Por: Dumar A. Jaramillo-Hernández
Quiero comenzar esta nueva columna de opinión citando a Baruch Spinoza (si, el mismo que Einstein citó cuando le preguntaron por sus creencias religiosas): "La actividad más alta que un ser humano puede alcanzar es aprender para entender, porque el entendimiento es ser libre.". Al respecto, Spinoza nos invita al uso de la razón para comprender el mundo, nuestras emociones y nuestro lugar en la naturaleza; sin aprender para entender requerimos con urgencia generar un plan de contingencia que impida la involución.
Y las pruebas PISA son eso, un diagnóstico, la alarma de la crisis, nos muestran un panorama cada 3 o 4 años, él más cercano a la realidad educativa, para establecer planes de mitigación y preventivos, así evitar la involución del pensamiento crítico científico, el cual se sustenta en gran medida en la formación académica, en las aulas (por favor, me disculpan, no quiero sonar reduccionista pedagógico).
Comencemos por entender qué son las pruebas PISA, qué buscan, una breve historia. El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, sigla de “Programme for International Student Assessment”) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), cuya primera versión fue en el año 2000, es un estudio que mide, en estudiantes de 15 años, la capacidad de abordar cuestiones relacionadas con las ciencias, lectura y matemáticas, como ciudadano reflexivo y de emplearlas para tomar decisiones fundamentadas.
En su primera versión las pruebas PISA las aplicaron 43 países, en esta última versión, 2025, 91 países y economías (reuniendo 760.000 estudiantes que representaron una muestra tomada de 33 millones de estudiantes) adoptaron este programa para revisar en un momento crítico de formación académica a sus ciudadanos. Y es que, a los 15 años de edad, es altamente probable que la mayoría de ellos ya hayan finalizado su educación básica secundaria (sexto a noveno) y probablemente estén camino a concluir la media (décimo y once).
Así que las pruebas PISA ponen a consideración o ayudan a la construcción de los matices de la pregunta ¿Qué es importante que los jóvenes sepan, valoren y sean capaces de hacer en situaciones que requieren el uso de conocimientos para la vida?
Al final, la calidad de los sistemas educativos a lo largo y ancho de la formación académica (desde pre-escolar hasta el doctorado) de un Estado se valora a través de la capacidad que tienen sus ciudadanos de aunar su conocimiento básico y aplicado, a través de relaciones inextricables, complejas.
Las pruebas PISA a parte de esos tres grandes ejes (ciencias, lectura y matemáticas) también incorporan la medición de “aprender en un mundo digital” (módulo innovador) y evaluación internacional de lengua extranjera, para PISA 2025, y desde su versión 2012 evalúa la competencia financiera.
Colombia participó por primera vez en la versión de las pruebas PISA 2006, desde allí ha hecho parte de la misma cada 3 o 4 años. Durante este mes de septiembre, se han publicado los resultados de ciencias, lectura y matemáticas aplicados en PISA 2025. Se esperan los demás resultados para el próximo año (lengua extranjera y aprendizaje en el mundo digital).
Es noticia internacional que Colombia y otros países tuvieron resultados preocupantes en las pruebas PISA 2025, por lo menos en lectura y matemáticas están en mínimos históricos. Por ejemplo, la cadena de noticias BBC News Mundo publicó “A los escolares de hoy les cuesta comprender lo que leen y realizar ciertas operaciones matemáticas con la misma destreza con la que lo hacían sus pares hace apenas unos años.” Pero no a todos los escolares, los análisis de estos resultados ponen en evidencia grandes brechas sociales, culturales y económicas en la formación educativa, donde la educación pública acoge la mayor población estudiantil con altos índices de vulnerabilidades de vida acumuladas.
A partir de aquí trataré de explicar parte del título de esta columna de opinión, el apartheid educativo, con base en estos recientes resultados PISA 2025.
Los resultados oficiales publicados en la OCDE https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i_73451bc5-en.html , evidencian que los estudiantes de Colombia en lectura solo el 1% obtuvo resultados en el nivel 5 o superior (promedio OCDE 6%) y alrededor del 46% alcanzó el nivel 2 o superior (promedio OCDE 69%). En matemáticas el 29% logró al menos el nivel 2 de competencia (promedio OCDE: 65%), casi ningún estudiante alcanzó el nivel 5 (promedio OCDE 8%). En ciencias el 50% alcanzaron el nivel 2 o superior (promedio OCDE 74%) y el 1 % logró el nivel 5 o 6 (promedio OCDE 7%).
Así mismo, el informe de las pruebas PISA 2025 muestran algunos análisis por estatus económico, social y cultural, en lo que ellos llaman “disparidad socio-económica”, recordando la metáfora del principio de empatía que surgió en la pandemia COVID-19 "no estamos en el mismo barco, estamos en el mismo mar".
Antes de conocer este análisis, contextualicemos quiénes presentaron las pruebas PISA 2025. Colombia inscribió 7268 estudiantes de 266 instituciones de educación de 28 departamentos. El Ministerio de Educación Nacional (MEN) selecciona aleatoriamente las instituciones que presentarán la prueba PISA. Es así que, según el Departamento Nacional de Estadística (DANE) en Colombia, cerca del 81% (483.975 de 597.500 jóvenes) de los estudiantes matriculados para educación básica secundaria y media están en instituciones públicas. Una cuarta parte de todos estos estudiantes lo hacen en instituciones rurales, donde el 95% de esas instituciones son públicas.
Según el informe PISA 2025, en Colombia, el 33% de los estudiantes se encontraban en el cuartil internacional inferior de la escala socioeconómica, lo que significa que estaban entre los estudiantes más desfavorecidos que tomaron la prueba PISA en 2025. Su puntaje promedio en ciencias fue de 383 puntos. Así mismo, en Colombia, los estudiantes con mayores ventajas socioeconómicas (el 25%) superaron a los estudiantes desfavorecidos (el 25% inferior) por 93 puntos en ciencias.
Esta brecha no es nueva, los informes PISA desde el 2015 al 2025 así lo demuestran. Mientras otros países la van acortando, Colombia se rezaga y mantiene el accionar estatal del apartheid educativo en Colombia. La OCDE calcula que 20 puntos reflejan el avance de un curso escolar completo. Una caída o ventaja de 40 puntos representa cerca de dos años de retraso o adelanto en el nivel de aprendizaje de los jóvenes. O sea, los estudiantes más vulnerables social, cultural y económicamente, que están en instituciones públicas, tienen un atraso de más de 4 años en formación académica en ciencias respecto a sus congéneres de 15 años que se ubican en instituciones privadas y que posiblemente tienen menores probabilidades de dificultades de vida (aquí me dan ganas de llorar, de verdad).
El apartheid educativo, esa Ley de Educación Bantú de 1953, en Sudáfrica, que permitió al gobierno de la minoría blanca diseñar un sistema escolar segregado, para garantizar que la población negra recibiera una educación muy limitada. En Colombia, se usa esta expresión para delimitar la desigualdad por clases sociales y la calidad de su educación, la cual se divide rígidamente según la capacidad económica. Estudiantes de familias de escasos recursos o de altos ingresos estudian en circuitos completamente separados (públicos y privados, respectivamente), perpetuando el empobrecimiento y la desigualdad social.
Sin lugar a dudas el plan de contingencia y preventivo que el Estado colombiano debe apropiar para hacerle frente al diagnóstico PISA 2025, es decir, para ajustar el rumbo en la preparación de los jóvenes para prosperar y liderar en un mundo en rápida evolución, debe y tiene que contener como pilares fundamentales cinco momentos: 1. Dignificar la labor docente (más y mejores concursos públicos de méritos, más y mejores salarios, más y mejores condiciones de trabajo digno), 2. Financiar con mayor avidez y decisión la educación pública (inversión, inversión, inversión, año a año escolar en PIB para educación), 3. Cerrar la brecha histórica de la educación rural (mejores condiciones laborales para docentes rurales, mejor infraestructura, mejor conectividad), 4. Tomar la comprensión lectora como pieza clave en la formación de docentes y estudiantes; y 5. Compromiso del estudiante (sentido de pertinencia en su proceso de formación) infundado desde su núcleo familiar y fortalecido con entornos seguros de aprendizaje en las instituciones.
Fe de errores: en mi anterior columna de opinión: "El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) y salud pública en Colombia", lamentablemente no mencioné la historia de otros estudios sobre ENOS y enfermedades de interés en salud pública en Colombia (ej., malaria). Pido disculpas a los investigadores y sus grupos de trabajo que por más de tres décadas han liderado investigaciones en ese campo.
