Por: Dumar A. Jaramillo-Hernández
“Idiocrácia” hace referencia a la sátira de un futuro más estúpido. Un poco más de 20 años atrás, el director de programas televisivos insignia de la crítica social “Beavis y Butt-Head” y “Silicon Valley” predijo una América del año 2505 donde los idiotas se habían reproducido tanto entre sí que la población estaba compuesta esencialmente por descerebrados; de ahí la “Idiocrácia”. Por favor alejémonos (no mucho) de la palabra que reúne todos los rasgos que definen la templanza, costumbres, ideas, carácter, comportamiento y singularidad de un individuo o hasta de una nación: idiosincrásia.
Hace 7 millones de años en el África comenzó la hominización, donde la evolución impulsada por presiones ambientales permitió un cambio gradual del género Homo que separó a éste de sus ancestros primates. Esta transformación biológica desarrolló el cerebro y capacidades cognitivas del Homo, entrelazando la biología con la cultura y dando origen a nuestros tres imperativos biológicos de supervivencia (búsqueda de alimento y refugio) y reproducción (sexo - descendencia).
El humano moderno, ese que viene en evolución (e involución con frecuencias de cada 4 años en Colombia) desde hace 1.5 millones de años, ha establecido la exploración y descubrimiento como impulsos fundamentales arraigados a sus tres imperativos biológicos. El Homo sapiens está codificado genéticamente para entender - explicar los fenómenos de su entorno (inteligencia intelectual) y desarrollar herramientas para asegurar su perpetuación (tecnología).
Desde que Galileo Galilei, en 1609, creó a partir de mejoras de una réplica holandesa su propio telescopio y lo apuntó hacia los cielos, nos permitió soñar con la exploración espacial y fundamentó los preceptos de la astronomía moderna. De la misma forma, en 1903 el aeroplano construido por Wilbur y Orville Wright estuvo 12 segundos en el aire de forma mecanizada y controlada, recorriendo 36 metros de distancia, abriendo el camino de la ciencia aeroespacial; que nos llevó en 1957 a tener el primer satélite Sputnik 1 en órbita y en 1969 a que el Homo sapiens alunizara con el Apolo 11.
Científicos (inteligencia intelectual) e ingenieros (tecnología) son el soporte del impulso de los imperativos biológicos. Durante 1.5 millones de años así ha quedado evidenciado. Sin embargo, nuestra sociedad occidental mantiene un estado gradual preponderante al declive de las ciencias exactas. Para la muestra un ejemplo: 500 mil científicos e ingenieros al año graduaba China para el año 2000, ese mismo número, pero de abogados graduaba “la primera potencia mundial” Estados Unidos (y tan solo 70 mil científicos e ingenieros) en ese mismo año.
Desde hace algunos años en Colombia, permeada por la siempre influencia – colonialismo europeo – aparecieron indicadores de las ciencias STEM, el cual es un enfoque educativo interdisciplinario que integra cuatro disciplinas fundamentales: Ciencia (Science), Tecnología (Technology), Ingeniería (Engineering) y Matemáticas (Mathematics) con la finalidad de construcción de un pensamiento crítico (científico, inteligencia intelectual) y la resolución de problemas (tecnología).
Para sorpresa de muchos, a diferencia de otros países, las mujeres en Colombia tienen una mayor participación en programas académicos STEM (aun así, tan solo 1.5 de cada 10 mujeres estudian ciencias STEM). Por otro lado, el 31% de hombres graduados en el país, lo hace de programas profesionales de las ciencias STEM (el promedio de países de la OCDE para hombres graduados en STEM es del 38,9%).
La importancia de profesionales en las ciencias STEM para un país es vital, en el 2025 se presentó el informe STEM Skills Index 2025 (https://www.sthree.com/en-gb/insights-and-research/stem-skills-index/); donde países como Suiza, Corea del Sur y Singapur, ocupan primeros lugares en distintas categorías de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTeI) debido a sus proceso de inversión y fortalecimiento de procesos de Investigación y Desarrollo (I+D) que redunda en bienestar de su sociedad, es una verdadera sociedad del conocimiento.
En términos generales lo grande de estos tres países se fundamenta en el sinergismo de su modelo de educación de calidad, el fortalecimiento sostenido de la innovación e inversión en I+D y la colaboración entre el sector público y privado para la inversión y gasto en I+D. Tal cual le han dicho a los gobiernos en Colombia las tres Misiones de Sabios https://revistaraya.com/dumar-a-jaramillo-hernandez/1694-como-nos-fue-en-inversion-en-investigacion-cientifica-en-este-gobierno-del-cambio.html), pero no ha hecho caso.
Por ejemplo, Suiza lidera este ranking STEM en áreas de Ciencias de la Vida, debido al staff de científicos de sus Universidades de prestigio quienes consolidan sus proyectos de investigación de la mano económica de la potente industria farmacéutica. Mientras que, Singapur destaca en STEM en áreas de la tecnología e ingeniería, situación especialmente soportada por su ecosistema educativo moderno que fomenta la innovación desde temprana edad (¡Carajo! Esta fue una de las recomendaciones especiales de la primera Misión de Sabios en Colombia, por allá en 1988, ni caso sabemos hacer a los sabios – científicos).
La incompetencia científica y tecnológica determina la inequidad de la ignorancia colectiva de nuestras sociedades. La exploración y el descubrimiento son los reales combustibles de nuestros imperativos biológicos; pero los Estados pobres en su gestión de liderazgo no lo potencializan, es más, lo desfinancian, lo marchitan.
No todo está perdido, en Colombia, como en el mundo, hay una fuerza pequeña en número, pero altamente razonable que prioriza la estimulación de la creatividad (innovación en I+D), el pensamiento crítico (científico) y la resolución de problemas (tecnología) en sus congéneres de cara a los desafíos sempiternos de la sociedad.
Los académicos científicos estamos llamados a resistir desde nuestros trabajos en espacios de formación académica dentro de Jardines (pre-escolar), Escuelas, Colegios, Institutos y Universidades. Imposible que en este país rico en fenómenos inexplorados e ignotos no podamos convencer de converger a esa contrapartida de colegas que inmersos en el sectarismo ideológico y fanatismo político (política con “p” minúscula, por favor), que ronda estos días, se perpetúan en sus discursos bizantinos y le autodenominan “crítica social”.
La intelectualidad tiene su fundamento en el reconocimiento del otro, en entender que todos en sus esferas ideológicas tienen espacios de construcción, que al final del día y de esa discusión política, lo que queda en la mesa es el verdadero país. Esos momentos de entrelazamiento de pensamientos e inferencias diversas hacen país y sitúan las prioridades a solucionar desde los descubrimientos científicos y el desarrollo tecnológico; desde la gestión de la formación del real pensamiento crítico (inteligencia intelectual) que debemos potencializar en las aulas.
A los académicos científicos nos gusta discutir que funciona y que no, reconocer nuevas ideas, observar un fenómeno desde diversas ópticas (polinización de las ciencias); y lo mejor, somos hipócritas desde la perspectiva del sectarismo ideológico, dado que al final del día podemos cambiar de idea y montar un mejor experimento que permita entender mejor el fenómeno estudiado, somos reales frente al cumplimento del Juramento de Hipócrates. Por eso, la conversación con nuestros pares científicos puede y debe converger a la posible verdad temporal. Algo que en definitiva que jamás sucede con lo sectario y fanático de la política actual.
