Por: Dumar A. Jaramillo-Hernández
Comencemos este nuevo año explorando una afección nutricional que afecta a 2.800 millones de personas en el mundo: “el hambre oculta”. Así conocemos la deficiencia nutricional de micronutrientes en la dieta, inclusive cuando consumimos la cantidad correcta de calorías requeridas en el día a día. En esta columna de opinión les mostraré la importancia de uno de los micronutrientes asociado a “el hambre oculta”, el zinc, el cual desde 1963 se estableció su necesidad esencial para la vida, cuya fuente primaria deben ser los alimentos de nuestra dieta diaria.
Ha pasado más de medio siglo desde el descubrimiento del zinc como elemento vital en humanos y aun así el 17,3% de la población mundial está en riesgo de tener consumos carentes de este nutriente. En América Latina y el Caribe, las tasas de deficiencia de zinc en niños y mujeres oscilan entre el 19,1 y el 56,3%. Por supuesto y como siempre ocurre para nuestro agravio, en Colombia, cerca del 25% de la población tiene una ingesta inadecuada de zinc, donde 1 de cada 3 niños de entre uno y cuatro años padece deficiencia de zinc. La situación es crítica para nuestro país, dado que se ha reportado un aumento sustancial de esta deficiencia en niños menores de cinco años, pasando de un 20% en 2005 al 43,3% en 2010.
Ojo a este dato Gobierno Nacional: “una cifra superior al 20% de deficiencias de zinc en la población indica la necesidad de una intervención de salud pública” según, y desde el 2007 a la fecha, la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Ustedes dirán “pero esos son datos antiguos”. Sí, para tristeza nuestra, la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional en Colombia se hizo en el 2015 (publicada en el 2017, sin datos concretos sobre deficiencias nutricionales). Pasan y pasan gobiernos nacionales y nada que se dignan siquiera en conocer cómo están los problemas críticos de sus ciudadanos. Si quisieran, se debe concretar liderazgos excepcionales en instituciones que dignifican la vida como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar – ICBF (NO nombrar directores amigos de la exesposa) y por supuesto invertir en investigación, pero paradójicamente en el Gobierno del Cambio, se redujo año a año los fondos de convocatorias para investigación. Esperemos que el nuevo gobierno si quiera potencializar la vida.
Pero primero conozcamos al zinc, metal catiónico divalente, dado que es un micronutriente esencial (esencial quiere decir que hay imposibilidad de sintetizarlo en nuestro organismo) que desempeña un papel crucial en más de 400 reacciones enzimáticas que hacen parte del metabolismo de proteínas, lípidos y ácidos nucleicos, así como en la transcripción génica. A pesar de ser uno de los oligoelementos más abundantes en el cuerpo humano (oligoelemento: mineral esencial que requerimos en pequeñas cantidades para funciones bioquímicas indispensables para la vida), el zinc no se puede almacenar en cantidades significativas y, por lo tanto, requiere una ingesta dietética regular.
Los requerimientos diarios de zinc varían de 3 mg/día en niños a 8 mg/día en mujeres y 11 mg/día en hombres, adultos. La necesidad de zinc aumenta hasta el doble durante el embarazo y la lactancia, asunto que puede persistir hasta dos meses después del parto. Por ello la población de más alta vulnerabilidad a su deficiencia son los niños y mujeres gestantes.
Las fuentes dietéticas que ofrecen zinc pueden ser: carne, pescado, legumbres, frutos secos y otras fuentes vegetales. Uno diría “consumo carne y vegetales, entonces no tengo esta deficiencia”, pero resulta que aparecen en la ecuación de la biodisponibilidad del zinc (o sea, qué tanto de lo consumimos somos capaces de absorber en el intestino): los fitatos (presentes en legumbres, semillas, productos de soja y cereales integrales), oxalatos (presentes en espinacas, frutos secos y té) y caseína o calcio, los cuales que reducen la biodisponibilidad del zinc.
Por otro lado, anudado a esas relaciones inextricables nutricionales, al parecer nuestros suelos, los que sustentan la producción de alimentos en el mundo, se cansaron de proveer cantidades adecuadas de zinc para los cultivos de los principales cereales de nuestra dieta. Fenómenos erosivos naturales y iatrogénicos (iatrogenia = causados por la estupidez humana) han reducido la disponibilidad ambiental del zinc, además que las nuevas prácticas de producción de alimentos que vinculan especies vegetales de crecimiento rápido que poseen una baja concentración de este microelemento, el zinc. O sea, hay calorías (energía) pero a un costo nutricional alto, que está pasando factura en el mundo.
Las funciones esenciales del zinc comprenden la respuesta inmunitaria, el crecimiento, la reparación tisular y la reproducción. Es así que, su deficiencia se asocia clínicamente con retraso del crecimiento y maduración sexual, deterioro de las funciones inmunitarias, inflamación, trastornos gastrointestinales y lesiones cutáneas.
Sin ánimo de profundizar, el zinc es esencial para la síntesis del ADN y ARN (nuestra información genética, “casi nada”). Se ha asociado su deficiencia a una disminución del factor de crecimiento similar a la insulina 1 (IGF-1), este promueve el crecimiento óseo, entre otros tejidos-órganos. Por otro lado, el zinc es un segundo mensajero para las células inmunes, he ahí la imposibilidad de una correcta función de nuestro sistema inmunitario, donde especialmente los infantes deficientes de zinc, están propensos a enfermedad respiratoria y diarreas.
Pero eso es solo la punta del iceberg, las deficiencias de zinc en la niñez temprana (de cero a cinco años) están íntimamente asociadas a deterioro cognitivo. Sí, hablamos de la incapacidad de aprender, o sea, bajo rendimiento escolar, desestimulo de asistencia a la escuela, colegio y futura universidad. Los expertos lo llaman: “profundización del ciclo de pobreza”. Los indicadores al respecto son altamente preocupantes, seguro ninguna sociedad moderna podría soportar este infame comportamiento con su niñez.
Ese deterioro cognitivo se puede traducir en que el niño deficiente de zinc, tendrá 14 puntos menos de coeficiente intelectual, cinco años menos de educación y 54% menos de salario cuando esté en la adultez. Claro, ¿quiénes son las poblaciones más propensas a “el hambre oculta”? Por supuesto: las personas en situación de pobreza. He ahí la “profundización del ciclo de pobreza”. Aunque haya opciones de formación académica, no hay demanda de las mismas, la población está desestimulada (por eso baja en el número de matrículas en muchas universidades públicas del país, aun con matrícula cero).
Dado este panorama general, y muy superficial, del papel del zinc en la salud y aprendizaje, su importancia especialmente en niños menores de cinco años y la grave situación de “el hambre oculta” que padecen en Colombia, al respecto del zinc en sus dietas; quisiera darles a conocer que en nuestro país, desde el año 1976 la estrategia nacional de prevención de deficiencias de micronutrientes incluyó un suplemento nutricional llamado Bienestarina, la cual aporta el 50% (1,5 mg) de la ingesta diaria recomendada de zinc para los niños (en el año 2000 le añadieron al triturado de harina de trigo vitaminas y zinc). Beneficiando (en teoría) a 5 millones de niños año a año, es decir, un 30% de la población que lo está requiriendo (conclusión: su cobertura es pésima en pleno siglo XXI). Aunque este suplemento se produce en el país, uno de sus ingredientes, la harina de trigo, es importada.
Sería sensacional para el futuro de nuestra sociedad, se priorizará la vinculación de alimentos biofortificados (niveles más altos de micronutrientes, entre estos el zinc) en la dieta de los infantes, ojalá procurando un verdadero bienestar en la niñez, así y solo así podríamos pensar en Colombia como potencia de la vida.
