Por: Aiden Salgado Cassiani
Estamos a un mes de que se realizaran las elecciones presidenciales en Colombia, en las cuales está demostrado que se presentaron fraudes en los comicios. Pero, a pesar de ello, se declaró como ganador a Abelardo de la Espriella. Los dos candidatos, con apuestas programáticas opuestas de polo a polo, lograron cautivar a amplios sectores de votantes; pero, como ya dije, las pruebas presentes de fraude electoral demuestran que se requiere, de forma urgente, una reforma al sistema electoral colombiano, como bien se acordó en el punto dos del Acuerdo de Paz de La Habana. Hoy tiene vida la pregunta de por qué no se implementó ese punto en su totalidad; esta reforma ha sido tarea de todos los gobiernos, incluyendo el nuestro.
La realidad hoy es que el 7 de agosto del presente año Abelardo de la Espriella será posesionado como presidente de Colombia, gústenos o no, a menos que algo muy extraordinario ocurra. Sobre esa realpolitik nos toca movernos. Es justo y necesario hacer oposición; por eso, en el marco de la Constitución, se debe plantear esa estrategia del Pacto Histórico y del resto de partidos, movimientos e individualidades que entran a hacer oposición. Ahora, es clave que el nuevo presidente tenga claro que la Constitución es la principal ley del Estado y no puede estar presta al maniqueo de la improvisación sensacionalista. Los dos aspirantes a la presidencia juraron honrar la Constitución, y ese debe ser el primer pacto nacional: cabalgar por la senda de la Constitución de la República. Estoy seguro de que es el deseo de los que votaron por Iván y de la gran mayoría que votó por Abelardo; por lo menos, eso dicen.
El desarrollo de la agenda política del presidente electo no puede estar fuera de la Constitución, y en el momento en que esta sea violentada debe haber una ciudadanía activa para ejercer el derecho a la protesta. Esperamos ver en las calles a los que votaron en contra y a los que estuvieron a su favor. Creo que lo mejor para el entrante presidente debe ser respetar la Constitución; y, si dice querer a Colombia, el primer milagro está en continuar el vuelo que hizo el presidente Gustavo Petro. La primera tarea de los que no votaron por el presidente Abelardo es defender la Constitución y los programas sociales de Gustavo Petro, que estuvieron dirigidos al gran cúmulo de la población colombiana, en especial a la clase menos favorecida, de la cual Abelardo sacó votos por múltiples razones que no entraré a detallar. Solo me limitaré a decir que los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en la manipulación de las decisiones de los ciudadanos, y los esperamos prestos para velar por realizar en este gobierno un periodismo imparcial; así como a las altas cortes, por ser vigilantes de la Constitución, como lo fueron con el saliente gobierno, y para empiecen por investigar las múltiples denuncias por los fraudes en las elecciones pasadas.
De otro lado, lo sucedido con el resultado de las curules para el pueblo afrocolombiano esta semana es otro capítulo a revisar, que pasa por la leguleyada de la interpretación jurídica de los dignatarios encargados de aplicar justicia en el país; en este caso, el Consejo Nacional Electoral. Es de recordar que siempre fue una tesis nacional que la lista que, en las elecciones a estas curules, sacara el doble de los votos más uno de la lista siguiente se quedaría con las dos curules. Esto nunca había sucedido, y por primera vez sucedió, pero no se aplicó la tesis que siempre se sustentó; y esto ocurrió porque aparecieron las interpretaciones que quedan para el debate de los expertos o especialistas en derecho electoral.
En este momento existe un sinsabor en el movimiento negro por lo sucedido con una de las curules, porque la lista que ganó ampliamente los votos, superando al candidato que le sigue con el doble de votos más uno, ha sido vista como la lista que representa a un vasto sector del pueblo negro por su discurso en favor de las justas causas de este. Aspiro y espero que se tomen en derecho las acciones debidas, para que se obre en derecho en el marco de una sociedad democrática. Esas curules, independientemente de las personas que las estén ocupando, deben trabajar por la defensa de los derechos e intereses de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras; sus causas son la razón de ser de esas curules, lo que no sucedía en el pasado inmediato.
Ahora, la reflexión de fondo que quiero dejar en este caso es la siguiente, igual que la reforma del sistema electoral que estaba consignada en el punto 2 del Acuerdo de La Habana. Estos cuatro años del gobierno del cambio fueron la oportunidad para realizar las reformas pertinentes para que, de verdad, estas curules —que son acciones afirmativas en favor del pueblo negro, afrocolombiano, raizal y palenquero— sean ocupadas por personas negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras que vengan trabajando realmente, con un trabajo y una representación comprobados por estas comunidades en el momento de ser candidatos. La realidad es que esta reforma tampoco fuimos capaces de hacerla. Ya está bueno: por respeto a esta población, que cada año no estemos sometiendo esas dos curules a las interpretaciones de la leguleyada jurídica de personas que imparten justicia y que, por cierto, están muy cuestionadas. Dejemos de ser el hazmerreír de cada cuatro años por los ganadores de las curules del pueblo negro.
Desde el Palenque, un cimarrón todavía.
