Por: Laura Espinosa Macías
Mucho se ha sentenciado sobre la expansión de la ultraderecha a nivel global y el surgimiento de una nueva época ultraconservadora para la humanidad. Parecía que la ola era incontenible y no tenía reversa. Sin embargo, comenzamos a ver que nada está escrito en piedra.
Esta internacional reaccionaria ha sufrido recientemente varios reveses. La acumulación de sus contradicciones, el desgaste de sus gobiernos y las consecuencias sociales de sus políticas han alimentado el hastío de las sociedades, el surgimiento de movimientos de rechazo y el posicionamiento de alternativas.
La derrota de Viktor Orbán en Hungría, la remontada histórica de Lula da Silva en Brasil, el revés electoral de Aleksandar Vučić en Serbia en una derrota del oficialismo frente a una fuerza articulada alrededor del movimiento estudiantil, el triunfo de los demócratas en las elecciones de medio término en Estados Unidos y las movilizaciones juveniles y sociales en Francia, España, Portugal, Alemania y otros tantos países son expresiones distintas de resistencia al avance neofascista.
Ante este panorama, parece que la sentencia dictada, fue un poco apresurada.
Pero no es el fin de la reacción conservadora ni la recomposición automática de las fuerzas democráticas. Nada de esto significa que la ultraderecha haya cejado en su avance. Tampoco se puede afirmar que todos los movimientos o proyectos que se oponen al neofascismo aspiren a lograr transformaciones profundas o la superación del capitalismo. La experiencia histórica ofrece un antecedente: el antifascismo que enfrentó al fascismo del siglo XX reunió corrientes políticas muy diversas -liberales, socialistas, comunistas, anarquistas y otras expresiones- que, pese a sus diferencias y proyectos de sociedad, confluyeron en la lucha contra un enemigo común. Una convergencia similar podría estar expresándose hoy. La oposición al neofascismo puede reunir fuerzas democráticas con horizontes distintos, sin que eso signifique que todas compartan un proyecto emancipatorio.
Lo que sí podemos decir es que estamos ante una tensión, ante la expresión de la crisis. El proyecto de las ultraderechas está encontrando resistencias y empieza a mostrar las contradicciones de su propia forma de ejercer el poder y organizar la sociedad.
Progresivamente, el autoritarismo mundial ha mostrado sus grietas. La principal está en las contradicciones y los límites del propio modo de producción capitalista que el neofascismo busca preservar a toda costa. Allí reside, precisamente, una de las claves de su surgimiento: es la expresión política que pretende resolver por la vía más autoritaria posible el agotamiento del modelo. El programa de neoliberalismo extremo promueve la reducción del Estado y el desmantelamiento de las garantías sociales -ya deterioradas o muy escasas-. Al tiempo, agita un discurso de odio contra el aparato estatal, ese mismo que utiliza para garantizar las condiciones de acumulación y sostener los niveles de rentabilidad del gran capital, que se sostienen a costa del agotamiento de las fuentes de energía fósil y del ingente deterioro ambiental.
Estas ultraderechas desprecian al Estado cuando se trata de garantizar derechos, redistribuir la riqueza, regular los mercados o proteger a las mayorías. Lo presentan como un obstáculo, una burocracia parasitaria, una estructura que debe reducirse para liberar las fuerzas del mercado. Pero cuando se trata de asegurar negocios, administrar rentas, favorecer aliados, disponer de recursos públicos, proteger intereses privados, y socializar las pérdidas del modelo, el Estado vuelve a ser indispensable. Lo quieren débil para garantizar derechos y fuerte para garantizar privilegios.
A esta contradicción se suma un programa político excluyente y retrógrado frente a los mínimos de la democracia liberal: el pluralismo, la separación de poderes, las libertades civiles, los derechos de las minorías y las garantías para la oposición. Su proyecto necesita debilitar esos límites, reeditando y ampliando la doctrina del enemigo interno que estigmatiza al contradictor y convierte la diferencia política en una amenaza. Pero la concentración del poder, la persecución y el cierre democrático tensiona la cuerda. La consigna del orden termina alimentando el conflicto que dice venir a resolver.
Las protestas, las derrotas electorales y las crisis de gobierno son fenómenos distintos y particulares, pero expresan que la hegemonía de las ultraderechas está lejos de estar consolidada. El conflicto social se manifiesta y emerge, presentando un escenario abierto para la disputa por el rumbo de la humanidad.
La cuestión que se abre ahora es qué hacer con estas grietas. La crisis de los proyectos reaccionarios no garantiza por sí misma el avance de alternativas democráticas y populares. Las fuerzas que se oponen a las ultraderechas necesitan construir mayorías, articular sectores sociales diversos, disputar el sentido común y ofrecer respuestas concretas a los problemas que atraviesan la vida cotidiana. También necesitan comprender que la derrota electoral del neofascismo no desmantela automáticamente las estructuras económicas, políticas y culturales que hacen posible su ascenso.
La ultraderecha no se derrumba mecánicamente por sus propias contradicciones. Esas contradicciones abren oportunidades, pero se requiere fuerza política y social para convertirlas en transformaciones. Las grietas pueden ser el comienzo de una fractura, pero también pueden ser reparadas por los mismos poderes que las producen, como bien sabe hacerlo el orden social capitalista. En medio de esa convergencia de resistencias, el desafío es fortalecer las corrientes emancipatorias y populares, que se planteen como horizonte ir más allá de la defensa de la democracia liberal y construir una alternativa frente al capitalismo. No basta con contener la reacción: hay que disputar el proyecto civilizatorio.
Las grietas están ahí. ¿Cómo vamos a entrar por ellas?
