Por: Mauricio Jaramillo Jassir
Se sabe que elecciones y democracia no son sinónimos, se ha repetido hasta la saciedad, pero no sobra recordarlo en esta coyuntura. El proceso que se llevó a cabo esta semana en Israel no significa de ninguna manera chance alguna de detener el genocidio. Tampoco que exista la posibilidad real de cambio respecto de una verdad que pocos están dispuestos a aceptar: Israel se ha convertido en lo que Hanah Arendt identificó como un totalitarismo. ¿Por qué seguimos jugando a ese lugar común de que se debe separar a los israelíes de su Estado o dirigentes cuando aún no se ve una ruptura en la sociedad? No se asoma ningún levantamiento para exigir el fin de la exterminación de sus vecinos árabes. En cualquier democracia del mundo, la nación en nombre de la cual se comete un genocidio está en el deber de rebelarse para gritar como hicieron los británicos cuando Blair apoyó la guerra ilegal en Irak “no en mi nombre”. Aquellas fueron las manifestaciones más concurridas en la historia británica, entre 1,5 y 2 millones de personas en la calle. Claro que hay sectores de la sociedad israelí que han denunciado el apartheid, para la muestra el trabajo digno de la organización B’Tselem (Centro de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados) o la de militares retirados Breakingt The Silence. No podemos pasar por alto sectores muy dignos de la sociedad israelí que se han enfrentado a un nacionalismo racista y que no duda en calificar como simpatizantes del terrorismo o enemigos de la causa nacional a todos los que señalen la comisión de genocidio.
Las elecciones no significan la posibilidad de detener el genocidio, no hay democracia cuando en medio de los comicios se aniquila a un pueblo sin instituciones a cabalidad, fronteras en propiedad, ni mínimos de dignidad. Es el derecho y las instituciones en favor de los opresores, máxima que recuerda esa banalidad del mal de la que habló Arendt en el juicio de Adolfo Eichmann. Le ruego entre paréntesis a la lectora y lector que se asome al gran texto de Arendt Echimann en Jerusalén, encontrará impresionantes similitudes entre el líder nazi y la dirigencia actual israelí.
La mayoría de las protestas contra Benjamín Netanyahu no apunta a que responda por los horrendos crímenes de guerra y lesa humanidad, sino por la falta de efectividad en la guerra. Estas elecciones en las que se ve una ligera perdida de terreno para el Likud pionero de las extremas derechas fascistas en el mundo, son un mero ritual para la modificación en la estrategia del exterminio del pueblo palestino, pero no está en discusión que los responsables de semejantes atrocidades en Cisjordania y Gaza sean llevados a la justicia. Los comicios buscan la forma más eficiente de borrar a Palestina del mapa. El Parlamento (Knesset) y la Corte Suprema de Justicia son instituciones que avalan el apartheid, un sistema de segregación que excluye a los dos millones de árabes israelíes y legitima la ocupación y el genocidio. Democracia no es un conjunto de instituciones pues como en el caso de Israel, éstas tienen por objeto normalizar el robo de tierra, la expulsión y la aniquilación sistemática. Véase el despojo de Sheik Jarra, barrio de Jerusalén, avalado por el sistema de cortes israelíes, al igual que la democión sistemática (¡no esporádica!) de las casas de palestinos por la simple sospecha por parte de los militares israelíes que no tienen contrapoder.
Israel es hoy una sociedad que vigila, controla, somete y aniquila, dicho de otro modo, un totalitarismo. Las elecciones deben recordarnos que las instituciones están del lado de los genocidas, por ende, vaciadas de su contenido, de su deber ser democrático y popular. Son un simple rito de la necropolítica israelí.
