Por: Mauricio Chamorro Rosero
Desde hace algunos años, varias universidades privadas de Colombia han registrado una disminución sostenida en el número de estudiantes matriculados en sus programas académicos. Inicialmente, este fenómeno se explicó por factores como el alto costo de las matrículas y los cambios demográficos asociados a la reducción de la tasa de natalidad. No obstante, esta tendencia también se ha hecho visible en algunas universidades públicas, donde ha disminuido tanto el número de aspirantes como el de matriculados, lo cual indica que estamos ante un proceso más profundo, en el que confluyen factores económicos y demográficos con transformaciones estructurales en la manera como la educación superior es valorada socialmente.
Esta tendencia encuentra respaldo empírico en los datos de la Encuesta Global 2025 de Deloitte sobre la Generación Z y los Millennials, según la cual, el 43% de los jóvenes colombianos ha decidido no cursar estudios superiores. La cifra resulta alarmante no solo por su magnitud, sino por el fuerte contraste que establece frente al promedio global, donde el rechazo a la universidad ronda el 31%.
La misma encuesta señala que la razón principal de este rechazo entre la población juvenil es el interés por emprender o dedicarse a oficios que, bajo su óptica, no requieren pasar por la universidad. Se consolida así una narrativa que presenta a la universidad como prescindible, lenta e ineficiente frente a otras vías de inserción económica percibidas como más rápidas.
Ante este escenario, ha primado una lectura superficial, la cual asume que las universidades han fracasado en adaptarse a las “nuevas necesidades” y que, para sobrevivir, deben acoplarse sin reservas a las lógicas del mercado. Bajo esta premisa, muchas instituciones han acelerado sus procesos de neoliberalización, subordinando el saber a los requerimientos inmediatos del mercado. Esto se traduce en la proliferación de cursos universitarios de coaching, marketing político y emprendimiento, acompañados de modelos de gestión interna orientados a la rentabilidad: flexibilización laboral, prácticas autoritarias y una obsesión por métricas de productividad cada vez más restrictivas.
Sin embargo, pese a este despliegue acrítico de estrategias de mercado, las universidades continúan perdiendo atractivo para amplios sectores de la juventud. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta radica en que el problema no es de oferta, sino de sentido. Asistimos a una desvalorización del conocimiento que el propio sistema educativo, la familia y los medios difunden. Al reducir la educación a una mercancía y privilegiar una lógica individualista, se invisibilizan las condiciones estructurales que moldean estas decisiones.
Un síntoma elocuente de esta transformación cultural es la centralidad que hoy ocupan las ferias de emprendimiento en todos los niveles educativos, en detrimento de espacios dedicados a la ciencia, las humanidades o la reflexión crítica. En ellas, la educación aparece instrumentalizada como un medio exclusivo para el éxito individual y el lucro inmediato.
Como advierte Michael Sandel, este escenario es el resultado de la mercantilización de la enseñanza. Frente a ello, la defensa de la educación como bien común representa una salida necesaria, pero insuficiente. Así pues, esta lucha debe ir de la mano de un proceso consciente de revalorización del conocimiento, entendiéndolo como un fin en sí mismo –saber por el valor de saber– y, simultáneamente, como un medio de transformación social.
Revalorizar el conocimiento implica realizar una crítica directa al proceso de neoliberalización de las universidades y de nuestra sociedad. Quizás debamos empezar por gestos simbólicos pero potentes, como recuperar la hegemonía de las ferias de la ciencia y el pensamiento, reduciendo el protagonismo casi teológico del emprendimiento. Solo restituyendo el valor intrínseco del saber será posible devolverle a la universidad su propósito fundamental.
