Por: Dumar Jaramillo-Hernández
Equivocadamente se comenta que el habla es una de las principales características de la evolución humana, articular sonidos y estructurar un lenguaje oral que pueda sustentar una tradición oral es vital para los pueblos, sí, pero de conversación en conversación esa tradición oral es susceptible de escabullirse de la memoria. Nuestro lenguaje oral pudo tener su origen hace unos 2 millones de años con el Homo habilis del Pleistoceno inferior, pero su evolución, fusión de capacidades melódicas y pragmáticas, de 100.000 años sería la responsable del origen de las diferentes lenguas (idiomas).
Aunque así de extensa podría parecer el origen del lenguaje oral, hace menos de 6000 años se encontró evidencia del lenguaje escrito (ojo, no me refiero al lenguaje simbólico que puede ser esbozado por primates no humanos). La escritura cuneiforme, esa que 3500 a.C los sumerios en Mesopotamia desarrollaron tallando arcilla con cuñas (latín cuneus = cuña) logrando así libros antiguos como la “Epopeya de Gilgamesh”, pasando por los jeroglíficos en Egipto apropiadamente 3100 a.C. y los huesos oraculares de la escritura china en 1200 a.C. hasta la revolución del alfabeto propuesta por los fenicios (alfabeto fonético) y griegos (añadieron vocales) durante 1500 - 800 a.C.
El gran salto hacia la democratización de la escritura sucedió en el siglo XV, con la invención de la imprenta, perfeccionada por Johannes Gutenberg alrededor de 1453 en Alemania. La escritura pasó de los manuscritos copiados a mano, donde el feudalismo otorgaba el papel de reproducción y difusión de conocimientos a la iglesia católica, a la producción masiva de libros, acelerando la educación y la comunicación.
Fácilmente puede haber 129 millones de libros únicos publicados en total (en físico, solo en biblioteca de Estados Unidos hay 1.500 millones). De esta cifra, una gran proporción corresponde a ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Desde “El origen de las especies” de Charles Darwin (pilar de la teoría de la evolución y la selección natural), pasando por la “La Breve historia del tiempo” de Stephen Hawking (clásico sobre el cosmos, los agujeros negros y la física cuántica) hasta obras vanguardistas como el “El árbol de la vida” de Max Telford (reconstrucción del árbol genealógico que conecta a todos los seres vivos de la Tierra).
Por otro lado, hoy, en una era digital de alta transferencia de conocimiento, en el mundo se publican entre 2,5 y 3,4 millones de artículos científicos al año, lo que equivale a un promedio de 5.500 a 9.300 manuscritos diarios en todas las disciplinas. Web of Science esgrime que el volumen de ciencia publicada crece más rápido de lo que los investigadores pueden leerla.
Esto significa que debemos aprender a filtrar la información que podríamos leer. Para esto, aparecen una serie de bases de datos e índices bibliográficos que darían ciertas garantías de aproximación a la verdad científica temporal, como: ISI – Web Of Knowledge (Science Citation Index [SCI] y Social Sciences Citation Index [SSCI]) ó SCOPUS ó índices como el Index Medicus, PsycINFO, Arts & Humanities Citation Index (A&HCI). En resumen, las editoriales y revistas que figuran y son valoradas allí, en teoría publican artículos cuyo proceso editorial demanda un riguroso proceso de revisión y validación de información por pares académicos (“peer review”).
¿Qué es esto de “pares académicos”? Resulta que los científicos producen nuevo conocimiento o tecnologías (ej., métodos, procedimientos, hipótesis, teorías), estos deben escribirse organizadamente a través de un manuscrito científico, someterse a una revista (“journal”) y allí entra el rigor de la evaluación por pares inmediatos de la comunidad científica o tecnológica, otros investigadores que conocen profundamente del tema y determinan su originalidad, metodología, resultados y plausibilidad - reproducibilidad. Si cumple con este escrutinio, se podría publicar para el mundo. Debido a este ejercicio, las principales revistas científicas del mundo tienen tasas de rechazo extremadamente altas, superiores al 90% (1 de cada 10 manuscritos terminan siendo aceptados para publicación).
Así mismo, un manuscrito durante su tiempo publicado puede ser objeto de amplio debate científico que con el tiempo valida o rechaza el trabajo expuesto. Este debate científico ha llevado al orden de retractarse, según la base de datos especializada “Retraction Watch”, cerca de 10.000 manuscritos al año, es decir, equipos editoriales después de múltiples llamados de la comunidad científica retiran de sus bases de datos manuscritos ya publicados donde se puede asociar un proceso de fraude o plagio en sus resultados o serios errores metodológicos.
Por ejemplo, la prestigiosa editorial científica “Nature” estimó que 110.000 artículos científicos publicados en revistas para el año 2025, podrían incluir citas falsas generadas por inteligencia artificial, una nueva forma de fraude en la escritura científica.
La ciencia a través del método científico, forma de construir conocimiento de forma válida, nos ha permitido entender que una verdad es temporal, donde todo conocimiento es provisional y refutable. Es así que el gran (el más inteligente) Isaac Newton a través del método hipotético-deductivo terminó publicando su obra “Philosophiæ naturalis principia mathematica” en 1687, donde formuló las tres leyes del movimiento (mecánica clásica) y la ley de la gravitación universal.
Newton afirmaba “no hago suposiciones” y estaba convencido de que su teoría estaba apoyada por los hechos. Pero, para 1905 llegó el súper físico teórico Albert Einstein quien en seis manuscritos científicos publicados definió no solo su premio Nobel de Física (efecto fotoeléctrico, 1921), sino también la Teoría de la Relatividad especial y la Relatividad general (y después cumplió 26 años de edad, así de teso). Einstein contradijo a Newton referente a la gravedad, la cual no es solo una fuerza invisible que actúa de forma instantánea, sino una deformación del tejido del espacio y el tiempo provocada por la masa de los objetos. Posteriormente llega el grande Max Planck, padre de la teoría cuántica, a contradecir a Einstein, donde la interpretación probabilística y aleatoria del universo de la teoría cuántica de Planck contradecía las creencias deterministas de Einstein; Planck ganó el premio Nobel de Física en 1918.
La ciencia nos da la oportunidad de conocer las verdades temporales, ese conocimiento es posible codificarlo para el entendimiento de todos a través del lenguaje escrito. Es altamente probable que dado el auge evolutivo en la generación de conocimiento esas verdades temporales (lo que es aceptado como plausible hoy) tengan vida media más corta, sean refutables en menos tiempo del históricamente censado.
El portal web de referencia médica, Medscape, estima que la fecha de caducidad de una verdad científica en Medicina es de 50 años. Después de este periodo se considera que la mitad (50%) del conocimiento que estaba aceptado como cierto ha sido refutado. Aunque con el volumen de investigación y publicación científica que he mencionado aquí, fácilmente podríamos mencionar que una verdad científica aceptada hoy en ciencias STEM, podría tener solo un 50% de esa verdad en 5 años, ¿cuál de ese 50% sería la verdad? Tendríamos que seguir la misma y sus publicaciones científicas a lo largo de esos 5 años. Estamos obligados como carácter evolutivo a leer ciencia.
La escritura, como memoria colectiva y legado del conocimiento, es la base del eco, organizado de millones de voces, muchas apagadas por el ocaso de su ciclo de vida hace tiempo, es el conocimiento heredado, sin lugar a dudas, una de las principales características y conquistas de la evolución humana.
