Por: Dumar A. Jaramillo-Hernández
Recientemente académicos de mi facultad de Ciencias Agropecuarias y Recursos Naturales en la Universidad, comenzaron un debate sobre “El Niño”; debate que partió desde la abundante información que circula al respecto de la crítica situación climática que se avecina según múltiples medios, que van desde la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de EE. UU (NASA), hasta agencias nacionales.
Algunos colegas inferían que este fenómeno natural no existe para la región Orinoquia o Amazonia colombiana, que en realidad hay en este momento, y proyectado, un movimiento de lluvias y sequía, asociado a cambios del ciclo hidrológico (pedían que para evidenciar ello, se midieran los balances hídricos) y por supuesto cambio climático, mucho de este último originado de forma antrópica (humanos y sus gases de efecto invernadero), siendo preocupante.
Este debate, que me atrapó en ignorancia al respecto, suscitó esta nueva columna de opinión. Primero conoceremos un poco (muy superficialmente) a “El Niño” y seguidamente mostraré rápidamente -y más superficial aún- su relación altamente cercana con la presentación de enfermedades infecciosas de interés para la salud pública en nuestro país, que, de eso, si sé un poquito.
Comencemos entendiendo el fenómeno más importante de acoplamiento océano-atmósfera sobre el Océano Pacífico tropical: El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). ENOS es un fenómeno climático natural caracterizado por fluctuaciones anómalas (positivas o negativas) en las temperaturas (Tº) de la superficie del mar en el Océano Pacífico tropical, que se manifiesta en tres episodios: El Niño (Tº positiva: situación asociada a la disminución de los vientos alisios del Pacífico, aumentando en 0,5 °C por encima de su Tº promedio de 30 años), La Niña (Tº negativa) y Neutral (Tº cercanas al promedio).
En Colombia, estos episodios influyen significativamente en los patrones hidroclimáticos regionales, afectando la precipitación, la temperatura y los sistemas hidrológicos (ej., caudal de los ríos) con notables consecuencias socioeconómicas y sanitarias en todas las regiones geográficas del país. La influencia de ENOS es más temprana e intensa en las regiones Caribe, Andina y Pacífica, mientras que en la Orinoquia y la Amazonia la respuesta es más tardía y de menor magnitud, debido a una respuesta hidrológica más lenta y menos intensa frente a los eventos ENOS.
ENOS puede ser catalogado como fenómeno meteorológico extremo, o también aparecer como menos extremo (ej., ENOS Neutral), sin importar su categoría, su impacto es significativo, en particular sobre el caudal de los ríos y la humedad del suelo.
Durante décadas, los colombianos aprendimos a asociar el fenómeno ENOS El Niño con sequías intensas (o disminución más que habitual de las precipitaciones), incendios forestales, disminución de los caudales, embalses vacíos, crisis energéticas y racionamientos de agua. Cuando aparece ENOS La Niña, pensamos en inundaciones (o aumento habitual de las precipitaciones), derrumbes asociados a cierre de carreteras y pérdidas agrícolas considerables, entre otras consecuencias.
Este aprendizaje empírico lo adquirimos para ENOS El Niño durante 1991-1992, donde sus efectos condujeron a una reducción significativa de los caudales en la región Andina, que contribuyó a una de las mayores crisis energéticas registradas en la historia nacional. Para ENOS La Niña, durante 2010 y 2011, causó pérdidas de más de US$7.800 millones como consecuencia de la destrucción de infraestructura e inundaciones de 2,8 millones de hectáreas agrícolas (es esperado que en Colombia anualmente se inunden 1,2 millones de hectáreas), afectando a más de 4 millones de colombianos, 9 % de la población nacional.
Pero estos no fueron los únicos ENOS, entre 1950 y 2011 se registraron al menos 19 eventos El Niño y 17 La Niña en Colombia. En apenas seis décadas, el país experimentó 36 episodios importantes asociados a ENOS. Esto equivale a un evento significativo aproximadamente cada dos años, constituyendo uno de los principales reguladores climáticos del país. Sin lugar a dudas, ambos fenómenos meteorológicos se asociaron a una hidrología colombiana cambiante, anómala.
Un estudio muy juicioso colombiano, publicado en “Global and Planetary Change” (Elseiver), en el 2015, el cual tomó datos de 341 estaciones hidrometeorológicas analizó la influencia de la temperatura superficial del Océano Pacífico tropical sobre las precipitaciones en Colombia durante 1979-2009. Los resultados muestran que ENOS El Niño se asocia con una disminución significativa de las precipitaciones en el norte, centro y oeste de Colombia. La región suroeste de Colombia muestra un comportamiento opuesto, presentando una respuesta de periodo de precipitación diferente a estos patrones.
Es así que, ENOS puede explicar hasta el 64% de la variabilidad interanual del caudal del río Magdalena. Es decir, el sistema fluvial más importante de Colombia depende de procesos oceánicos y atmosféricos que se desarrollan en el Pacífico tropical, o sea, el comportamiento hídrico de Colombia depende de procesos oceánicos y atmosféricos que ocurren a miles de kilómetros de distancia.
Para entender un poco esto, es imperante que entendamos que el ciclo hidrológico anual para Colombia está controlado por la oscilación de la zona de convergencia intertropical, superpuesta a patrones regionales causados por la influencia orográfica de los Andes, la evapotranspiración en la cuenca amazónica, las interacciones continente-atmósfera y la dinámica de las corrientes de viento occidentales colombianas (ej. Corriente de Chocó). Todas estas, con grados de intensidad/afectación por el ENOS.
Hasta el momento, se debería entender un poco el ENOS y su efecto climático en el país (eso espero). Ahora, y sin querer desviarnos, súmenle el calentamiento global; la Tº media del planeta ha aumentado 0,74 °C durante el siglo XX. Se estima que el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero provocará un calentamiento adicional de entre 1,1 y 6,4 °C para finales de este siglo.
Podría existir un evento de refuerzo mutuo entre cambio climático y ENOS. Se presume que el aumento de las temperaturas medias globales provoque un aumento de los fenómenos meteorológicos extremos (ej., ENOS El Niño que se avecina para el 2027, con un 63% de probabilidad que sea igual o mayor que el ocurrido en 1991), que, a su vez, tendrán efectos en los ecosistemas y la sociedad, provocando mayores cambios en los sistemas naturales y sociales que las condiciones climáticas medias. Este escenario plantea riesgos y desafíos para nosotros, no solo en la escasez de agua, sino también en sus efectos en cascada que impactarán la producción de alimentos y energía, la calidad del aire (ej., humo de incendios forestales), la salud ambiental, animal y humana.
ENOS es capaz de modificar ecosistemas, a través de la alteración en la disponibilidad de agua, cambios en la temperatura, la humedad y las interacciones entre humanos, animales y microorganismos. Esto puede transformar la dinámica de los agentes infecciosos (reservorios animales, vectores y cambios ecológicos) y, en consecuencia, influir sobre la salud pública. Entre más frágil sea la región geográfica, entre más biodiversa, entre más susceptible al efecto antrópico (ej. deforestación, minería); ENOS mayor influencia tendrá, es decir, ninguna región geográfica colombiana se escapa, no hay “inmunidad climática”.
ENOS genera transformaciones ecológicas que repercuten sobre las comunidades humanas. Nos disponemos a tratar de entender como una anomalía térmica en el Océano Pacífico tropical puede terminar modificando el riesgo de enfermedad para los ciudadanos vecinos en Villavicencio, San José del Guaviare, Leticia, Cali o Barranquilla.
Comencemos esta tarea de forma altamente pragmática a través de esta arcaica cadena causal: el océano modifica la atmósfera (ej., aumento de la Tº en 2,4 °C por parte de Océano Pacífico tropical proyectada para noviembre 2026, esto genera inyección de calor y humedad en la atmósfera). La atmósfera modifica la precipitación. La precipitación modifica los ecosistemas (ej., humedad del suelo). Los ecosistemas modifican la exposición humana (ej. inundación). Y la exposición humana modifica el riesgo de enfermedad. Esta secuencia representa uno de los mejores ejemplos contemporáneos del enfoque Una Salud (“One Health”), según el cual la salud humana, la salud animal y la salud ambiental forman parte de un mismo sistema interdependiente.
En Colombia, pocos estudios se han publicado al respecto de ENOS y enfermedades infecciosas de interés en salud pública. Citaré dos de ellos, el principal, publicado en el 2025 en “PLOS Global Public Health” fue el llevado a cabo que analizó durante 2007 y 2023, en 1122 municipios, los 10.629 casos de leptospirosis. La leptospirosis es una zoonosis bacteriana con cerca de 60.000 muertes cada año en el mundo. Los resultados obtenidos fueron sorprendentes. ENOS El Niño se asoció con un incremento promedio de 7,2 % en la probabilidad de presentar exceso de casos de leptospirosis respecto a los períodos neutrales. Por el contrario, ENOS La Niña se asoció con una reducción de 1,2 %.
El estudio identificó además que los municipios con mayor número de casos fueron Cali, Barranquilla, Cartagena y San José del Guaviare. Este último dato resulta particularmente interesante para quienes estudiamos la región Orinoquia y la Amazonia colombiana. Más aún, los autores encontraron que algunas de las mayores razones de incidencia estandarizada se localizaron precisamente en municipios de las regiones Amazónica y Orinoquense.
Otro importante ejemplo de ENOS y enfermedades infecciosas en Colombia, se publicó en “PLOS Neglected Tropical Diseases”, para el 2020. Esta vez estudiando la consecuencia de ENOS La Niña 2010-2011, ENOS Neutral 2012-2015 y ENOS El Niño 2015-2016 en la distribución del vector (Lutzomyia) del agente causal de Leishmaniosis cutánea. Enfermedad con 200.000 casos nuevos por año en el mundo, donde más del 70 % de estos casos solo están en 10 países, incluyendo Colombia. Entre 2001 y 2005, la incidencia aumentó 4,4 veces en Colombia.
El estudio encontró que anomalías de los factores hidrológicos y fisiográficos inducidos por ENOS (por encima de la media esperada por procesos naturales y climáticos esperados) como el % de sombra, la humedad del suelo, la profundidad de la hojarasca y la erosión, que modifican el movimiento y la estabilidad del suelo y, por lo tanto, pueden influir en la distribución de las especies de vectores mosquitos Lutzomyia en el suelo forestal, en particular cambios en su dinámica poblacional.
En conclusión, Colombia es una nación cuya hidrología, economía y vulnerabilidad social (ej., salud pública) están estrechamente conectadas con las fluctuaciones de la temperatura superficial del Océano Pacífico tropical.
Para terminar respetuosamente recomiendo una lectura: “Impact of the 2010-2011 La Niña phenomenon in Colombia, South America: The human toll of an extreme weather event” publicado en el año 2013 en la revista: “Applied Geography” http://dx.doi.org/10.1016/j.apgeog.2012.11.018. Sin lugar a dudas los llevará múltiples estudios importantes de ENOS y su modulación del comportamiento hidrológico colombiano y por qué sus efectos deben ser considerados un asunto estratégico para el desarrollo nacional, incluyendo a todas sus regiones geográficas.
