Por: Jaime Gómez Alcaraz
América Latina conoce bien los nombres amables con los que suelen llegar las grandes estrategias geopolíticas. Cooperación, seguridad, desarrollo, defensa de valores compartidos. Las palabras cambian; las relaciones de poder que se esconden detrás de ellas, no siempre.
Los llamados Acuerdos de Isaac deben ser leídos dentro de esa tensión. Su antecedente inmediato son los Acuerdos de Abraham, que son una serie de pactos históricos de normalización diplomática celebrados en el segundo semestre de 2020 bajo el patrocinio de Estados Unidos (durante la primera administración de Donald Trump) entre Israel y cuatro naciones árabes: Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin, Sudán y Marruecos. Estos acuerdos introdujeron una modificación importante en la política exterior de Israel: la posibilidad de establecer y profundizar relaciones con otros Estados sin que la solución de la cuestión palestina constituyera una condición previa. La antigua fórmula de “paz por territorios” fue desplazada por otra, “paz por paz”, donde la normalización diplomática, la cooperación económica, la tecnología y la seguridad podían avanzar mientras el conflicto palestino permanecía sin resolver.
Los Acuerdos de Isaac trasladan esa lógica a América Latina, aunque en circunstancias radicalmente diferentes. Aquí no existen Estados formalmente enemigos de Israel que necesiten normalizar sus relaciones después de décadas de guerra. Los países latinoamericanos han construido, con diferencias y períodos de tensión, sus propios vínculos diplomáticos, económicos y políticos con el estado genocida de Israel.
El pacto original, firmado en Jerusalén por el presidente argentino Javier Milei y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu junto a sus cancilleres, nació como un entendimiento estrictamente bilateral. Pero su proyección pretende ir mucho más lejos. Busca construir un espacio regional de cooperación alrededor de Israel que articule comercio, innovación tecnológica, seguridad, lucha contra el terrorismo y coordinación política. Su fundamento declarado incluye además una “diplomacia basada en la fe” y en la existencia de supuestos valores judeocristianos compartidos.
No estamos, por tanto, simplemente ante otro convenio comercial. Se está intentando introducir en América Latina una arquitectura política que tiene su origen en las necesidades estratégicas de un Estado situado en Oriente Medio que aplica el apartheid y que protagoniza el genocidio de un pueblo. Y ahí reside la cuestión de fondo: por primera vez se pretende organizar de manera explícita una red política latinoamericana alrededor de prioridades geopolíticas israelíes.
Cuando una alianza bilateral busca convertirse en proyecto regional
La reunión celebrada entre el 28 y el 30 de junio de 2026 en Buenos Aires permite comprender mejor la dimensión expansiva del proyecto. Más de veinte parlamentarios procedentes de más de doce países latinoamericanos participaron en la Conferencia de miembros de bancadas parlamentarias aliados de Israel de América Latina, organizada por la Fundación de Aliados de Israel (IAF por sus iniciales en inglés). La IAF es una organización política e institucional de diplomacia parlamentaria internacional basada en la llamada “diplomacia basada en la fe” [1], que coordina a más de 1.600 legisladores y congresistas en todo el mundo.
Allí se suscribió una resolución de respaldo a la expansión de los Acuerdos de Isaac. Participaron representantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, Uruguay y Venezuela. [2]
La resolución exhorta a impulsar el reconocimiento de Jerusalén como capital indivisible de Israel y promover el traslado de las embajadas latinoamericanas a esa ciudad. Propone igualmente la adopción de la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto, la coordinación legislativa contra el terrorismo y el extremismo y una mayor cooperación con Israel en seguridad, tecnología, innovación y comercio.
Aquí aparece uno de los aspectos más delicados. Jerusalén no es una cuestión administrativa. Su estatuto está estrechamente vinculado al conflicto palestino-israelí y a cualquier eventual solución de dos Estados. Cuando parlamentarios latinoamericanos son convocados a impulsar su reconocimiento como capital indivisible de Israel, América Latina deja de ser un observador distante y comienza a ser incorporada a una disputa geopolítica cuyos términos han sido definidos fuera de la región.
Algo semejante ocurre con la seguridad. Resulta problemático que categorías construidas dentro de un conflicto específico sean trasladadas mecánicamente a otra región. Cuando las doctrinas de seguridad traspasan fronteras, no viajan solas. Llevan consigo definiciones de amenaza, enemigos, prioridades estratégicas y determinadas maneras de interpretar el mundo.
América Latina tiene sus propios conflictos, violencias y necesidades de seguridad. En lugar de construir una voz propia frente al mundo, una parte de la clase política latinoamericana se presta a importar la agenda de seguridad de Tel Aviv y Washington.
Una disputa por la autonomía latinoamericana
Las consecuencias geopolíticas de los Acuerdos de Isaac trascienden, por ello, las relaciones entre América Latina e Israel.
En primer lugar, contribuyen a reorganizar políticamente la región alrededor de afinidades ideológicas. Su mayor respaldo procede de gobiernos, dirigentes y sectores políticos de extrema derecha cercanos a Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Esto explica también el escaso entusiasmo que la iniciativa despierta entre aquellos gobiernos latinoamericanos que han cuestionado las acciones militares israelíes en Gaza y el Líbano o que mantienen una posición favorable a la autodeterminación palestina. El riesgo es evidente: transformar las relaciones con Israel en una nueva línea divisoria dentro de América Latina.
En segundo lugar, los acuerdos se insertan en una disputa geopolítica mucho mayor. La creciente presencia económica, tecnológica y de infraestructura de China en América Latina ha convertido nuevamente al continente en escenario de competencia entre grandes poderes. En ese contexto, el acercamiento entre Israel, Estados Unidos y determinados gobiernos latinoamericanos funciona también como instrumento de contención de la influencia china, recuperando, bajo nuevas formas, una antigua concepción del hemisferio occidental como espacio estratégico sometido a determinadas zonas de influencia.
Los Acuerdos de Isaac plantean además un dilema frente a Palestina. Al reproducir el paradigma de “paz por paz”, permiten profundizar las relaciones con Israel sin que la autodeterminación del pueblo palestino y la solución de dos Estados constituyan una condición política previa. La cuestión palestina corre así el riesgo de convertirse en un asunto secundario frente a los intereses comerciales, tecnológicos y de seguridad.
Pero los derechos de un pueblo no desaparecen porque otros Estados decidan no hablar de ellos. Desde el derecho internacional, la autodeterminación no puede depender de la conveniencia geopolítica del momento. Es un principio que debe valer para todos, también cuando defenderlo resulta incómodo para los aliados.
Por eso, el verdadero debate que abren los Acuerdos de Isaac no consiste en decidir si América Latina debe mantener o no relaciones con Israel. La cuestión es diferente: si esa cooperación debe convertirse en vehículo para incorporar a nuestro continente dentro de una arquitectura geopolítica construida alrededor de conflictos y alianzas que tienden a garantizar la expansión colonial y la impunidad de un Estado que está cometiendo un genocidio.
América Latina no necesita importar enemigos. Necesita construir una política exterior propia, basada en los principios del Derecho Internacional y de la autodeterminación de los pueblos.
Tal vez allí esté la verdadera dimensión de los Acuerdos de Isaac. No estamos simplemente ante otro acuerdo diplomático. Estamos ante un intento de normalizar el genocidio del pueblo palestino y trasladar hacia América Latina una determinada geometría del poder internacional.
Y nuestra región conoce demasiado bien lo que ocurre cuando otros comienzan a dibujarle el mapa.
REFERENCIAS
[1]: “Diplomacia basada en la fe” es una estrategia orientada a unir a líderes y legisladores cristianos y judíos para movilizar apoyo político al Estado de Israel sobre la base de valores judeocristianos compartidos.
[2]: Conviene hacer una precisión: la presencia de parlamentarios de estos países no significa que sus respectivos Estados hayan suscrito los Acuerdos de Isaac. Sin embargo, sí revela la construcción deliberada de una red política destinada a promoverlos desde los parlamentos nacionales.
