Por: Migdalia Arcila
Junto a sus compañeras de celda, Dana Joudeh solía pasar las noches pensando en un posible nombre para su bebé. Las 13 prisioneras palestinas, que habitaban una celda originalmente diseñada para albergar a tan solo 4 personas, hacían todo lo que estaba a su alcance para ayudar a Dana en su gestación. Cada una sacaba algo de su ínfima porción de comida para completar el plato de la madre gestante a quien, con seis meses de embarazo, no se le permitía tener acceso a ningún cuidado prenatal. Tampoco se le permitía tener acceso a ningún medicamento, pese a sus constantes dolores de cabeza. Eran justamente las otras prisioneras quienes tenían que fingir síntomas similares a los de Dana para intentar conseguir medicinas y dárselas a ella a escondidas.
Poco tiempo después de su matrimonio, estando en las primeras semanas de embarazo, Dana había sido secuestrada por soldados israelíes y llevada a prisión bajo la figura de “detención administrativa”. Este es un recurso que le permite a las autoridades militares israelíes determinar, sin pruebas o imputación de cargos, quién podría representar un riesgo para la seguridad nacional. Actualmente, se estima que 3.100 prisioneros palestinos se encuentran detenidos bajo esta misma modalidad, es decir, sin ninguna acusación formal y sin la posibilidad de tener un juicio. Adicionalmente, la ley israelí permite extender la detención administrativa, por periodos de hasta 6 meses, cuantas veces las autoridades lo consideren pertinente y sin necesidad de informarle al detenido si su reclusión ha sido extendida o no.
Así, sin haber sido imputada de ningún cargo y sin certeza alguna de cuándo sería liberada, Dana gestó a su bebé durante seis meses dentro de una prisión israelí. Desnutrida y anémica, tras dos semanas de sangrado continuo, el 12 de septiembre de este año Dana fue finalmente trasladada a un centro hospitalario donde se le practicó una cesárea de emergencia. Esposada de pies y manos, con soldados armados junto a su cama, Dana trajo al mundo a la pequeña Lia. Este es un nacimiento que tenía que ocupar las primeras planas de todo el mundo, por el cual las feministas de todas las latitudes tenían que lanzarse a gritos a las calles y por el cual todas las agencias de derechos humanos debían estar interponiendo denuncias. Sin embargo, allí estaban, solas, Dana pariendo esposada de pies y manos en un hospital de la “única democracia del medio oriente”, y Lia, frágil y diminuta, haciéndole frente al aparato genocida que buscó aniquilarla, aún antes de nacer.
Cuando hablamos de genocidio, de la intención explícita de desaparecer en todo o en parte a un pueblo, no hay mejor ejemplo que la manera organizada y sistemática en que Israel persigue la posibilidad de cualquier nacimiento palestino. En Cisjordania, las Naciones Unidas han documentado la existencia de 925 retenes militares impuestos ilegalmente por la ocupación israelí. La apertura y cierre de estos retenes, así como el tiempo de espera en cada uno, están sujetos a la voluntad de los soldados. El pasado 27 de julio, una mujer de 28 años perdió a su bebé y fue trasladada inconsciente a un hospital del sur de Nablus, luego de que la ambulancia que la transportaba fuera detenida en uno de estos retenes, al tiempo que los paramédicos eran forzados a apagar por completo el vehículo y, con ello, a desconectar los equipos médicos que mantenían estable a la futura madre.
Si en Gaza las más de 50.000 mujeres gestantes se enfrentan al bombardeo incesante, a la destrucción de los servicios de salud y al bloqueo del ingreso de alimentos y medicamentos, en Cisjordania, se ven forzadas a navegar un laberinto de retenes que se cierran y se abren sin más ley que el capricho israelí. Lo que pareciera ser tan solo un desafortunado efecto de algunas políticas de seguridad es en realidad la sistematización de un proyecto de aniquilación. Como lo declaró Nassim Vaturi, miembro del parlamento israelí, el 30 de enero de 2025, cada palestino no nacido es un terrorista en potencia y, por ende, debe ser eliminado. Que la taza de abortos espontáneos en Palestina se haya triplicado en los últimos seis meses, que las madres gestantes en Cisjordania pierdan a sus bebés en los retenes, y que las prisioneras palestinas tengan que gestar sin ninguna posibilidad de atención médica o acceso al menos a los nutrientes y medicamentos mínimos, no constituye simplemente una “tragedia humanitaria” o un efecto más de esa mala suerte que parecen arrastrar los palestinos desde tiempos bíblicos. Estas son instancias planeadas y deliberadas del genocidio sobre el cual se sustenta el mal llamado “estado” de Israel.
