 30 toneladas que, en una embarcación civil proveniente de México, arribaron este martes 24 de marzo.
Si bien Estados Unidos ha creado deliberadamente una situación en la cual Cuba necesita urgentemente esta ayuda humanitaria, es fundamental entender que el Convoy no es un acto caritativo; Cuba no necesita la caridad de nadie. Más aún, el Convoy no es simplemente un acto de solidaridad, es, ante todo, un acto de reciprocidad. Desde el triunfo de la revolución, Cuba alcanzó una comprensión que en muchos países del Sur Global sigue siendo una quimera de unos pocos, la comprensión de que todo proceso de justicia social y liberación anti-imperialista es, en esencia, un proceso de carácter internacionalista. Mientras sacaban a más de 700.000 personas del analfabetismo y luchaban contra la invasión estadounidense en Playa Girón, Cuba le tendía al mismo tiempo la mano a cuantos países alrededor del mundo lo necesitaban. En 1960, a tan solo un año del triunfo de la revolución, Cuba envió su primera brigada médica a Chile para socorrer a las víctimas del gran terremoto de Valdivia, marcando con ello el inicio de las más de 57 brigadas médicas que actualmente atienden pacientes alrededor del mundo.
Este “ejército de batas blancas” ha atendido emergencias de magnitudes tan devastadoras como el brote de cólera en Haití, la epidemia de ébola en África Occidental y la pandemia del Covid-19. Todo esto sin desatender a su propia población, quienes cuentan con un sistema de salud universal, público y gratuito, con un programa de cuidado materno infantil que las mujeres que vivimos en las mal llamadas “democracias occidentales” solo podemos envidiar, y con una serie de garantías sociales en educación y vivienda que dan testimonio de un proyecto de sociedad humanista robusto y exitoso. Es precisamente porque el proyecto cubano sí funciona, porque los principios de la revolución no solo transformaron a Cuba de ser un burdel de gringos y explotadores a ser una potencia en ciencia, arte y humanidades, sino que también supieron llevar cuidado y esperanza a rincones del mundo completamente desahuciados, que Estados Unidos lleva más de 60 años tratando, sin éxito, de asfixiarlos.
El mensaje del Convoy y de cada una de las delegaciones fue muy claro: llegó el momento de devolverle a Cuba un poco de lo que ellos nos han dado. El Convoy no es un gesto mediático de humanitarismo despolitizado, es un acto político claro en contra del bloqueo estadounidense y de la complicidad de todos esos gobiernos que, por más de 30 años, han votado en la Asamblea General de las Naciones Unidas para “condenar” el bloqueo, pero luego se cruzan de brazos mientras Estados Unidos se para en el cuello de los cubanos.
El bloqueo económico y las constantes amenazas a las que Cuba ha estado sometida desde 1959 nunca han sido un impedimento para extenderle la mano a otros pueblos. Por ejemplo, en 2021, Cuba fue incluida nuevamente en la lista de estados patrocinadores del terrorismo por su papel como garante en las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y algunos grupos alzados en armas, teniendo que asumir con ello una serie de sanciones y restricciones financieras que añadían una mayor dificultad a más de 60 años de bloqueo. Como si fuera poco, Cuba otorgó mil becas para que firmantes del acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC pudieran estudiar medicina en la ELAM (Escuela Latinoamericana de Medicina), becas que incluyen matrícula, vivienda, alimentación, transporte y libros. Si usted es colombiano, deténgase por un momento y relea con cuidado esta última oración. Mientras en nuestro país han sido asesinados 480 firmantes del acuerdo de paz, Cuba les brinda educación, vivienda y alimentación gratuita a mil de nuestros compatriotas. En otras palabras, mientras nuestro país, la presunta democracia más estable de América Latina, entregada hace mucho al neoliberalismo, no ha podido garantizar las condiciones mínimas de supervivencia para los firmantes del acuerdo —y para un gran número de colombianos en general—, en Cuba se les brindan condiciones de florecimiento profesional y personal a por lo menos mil colombianos que hoy podrían ser objeto de persecución y violencia en nuestro país.
Entonces, ¿cómo se llega del Convoy Nuestra América sin un profundo sentimiento de admiración y gratitud por Cuba? Pero, sobre todo, cómo se llega del Convoy sin la claridad de que el socialismo cubano es un proyecto que funciona y ha funcionado no solo para los cubanos sino para muchos pueblos alrededor del mundo. Lo que no funciona, lo que tiene a Cuba en crisis, a Gaza entre los escombros y a nuestros países arrodillados y temerosos es el imperialismo estadounidense. El mismo que solo nos ha traído devastación, despojo y humillación, el mismo que prefiere financiarle un genocidio a Israel que pagarle seguridad social y vivienda digna a su propia población. Esa claridad es la claridad que no van a poder quitarnos, que no le han arrebatado a Cuba en más de seis décadas de implementar múltiples maniobras de asfixia, que no le van a poder quitar a los líderes del Convoy que hoy son detenidos e interrogados mientras regresan de La Habana a sus países. La claridad de que las críticas al socialismo cubano son completamente vacías mientras exista el bloqueo, mientras exista la posibilidad de que un solo país designe a su conveniencia quién tiene derecho a vivir. Hemos encontrado entonces una claridad que no van a quitarnos nunca, una claridad que, como lo demuestra el Convoy Nuestra América, es movilizadora e internacionalista.
