Por: Migdalia Arcila
Hablé con Lina Jehad por primera vez hace casi un año. Quería tomar clases de árabe y le escribí por recomendación de una amiga que apoya a diferentes familias y proyectos humanitarios en Gaza. Justo un mes antes del inicio del genocidio, Lina, quien se encontraba en el último trimestre de embarazo, había firmado un contrato para enseñar árabe como requisito de grado en la Universidad Al-Azhar en Gaza. Ser profesora universitaria era un sueño que albergaba desde que terminó su maestría en Egipto unos años antes. Como muchos otros palestinos, Lina buscó educación por fuera de la Franja de Gaza sin perder de vista la necesidad de regresar y contribuir al sistema educativo gazatí. Sin embargo, Al-Azhar, junto con las otras 11 universidades en Gaza, fue reducida a escombros durante los primeros 100 días del genocidio.
La premura con la que Israel destruyó la infraestructura educativa en Gaza, con bombardeos directos y demoliciones controladas, fue quizás una de las manifestaciones más evidentes de las verdaderas intenciones detrás de lo que ellos pretendían venderle al mundo como un acto de legítima defensa. Sin embargo, este ataque sistemático y deliberado contras las instituciones educativas –denunciado por las Naciones Unidas como un escolasticidio—no logró destruir en Lina su vocación como docente. Con tan solo 30 años, Lina ha tenido que sortear las dificultades imposibles de ser una madre soltera en el rincón más bombardeado del mundo, de echarse la vida a cuestas una y otra vez para correr a lo largo y ancho de la Franja de Gaza en busca de un lugar seguro que no existe, porque a lo mejor esta vez sí es de verdad, a lo mejor esta vez algo detiene a esa maquinaria de muerte que es Israel.
Una de las cosas que más me sorprendieron al conocer a Lina, además de esa paciencia de santa con la que puede repetir una y otra vez cómo delinear las letras del alfabeto árabe, fue su capacidad para emocionarse genuinamente con cualquier muestra de solidaridad con Palestina. Tal vez por el cinismo que solo se puede permitir uno en situaciones de privilegio, tengo la tendencia a pensar que hacemos muy poco, que somos muy insignificantes frente a un monstruo como el sionismo que se traga a la gente viva. Nada más alejado de la forma de pensar de mi profesora Lina. Durante este último año ella me ha escrito cada vez que se entera en redes sociales de algún evento en Colombia en apoyo a Palestina, un conversatorio, una proyección de una película, una recolección de fondos, una rifa. No existe un esfuerzo pequeño para ella, no existe un esfuerzo que no sea digno de su gratitud y celebración.
El 21 de junio, cuando escuché los resultados del preconteo, mientras los vecinos lanzaban voladores por la ventana celebrando la supuesta victoria de esa marioneta macabra del sionismo en Colombia, pensé en Lina, sentí miedo, lloré. Al otro día, Lina, a quien el genocidio no le ha arrebatado la empatía, me escribió el siguiente mensaje: “Siento mucho la situación por la cual están pasando en Colombia. Es muy doloroso para mí recibir estas noticias. Nosotros estamos viviendo una situación muy difícil y duele ver cómo se toman decisiones para apoyar y normalizar relaciones con los mismos que nos están causando tanto sufrimiento”. El miedo se me convirtió en vergüenza y la vergüenza en rabia y la rabia en este nudo extraño que medio país tiene atravesado en la garganta como una certeza incómoda que ya no nos abandona.
