Por: Mauricio Jaramillo Jassir
Profesor de la Universidad del Rosario
Solamente la generosidad de Cuba es más grande que su historia. Con el mundo, con el hoy Sur Global (que existe, así se empeñen en convencernos de que es una abstracción vacía), América Latina y con Colombia. No hay Estado en América Latina y el Caribe más agredido en la contemporaneidad, sin embargo, ha respondido siempre tendiendo puentes, prestando ayudas y sumando por las causas más justas.
Sin que hubiese transcurrido un solo minuto de este atropellado gobierno, ya en propiedad, se anunció el cierre de la embajada en La Habana, aludiendo a razones que en nada tienen que ver con nuestra tradición diplomática y amenazando su soberanía. Colombia no tiene la potestad de calificar su sistema político, si por ello fuera, en varios momentos de nuestra historia el mundo habría tenido que romper todo vínculo con nuestro país. La Habana ha sido amiga de los procesos de paz, en todos los que han tenido participación internacional ha dicho presente. Fidel Castro fue un férreo defensor de una salida negociada y cuando se le solicitó para gestos humanitarios, sin titubeos prestó la interlocución. El acuerdo de paz más significativo lleva por nombre su capital, no es un hecho anecdótico, sino reflejo de ese compromiso que ha pasado de palabras a acciones.
El único lunar ocurrió en el gobierno de Julio César Turbay Ayala cuando la lógica de la Guerra Fría nos condujo a una posición de sumisión internacional con una faceta doméstica expresada en el Estatuto de Seguridad que condujo a niveles de represión que nada tuvieron que envidiarles a las dictaduras militares del Cono Sur. Persecución, tortura y exilio fueron la pauta. ¿Es que acaso el gobierno de De la Espriella y su canciller Bula Escobar serán espejo de ese autoritarismo endémico? Bien lo señaló Sandra Borda, a quien no pueden señalar de militar en las filas del comunismo, ni una rueda de prensa, entrevista, explicación o justificación con transparencia de semejante decisión. Nadie entiende cómo, llegados a este punto, no hay voces en el gobierno que den la cara mientras se desarman años de trabajo no sólo del gobierno Petro y Francia Márquez sino de décadas, incluidos los de derecha como Andrés Pastrana y Álvaro Uribe que mantuvieron un diálogo amistoso con La Habana. En uno de los peores momentos de tensión Uribe y Chávez en 2005 por la captura de Rodrigo Granda en Caracas y cuando no parecía haber salida, el propio Castro, por petición de Uribe, intercedió para aliviar las posturas y encontrar un principio de solución. El expresidente colombiano lo reconoce en No hay causa perdida.
La mezquindad no puede ser el derrotero de nuestra política exterior. Preocupa su extrema ideologización, así como el traslado de disputas internas al tablero internacional, peor aún, la injerencia en asuntos internos con calificativos o juicios que no le corresponden a Colombia. Ya lo dijo Andrés Manuel López Obrador para referirse a la grosera política de injerencia hacia Cuba y Venezuela: “no podemos ser candil en la calle y oscuridad en la casa”. Cuba vive por cuenta del embargo o bloqueo -indiscutiblemente ilegal- uno de los momentos más críticos de su historia. El castigo colectivo a través de un desabastecimiento provocado desde el exterior no tiene justificación alguna, Colombia no debe participar de dicha agresión.
A esa Cuba a la que arbitrariamente señalan como dictadura castigándola por haber adoptado el camino de una democracia popular, la tenemos que defender, no desde un lugar de enunciación exclusivamente ideológico (todo está empapado de ideología, lo dice con acierto Slavoj Zizek) sino recordando las responsabilidades ineludibles de Estado, el compromiso con el derecho internacional y nuestra postura histórica de condena al embargo. Jamás es tarde para hacer lo correcto.
