Por: Karla Díaz
Viendo la transmisión de Abelardo de la Espriella rezando el Rosario, recordé la frase de Camilo Torres que relata el padre jesuita Javier Giraldo: "he visto que los que aman no tienen fe y los que tienen fe no aman". Para los católicos, tener fe y amar debe ser una simbiosis; así como el derecho no puede separarse de la ética, la fe no puede separarse del amor. Por eso no concibo una fe sin compasión por los más pobres, sin empatía por los desplazados, sin consideración por quienes viven la guerra. Una fe que se profesa en el día a día tiene que ver con los demás, con una sociedad justa, equitativa, solidaria y en paz.
El uso y abuso de la fe con fines políticos es la práctica electoral que más me molesta. Quienes somos católicos y no votamos por la derecha recibimos de manera constante el señalamiento de "falsos católicos". La manipulación de la fe lleva a la división y nos hace olvidar que el fundamento de lo que creemos es el amor. Escribo no para convencer a nadie ni para dar lecciones de coherencia, que en la fe es más difícil que en la política, sino para los muchos católicos que no queremos ser esos que tienen fe, pero no aman.
De la Espriella ha propuesto la pena de muerte, una medida que el propio Francisco declaró "inadmisible" en la reforma del Catecismo de 2018, por atentar contra la dignidad de la persona, y que en Fratelli Tutti calificó, en su forma de cadena perpetua, como una "pena de muerte encubierta". La dignidad es el centro mismo de la Doctrina Social de la Iglesia, y la dignidad no la conocen los violentos.
Esa misma negación de la dignidad se expresa cuando se ridiculiza a una persona por su orientación sexual y se la presenta como un defecto. La homofobia es eso, negar la dignidad del otro y con ello la creación misma; el propio Catecismo ordena evitar "todo signo de discriminación injusta". Esas formas de discriminación se expresan también cuando se cosifica a la mujer, como cuando De la Espriella exhibió una foto íntima ante una periodista y un juez tuvo que ordenarle retractarse por violencia de género. En la carta Mulieris Dignitatem, el Papa Juan Pablo II se expresa contra esta cosificación, planteando que "la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina".
Un candidato que se propone duplicar la producción de crudo hasta 1,3 millones de barriles, abrirle de par en par la puerta al fracking y destruir 330.000 hectáreas con fumigación aérea no respeta nuestra Casa Común. Contradice la hermosa encíclica del Papa Francisco, Laudato Si', que critica el "paradigma tecnocrático" y el extractivismo, y la exhortación apostólica Querida Amazonía, que defiende a los pueblos amazónicos frente al saqueo de la naturaleza.
Abelardo propone diez megacárceles al estilo Bukele, bajo la consigna de "sometimiento, cárcel o muerte", y promete recortar los controles que, según él, limitan a la fuerza pública. Ya sabemos qué ocurrió la última vez que se presionó a la fuerza pública para mostrar resultados a toda costa, más de 6.000 civiles fueron ejecutados y presentados como bajas en combate, asesinados por el mismo Estado que debía protegerlos. La doctrina social sostiene el fin resocializador de la pena y la dignidad del recluso, y el Papa Francisco ha condenado una y otra vez el populismo penal.
Su modelo económico promete crecer haciendo más pequeña la provisión de derechos sociales (salud, educación, condiciones laborales) y bajando los impuestos a las empresas, confiando en que la riqueza se derrame hacia abajo. Es la teoría del derrame que Francisco rechazó en Evangelii Gaudium por ser sustentada en “una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”. Citando al Papa Francisco:
Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. (...) Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar (Evangelii Gaudium. 53)
Como los candidatos de derecha que lo antecedieron, De la Espriella usa el aborto como comodín, sabiendo que es una línea inquebrantable para la Iglesia, y lo es. Pero la fe no puede imponerse, nadie cumple por miedo lo que la fe pide por amor, y obligar es contradecirla. Amar al que está en el vientre y a la vez querer eliminar al que piensa distinto, promover el porte de armas y la pena de muerte no es amar la vida.
No había pensado escribir una columna sobre mi fe y política, es un tema que me toca personalmente. Pero ver desfigurada mi fe de esta manera es de las peores ofensas que puedo recibir en época electoral. La Doctrina Social de la Iglesia es un mandato por la solidaridad, la caridad y la justicia. La dignidad del ser humano, la paz, la protección de la Casa Común, la justicia social y la opción preferencial por los pobres son el corazón de lo que creo.
