Por: Alejandro Castillejo-Cuellar
La reciente invitación a la senadora Aida Quilcué para ser fórmula vicepresidencial del candidato Iván Cepeda es efectivamente un gesto político que ha dado mucho que hablar sobre las discrepancias en cuanto al relato histórico de la violencia y sus “largas temporalidades”. Desconozco los temas asociados al cálculo de votos y a la ingeniería electoral que hay detrás de muchos comentaristas, aunque en algunos casos tienen un tono francamente racializante. Lo cierto es que Quilcué y la candidata presidencial Paloma Valencia, representan el microcosmos de algo más grande y complejo en cuanto a las relaciones entre violencia, diferencia y desigualdad, una continuidad del anterior proceso electoral en Colombia, con Francia Márquez y Gustavo Petro. Mientras la primera mira hacia un adelante potencial, la segunda pareciera que echarse el país al hombro, pero para caminar hacia atrás, en un gesto casi de colonialismo nostálgico.
Durante muchos años he escrito sobre la necesidad de reconocer esas “violencias” como una interpelación crítica a los mecanismos de justicia transicional o a lo que llamo, con todo respeto, “el evangelio global del perdón y la reconciliación”. De ahí sale la misma idea de “daños históricos”, y lo que implicaría relatar la violencia desde ese conjunto de conceptos. Eso es lo que está en juego ahora también, los inconclusos de la Justicia de Transiciones. Basta con mirar a Sudáfrica, Guatemala, Salvador, entre otros.
Pero hablar de una confrontación implícita del relato histórico del “conflicto armado” no quiere decir que es una cuestión puramente narrativa o de “versiones”. Al contrario, el relato se construye sobre cierto tipo de conceptos y formas de rigor que a la vez permiten hablar de causalidades históricas determinadas por actores específicos, entre otros elementos. Voy a decir una obviedad: dependiendo del tipo de conceptos que usemos para leer el pasado como pasado (porque en Colombia vivimos un pasado que no ha pasado y que llamamos “reencauche” o “nuevo ciclo de violencia”, etc.), emerge un lectura particular del mismo y una visión del futuro. En realidad el futuro como posibilidad no está adelante (como algunos piensan), si no en los lenguajes que del pasado una sociedad instaura como legítimos.
Por supuesto, en estas candidaturas no solo está en juego una idea del futuro, sino también una del pasado. Sin esta última, la primera no es posible. Con esto no pretendo parecer relativista, mucho menos siendo un excomisionado de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad y director del único tomo decolonial producido por ese mecanismo. Lo que quiero señalar es que el relato no solo vuelve audibles ciertas dimensiones de la violencia y las voces que las narran, sino que también vuelve casi ininteligibles otras, difíciles de comprender y de escuchar; no solo por razones políticas o necesidades ideológicas, sino también por razones de diseño.
A lo largo del tiempo, sobre todo en el seno de los mecanismos de justicia transicional (que aún conviven en el presente) desde Justicia y Paz hasta el Sistema Integral, hemos construido una relato histórico centrado en la confrontación ideológico-política (dentro de un periodo de tiempo y espacio que nace del surgimiento del conflicto armado, en el contexto del estado-nación y la guerra fría, etc.) con unos centros hegemónicos y políticos y otros en las márgenes encarnando concepciones distintas del poder estatal. Confrontaciones que tuvieron materializaciones armadas y no armadas a lo largo del tiempo (y responsabilidades y actores diversos y circunstancias de contexto territoriales y económicas específicas) cuyos efectos fueron al final la masividad de violaciones (diferenciadas y sobre cuerpos concretos) de los derechos humanos durante ese periodo. Este es el gran arco narrativo del Informe de la Comisión de la Verdad, y en cierta forma, estamos atrapados en este modo de contar. Los tomos se focalizan sobre aspectos generales y luego del tomo bisagra que es el Testimonial hace un acercamiento a poblaciones y sus impactos dentro de ese arco narrativo pero en los otros tomos. Obviamente, no queremos repetir esa violencia.
Precisamente, esta contienda política es también una contienda por cómo narrar y ampliar, así no se diga de esta manera, lo que significa “violencia”. En la Comisión discutimos sobre estas otras formas de entender la larga duración, más allá de patrones repetitivos a lo largo del tiempo de dichas violaciones. Había una obvia conciencia del problema de la tierra y el despojo “en el marco del conflicto”. Aunque se evocaba en los debates internos y las expresiones públicas la frase “transformaciones estructurales” (un término que nunca entendí muy bien) como parte de la promesa transicional, creo que las ideas de “modelo colonial” o “racismo estructural” terminaron dispersas en el Informe Final, sin mayor desarrollo.
Esto por razones de diseño: los modelos comisionales de verdad giran en torno a cierto tipo de causalidades históricas y sobre todo “hechos victimizantes”, haciendo a un lado las dimensiones “sistémicas” de la violencia, donde la apropiación violenta y no violenta (por ejemplo a través de la ley) de cuerpos y territorios constituye un fenómeno de larga temporalidad en el centro de la configuración del estado-nación(es). Y aunque el Informe, como los otros que conozco de cerca, reconocen tímidamente esta dimensión (por ejemplo, cuando se dice que el apartheid es un apéndice del colonialismo británico), en últimas nunca estructuraron el proceso de investigación. Otro hubiera sido el relato.
Por eso en mis conversaciones con muchas autoridades “tradicionales” o “espirituales” de los “pueblos étnicos” y campesinos por todo el país, hasta los árboles están aún “dolidos” y testimonian esta larga temporalidad. Es cuestión de preguntarle (al bosque). Para el territorio y la naturaleza, el Nunca Más es otra cosa.
Creo que en este debate político este tema es central, no solo para reavivar una convaleciente conversación sobre la importancia de la memoria (y los modos de relatar la herida y el daño) en un contexto donde parece haberse osificado, como un edificio a medio camino. La senadora Quilcué y la candidata Valencia encarnan este inconcluso, son producto de esta larga temporalidad y en este sentido plantean contrastantes futuros posibles. Con la experiencia de los últimos años, el asunto no es solo el relato, sino sus concreciones en materia de política y de concepción del Estado. Estaríamos ante una pregunta para algunos extraña y peligrosa para otros: ¿cómo descolonizar el Estado en la práctica? ¿Cómo concretamos la restitución de esos daños históricos sin recurrir al paternalismo o al asistencialismo?
En el fondo, lo peor que le puede pasar a una sociedad es desilusionarse con la ilusión de la transformación. ¿Cómo podemos entender que en este mundo todos debemos caber, incluso con tamañas diferencias? No se puede construir una sociedad sin recurrir a la negación del otro.
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Adenda. Aprovecho de una vez para decirlo, retomando el título de este texto y admitiendo mi carácter apocalíptico: el borramiento de Gaza, en general, hace del Nunca Más un concepto arruinado, es decir, una ruina. El llamado sistema internacional se derrumba ante la hipocresía de unos, y no me extrañaría que lo que emana de él también.
En Gaza, ¿qué es exactamente lo que nunca más debería repetirse, más allá de las respuestas obvias, si es que una pregunta así tiene sentido? el genocidio, la matanza, claro. Pero creo que hay algo más profundo, “sistémico” donde lo que tenemos es la continuidad de violencias subterráneas pero ahora a la vista de todos. En este contexto, hasta el proyecto de la justicia transicional, que mueve sociedades de estados de violencia a estados de paz y democracias liberales enclavadas en capitalismos globales, pareciera en cuestión.
Todo esto sin sumar la ruina de esta consigna en la égida de gobiernos revisionistas en América Latina en la última década, y que nosotros encarnamos. Cuando “pensábamos” que habíamos sido vacunados contra eso, enarbolando las banderas de la justicia, verdad y la reparación, se despierta esta criatura llamada “negacionismo”, pero elegido “democráticamente”.
De ese negacionismo está hecho nuestro debate político también.
