Por: Laura Espinosa Macías, @zoonapolitikona
Los tambores de guerra que retumbaron durante la campaña comienzan a traducirse en el estruendo de las bombas que abren la trocha por la que desfila de salida la política de Paz Total y entra, pisando fuerte, la Guerra Total.
A medida que la emergencia del terremoto pierde centralidad en la agenda gubernamental, y en medio del agitado ritmo de titulares sobre los funcionarios y las políticas de la Patria Milagro, el presidente emprendió las acciones y decisiones para poner a la seguridad como como eje central de su gobierno y a la coerción como fuente de la construcción nacional.
Veamos cómo empezó ese camino.
La fórmula es tan sencilla como peligrosa: “se acabó el diálogo”, revive el enemigo interno bajo la usada etiqueta del narcoterrorismo y la respuesta del Estado a los conflictos sociales vuelve a ser, fundamentalmente, militar y represiva.
El paso de la Paz Total a la Guerra Total no se reduce solo al endurecimiento del lenguaje ni al despliegue indiscriminado del poder militar del Estado en toda la geografía para “ejercer su autoridad”, como expresó el presidente. La Guerra Total también se ejecuta mediante el desmonte de la institucionalidad, la normatividad y las instancias creadas para la implementación del Acuerdo de La Habana y la construcción de la paz.
Estamos ante una reestructuración estatal orientada a desactivar el diálogo como política pública y reemplazarlo por el paradigma de la contención: controlar la violencia mediante el uso de la fuerza, en lugar de transformar las condiciones que la reproducen.
Los “resultados” de la Guerra Total no se hicieron esperar.
El primer bombardeo registrado en el Catatumbo marca el reinicio formal de las operaciones aéreas. El Ministerio de Defensa reportó la neutralización de dos presuntos integrantes del ELN, mientas las comunidades y organizaciones sociales denunciaron campesinos heridos, viviendas afectadas y desplazamientos. El ejecutivo informó las extradiciones hacia EEEUU de cabecillas como alias "el Mocho Olmedo", "Muñeca" y "Araña" y la construcción de megacárceles privadas. Y anunció el cambio del Comisionado de Paz por la Consejería de Seguridad, dejando claro que llegaron a borrar la paz de la vida nacional, aunque esté en la Constitución como un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.
No se puede desconocer el balance crítico y los desaciertos de la política de Paz Total. Los grupos armados crecieron, varios procesos se estancaron y la violencia no desescaló como se esperaba. Pero comprender esto no establece que la guerra es la única salida posible y viable. La experiencia histórica lo prueba. Pero la nueva administración llegó a barrer con décadas de esfuerzos nacionales e internacionales por la paz de Colombia.
La avanzada de la Guerra Total también es ideológica.
En el Departamento Nacional de Planeación las fichas sobre el “ciclo del milagro” plantean “propiciar el fin de la JEP” como una acción estratégica del “Milagro del amor”. Al nombramiento de D’mar Córdoba, un negacionista del conflicto armado en en el Centro Nacional de Memoria Histórica, se le sumó el apagón informativo de las veinte Emisoras de Paz, creadas en el numeral 6.5 del Acuerdo Final de 2016. Es lamentable silenciar a los territorios para quitarles su voz en nombre de la guerra.
Pero hay algo más. La Guerra Total no sería tal sin la intervención de los jefes geopolíticos y la genuflexión servil del nuevo gobierno a sus intereses.
El comandante del Comando Sur de Estados Unidos, general Francis L. Donovan, llegó a Colombia para reunirse con la nueva cúpula militar. El Comando Sur presentó a Colombia como el más reciente integrante de la Coalición de las Américas contra los Carteles (AC3), del Escudo de las Américas y socio vital para la seguridad regional.
Tras recibir a Donovan con calle de honor, el Ministerio de Defensa habló de la coordinación de operaciones militares conjuntas contra "narco-terroristas" que dejan muchas preguntas y preocupaciones: ¿Puede el presidente autorizar estas operaciones sin la aprobación del Senado de la República? ¿Qué implicaciones tiene el acuerdo firmado para ingresar al AC3? ¿Qué clase de control o relación tendrán las fuerzas armadas colombianas con los militares gringos?
La alineación incondicional con el eje bélico global liderado por EEUU e Israel es parte del trasfondo de la nueva era de Guerra Total en Colombia. Lo que Abelardo llamó en campaña “Plan Colombia II” parece que empieza a tomar forma. No cabe duda de que la reorientación del Estado para la guerra interna es también un activo geopolítico.
La Guerra Total está en marcha.
No se trata solamente de una política de seguridad. Abelardo de la Espriella reconduce el Estado por una senda que, en el pasado, nunca trajo la victoria militar, solo profundizó el conflicto y multiplicó las víctimas.
El show aguanta todo y los gritos de guerra venden la boletería. Pero la experiencia de la Seguridad Democrática y del Plan Colombia, sirve para hacer algunas preguntas incómodas:
¿Cuánto puede sostenerse el incremento exponencial del gasto en seguridad y defensa que implicará la Guerra Total? ¿Qué tan efectiva es en el largo plazo una estrategia basada en operaciones militares contra estructuras que se reproducen jerárquica y territorialmente? ¿A dónde conduce una política que clausura el diálogo antes de resolver las causas que alientan la guerra?
¿Cuánto aguanta Colombia otra vez una dinámica de Guerra Total?
La preocupación no es solo la guerra, sino el país que nos quedará después de ella.
